Cristo en toda la Biblia

Mateo, el Evangelio del Rey

Al leer los evangelios, nos hemos dado cuenta que existen algunas similitudes o diferencias en su narración que, lejos de ser errores en el libro sagrado, resaltan su inspiración divina, pues revelan a Cristo en sus diferentes facetas. La devoción del alma del creyente, le permitirá apreciar a su Señor como Rey, siervo, hombre y Dios en cada uno de los cuatro escritos evangelísticos, respectivamente. En esta oportunidad, deseamos considerar el evangelio de Mateo.

Mateo fue uno de los doce discípulos del Señor Jesús. Él se presenta en su evangelio como uno “que estaba sentado al banco de los tributos públicos” (Mt. 9:9). Lucas, nos informa que este hombre, antes de ser llamado por el Señor, era publicano y que se le conoce también con el nombre de Leví (Lc. 5:27).

Los publicanos eran judíos que cobraban impuestos en favor del imperio romano, por tanto, eran despreciados por los demás judíos. La gracia de Dios se hace notar no únicamente en su llamamiento (Mt. 9:9; Mr. 2:13; Lc. 8:26-39), sino también, que es escogido para escribir a sus conciudadanos y presentar al Rey de Israel. Quizás, quien escribe estas líneas, habría buscado al ciudadano más ejemplar de la nación, al más patriota para que hable de su Rey. Sin embargo, nuestro Dios, cuyo amor, bondad, misericordia, gracia, sabiduría, exceden en todo nuestro débil entendimiento, se dignó usar este instrumento para tan gloriosa presentación.

Si Dios nos da una lección de gracia al usar a un ex publicano, Leví nos enseña humildad, pues en su escrito no revela que él dejó todo para seguir al Señor, ni tampoco que hizo un “gran banquete”, esto nos lo cuentan Marcos y Lucas. No existe alarde de lo que él hizo por el Señor, su propósito es la gloria del Rey.

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Mateo inicia su evangelio con “el libro de la genealogía de Jesucristo” y demuestra en los primeros 17 versículos que el Señor Jesús viene del linaje de David, es decir, que proviene del orden real. 

En este evangelio, el Espíritu Santo, con especial cuidado, no detalla el anuncio del nacimiento del Señor Jesús a María, sino a “José, hijo de David” (Mt. 1:20), porque para los judíos era supremamente importante establecer que el descendiente de David viniera de la línea paterna, aunque se cuida de dejar muy en claro, que “… se halló que (María) había concebido del Espíritu Santo” (Mt. 1:18).

De hecho, la genealogía que estamos mencionando, corresponde a la de José y, dice que “Jesucristo es hijo de David, hijo de Abraham”, precisamente, porque lo que le interesa al escritor es demostrar desde el comienzo que Cristo tiene derecho al trono.

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Leví, es el único que nos cuenta sobre los magos que llegaron a Jerusalén siguiendo una estrella y preguntando: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? (Mt. 2:2). Además, es el único evangelista que nos dice que estos hombres adoraron al niño Jesús y le ofrecieron oro, incienso y mirra. Es Mateo quien nos relata sobre la matanza de los niños menores de dos años, con el fin de evitar que se levantara un rey que amenace a la Roma imperial.

Nuestro corazón se conmueve al pensar en las palabras: “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. (…)Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros.”? (Mat 1.21,23).

El rey se llama Jesús, su nombre nos lleva a la cruz, donde el Salvador entregó su vida. Allí, el título de su causa, escrita sobre su cabeza decía: “ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS” (Mt. 27:37). Dice además el relato bíblico, que los sacerdotes le escarnecían, diciendo: “…si es el rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él” (Mt. 27:42).

¿Puede el alma redimida sondear la profundidad de Emanuel, Dios con nosotros, esto es, que el Rey es Dios, pero a su vez, es Salvador y, además, que asombrosamente el camino a la corona era la cruz?

Al mismo tiempo, al considerar al Rey, leemos “(…) y desnudándole, le echaron encima un manto de escarlata, y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de él, le escarnecían, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos! Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza. Después de haberle escarnecido, le quitaron el manto, le pusieron sus vestidos, y le llevaron para crucificarle.” (Mt. 27:28-31).

Sin duda, el orden natural de las cosas señala que el rey se atavía de ropas delicadas, luce una corona, tiene un cetro en su mano derecha, sus súbditos le hacen reverencia y le saludan; pero eso que es tan regio y glorioso, para el Señor Jesús fue doloroso e ignominioso. Muy pronto viene el día, en que “Jehová será rey sobre toda la tierra…” (Zac. 14:9).

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De los evangelistas, Mateo es el que usa mayor número de citas del Antiguo Testamento, precisamente, porque está escribiendo a una audiencia judía que está muy bien relacionada con las Escrituras.

El evangelio de Mateo inicia con unos gentiles buscando al “rey de los judíos” y lo adoraron (Mt. 2:11), pero también termina con unas mujeres adorándolo (Mt. 28:9) y los discípulos también adorando (Mt. 28:17). Que la sublime verdad que el Señor Jesucristo es el Rey, provoque nuestra absoluta adoración y reconocimiento, de principio a fin en nuestras vidas.

Este evangelio culmina con las palabras tan conocidas para el pueblo del Señor: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones … enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:18). La palabra usada para “potestad”, tiene el sentido de poder para gobernar, por tanto, ordena para que su voluntad y mandato se cumplan.

Qué precisa es la Palabra de Dios, en este pasaje tenemos al Rey mandando. Id y haced son dos palabras imperativas, órdenes directas de quien tiene autoridad. Además, enfatiza que los discípulos deberían enseñar los mandatos del Señor. Amado hermano (a), ¿usted, yo, podemos escuchar la voz del Rey en lo más íntimo de nuestro ser, enviándonos a predicar? No se trata de saber que el Señor es el Rey, sino de vivir como siervos del Rey.

El Señor nos ayude a todos a adorarlo como el Rey que es, pero también, a obedecerlo como al que tiene toda potestad.

“Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES.” (Ap. 19:16).

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