Cristo en toda la Biblia

Pensamientos en Juan 18

En el libro de Juan, el Espíritu se ha dignado revelarnos al Hijo de Dios, por tanto, al seguir su lectura hacemos bien en hacerlo con reverencia, pero también, con ojos bien atentos para detallar los pasos que Dios dio en la tierra. 

Los capítulos 13 a 17 nos muestran a Cristo en la intimidad del aposento alto junto a sus discípulos. En esa cena pascual, la instrucción inicia señalando el amor de Cristo por los suyos (13.1), luego, finaliza con la profunda y conmovedora oración del Señor Jesús sellada con estas palabras: “(…) para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos.” (17.26). Si tomamos el tiempo para leer esos cuatro capítulos, vamos a notar las varias referencias que el Señor hizo sobre el amor. Entonces, si algo debe evidenciarse en una reunión donde se está con el Señor, indudablemente es el amor. Así como en la sección, de principio a fin en la iglesia, amor.

Ahora sí, con esas previas consideraciones, salgamos también con Cristo del aposento y vayamos con él a Getsemaní. “Salió con sus discípulos” (18.1). Los discípulos estuvieron con el Señor en la reunión, pero siguen con él fuera de la misma. Hermanos, Dios nos ayude, para que dentro y fuera del local, seamos conscientes de la presencia de Cristo con nosotros.

“Al otro lado del torrente de Cedrón”. Ese era un pequeño arroyo que permanecía seco casi todo el tiempo pero que cobraba vida en tiempo de invierno. Siglos atrás, el rey David junto a algunos de su pueblo y huyendo de Absalón, también cruzó ese arroyo y “subió la cuesta de los Olivos; y la subió llorando, llevando la cabeza cubierta y los pies descalzos.” (2 Sam 15.30). En la implementación del servicio levítico, cuando Nadab y Abiú ofrecieron fuego extraño que Jehová nunca les mandó, Dios los castigó severamente y ordenó a Aaron que no descubriera su cabeza en señal de duelo por sus hijos, es decir, que aceptara y se sujetara al juicio divino (Lev 10). En el caso de David, sus lágrimas y su cabeza cubierta mostraban su profundo dolor por su pecado pasado, aunque perdonado, las consecuencias las estaba viviendo. En el caso de nuestro Señor, lo vemos subiendo al huerto de Getsