Cristo en toda la Biblia

Ofrendas de los Príncipes en la Dedicación del Altar 



Números 7:1-89

Este es el capítulo más largo en el libro de Números y uno de los más largos del Antiguo Testamento. Por lo extenso que es y por su contenido repetitivo, posiblemente es un pasaje que comúnmente no es considerado detenidamente ó es pasado por alto. No nos sintamos mal porque Hudson Taylor, evangelista en China, ¡también luchaba con este capítulo! En una ocasión consideró saltárselo, pero decidió analizarlo detenidamente, lo cual resultó en él disfrutando muchas cosas preciosas que Dios también tiene para nosotros en Números 7. 

Los eventos descritos en este capítulo, se llevaron a cabo al haberse santificado el tabernáculo con sus utensilios y al haber sido consagrados los sacerdotes. Los príncipes en Israel, quienes eran los jefes de cada tribu, presentaron ofrendas a Jehová. Primeramente se mencionan las seis carretas cubiertas y los doce bueyes que presentaron. Dios instruyó a Moisés que los recibiera y que se los entregara a los levitas. Estas carretas ayudarían a los hijos de Gersón y a los hijos de Merari cuando se requería transportar el mobiliario. Los hijos de Coat no recibieron, ya que Dios quería que ellos cargaran los muebles en sus hombros.

Al final del capítulo 6, en la bendición sacerdotal, encontramos a Dios bendiciendo a los suyos;  pero en el capítulo 7, vemos al pueblo de Dios bendiciéndole a él con las ofrendas que son presentadas. Durante 12 días, cada uno de los 12 príncipes entregaron sus ofrendas en representación de cada una de las 12 tribus. El Espíritu Santo nos da con mucho detalle los nombres de cada uno de los príncipes, la tribu a la que pertenecían y lo que cada uno ofrendó a Dios.

Todos los príncipes ofrendaron lo mismo, lo cual fue lo siguiente:
– 1 plato de plata de 130 siclos con harina pura amasada con aceite.
– 1 jarro de plata de 70 siclos con harina pura amasada con aceite.
– 1 cuchara de oro de 10 siclos llena de incienso.
– 1 becerro, 1 carnero y 1 cordero de 1 año en holocausto.
– 1 macho cabrío en expiación.
– 2 bueyes, 5 carneros, 5 machos cabríos y 5 corderos de un año en ofrenda de paz.

Veamos al Señor en todo esto. 

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Cristo y los Príncipes 

Notemos inicialmente el orden en el que ofrendaron los príncipes. El primer príncipe en ofrendar fue Naasón de la tribu de Judá. Sabemos que Judá no fue el hijo mayor de Jacob, si no que lo fue Rubén. Elisur de la tribu de Rubén fue el cuarto en ofrendarle a Dios.

El estudio del orden en los que aparecen los nombres de los hijos de Jacob a lo largo de las Escrituras, es todo un estudio en sí. El orden varía. Por ejemplo: en el capítulo 1 de este mismo libro, los guerreros de la tribu de Rubén, fueron los primeros en ser contados en el censo. Pero en el capítulo 2, los primeros en recibir la ubicación de su campamento, ya no fue la tribu de Rubén, si no la tribu de Judá. 

La tribu de Judá resalta por el honor que recibió por parte de Dios, que de ellos siempre saldrían los reyes que gobernarían a Israel (Gn. 49:8-12). Esta profecía tendrá su cumplimiento final cuando el Señor de gloria, de la tribu de Judá, reine por mil años sobre esta tierra. 

Cada uno de estos príncipes o jefes al presentarse al tabernáculo para adorar a Dios, pudieran representar cada iglesia y la responsabilidad que cada una tiene de también rendirle a él adoración. Sería una tragedia que una iglesia se preocupe más por el servicio que por la adoración a Dios. La primera iglesia en Jerusalén se caracterizó por alabar a Dios (Hch. 2:47). Todo lo que hacían era para engrandecerle. La iglesia en Efeso estaba activa, defendía la sana doctrina y padecía persecución; pero tristemente había dejado su primer amor (Ap. 2:4). 

Llama la atención el hecho de que hayan ofrendado voluntariamente, equitativamente y generosamente. Fue voluntariamente porque no se especifica que Dios se los haya pedido. Fue algo por iniciativa propia. El Señor así quiere que nosotros también le adoremos. La adoración es algo que Dios busca (Jn. 4:23), pero no nos obliga a hacerlo, si no que debe ser algo que origine en nuestro corazón, sin duda guiados por el Espíritu Santo. Ofrendaron equitativamente porque todos ofrendaron lo mismo. No todas las tribus tenían el mismo número de habitantes, y por lo tanto, no todos habrán tenido los mismos recursos. Aún así, todos ofrendaron a Dios la misma cantidad. En un sentido espiritual, lo mismo es con nosotros. Unos tienen un don, otros tienen otro; algunos tienen bienes, que otros no poseen, pero no se necesita tener don o posesiones para adorar a Dios. Lo que somos y lo que tenemos no afecta el hecho de que podamos adorar a Dios con un corazón puro y sincero. También ofrendaron generosamente. Ya proporcionamos la lista de todas las cosas que le dieron al Señor. No fueron egoístas ni reservados. Ensancharon su corazón para darle a Dios lo mejor. Es posible que tú no tengas bienes o la capacidad que quisieras tener, pero todos tenemos un corazón que podemos elevarle a Dios en adoración, por lo que él es y por lo que él ha hecho por nosotros mediante su Hijo Jesucristo.

Consideremos también el hecho de que eran príncipes los que ofrendaron todo esto a Dios. En otras palabras, pertenecían a la clase real, por decirlo así, aunque no era Israel una monarquía. En nuestro caso, nosotros tenemos el gran privilegio de poder adorar a Dios, teniendo el gran honor de pertenecer al reino de sacerdotes que ha sido constituido por Dios mismo (1 Jn. 2:9; Ap. 1:6; 5:10). Obviamente nuestros sacrificios ya no son físicos, si no que son espirituales (1 Pe. 2:5). También debe resaltar el hecho de que todos los príncipes ofrendaron. No hizo falta uno solo. Lo mismo debería ocurrir entre nosotros. Dios espera que todos podamos presentarle la adoración de la que cual solo él es digno.

Cristo y el Altar

En este evento, el altar de holocausto era el enfoque de los príncipes, al adorar a Dios porque estaba siendo dedicado. Este mueble en el atrio sería de suma importancia para Jehová y para su pueblo. Sobre este altar serían ofrecidos las ofrendas y los sacrificios. 

De acuerdo a Hebreos 13:10-13, nuestro altar es la obra de nuestro Salvador sobre la cruz. Constantemente deberíamos por fe acercarnos a ese altar tan singular. Al hacer eso, brotará continuamente de nuestros corazones alabanza a Dios. Los animales, panes y libaciones puestos sobre el fuego del altar de bronce, nos presentan distintas cosas muy preciosas sobre la persona de Cristo y de su obra vicaria en el madero. 

Cristo y las Ofrendas 

El hecho de que las carretas que donaron los príncipes estaban cubiertas, quizás nos habla de como hay tantas cosas sobre nuestro eterno Señor que no podemos discernir por la grandeza de su persona y de su obra. Nuestra responsabilidad es escudriñar las Escrituras y siempre buscar a Cristo, pero la realidad es que aún durante toda la eternidad, jamás podremos conocer todo lo que hay por aprender sobre él. 

Las carretas y los bueyes ofrendados, agradó en gran manera a Dios, pero también serían de gran ayuda a los levitas al movilizar el tabernáculo. Nuestra adoración debería tener como prioridad magnificar el grandioso nombre de nuestro Padre, pero también ser de gran bendición a su pueblo. 

Sin duda al leer Números 7, alguien se pregunta: si cada príncipe ofreció exactamente lo mismo, ¿por qué Dios lo repitió 12 veces después de nombrar a cada príncipe y al final lo vuelve a repetir al sumar todo lo que ofrendaron? Para nosotros resulta quizás tedioso leerlo una y otra vez, pero no para Dios. Él valora como nadie más la adoración que nosotros le rendimos. Si el hombre no valora lo que usted hace para agradar a Dios, no se olvide que hay un Dios que está al tanto de todo lo que usted hace para él.

Ofrecieron cada uno un plato y un jarro de plata. El pago del rescate de cada Israelita era hecho con plata. Quizás eso nos indica que el plato y el jarro representan la redención que hemos obtenido gracias a la sangre derramada del Cordero de Dios. Los platos y los jarros llevaban harina pura amasada con aceite. La harina siendo muy fina, habla de la perfección del Señor. Aceite derramado, hace pensar en la vida de Cristo, vivida en el poder del Espíritu. El hecho de que estaba amasada con aceite, hace pensar en su concepción inmaculada llevada a cabo por el Espíritu Santo en el vientre de María. El ángel le dijo a José: “el niño que se ha engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt. 1:20). El ángel le explicó a María cómo sería ese maravilloso suceso al decirle: “el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc. 1:35). Nos detenemos a pensar en la maravilla del cuerpo incorruptible que Dios le preparó a su Hijo, al considerar la harina en estas ofrendas.

La cuchara de oro llena de incienso habla del placer que el Padre encontró en la deidad de su precioso Hijo. Este material precioso y de gran valor, regularmente habla de la gloria de la deidad de Cristo. El aroma de la fragancia del incienso es el deleite que la vida de Cristo siempre, sin falta, elevó a su Dios. Entre más sufría, más emitía olor fragante al trono de su Padre. Lo mismo ocurre con nosotros. A Dios le agrada profundamente que personas que sufren por él, le adoren con todo su corazón.  

Por último, llama la atención que en lo que ofrendaron los príncipes, no habían ofrendas por el pecado ni por la culpa. Eso no era lo que se tenía en mente. Los jefes de cada tribu se acercaron a Dios, no con ellos en mente, si no con todo el enfoque puesto en la gloria de Dios. Los animales que fueron sacrificados fueron en holocausto, expiación y como ofrenda de paz. El énfasis era darle a Dios la porción que él tanto merecía. En el holocausto, vemos a Cristo, el consagrado; en la expiación, vemos a Cristo, el cargado; y en la ofrenda de paz, lo vemos como el reposo. Aún en los animales vemos a Cristo: el buey, la grandeza de Cristo; el becerro, el valor de Cristo; el carnero, la entrega de Cristo; el macho cabrío, la perseverancia de Cristo; y el cordero, la ternura de Cristo. 

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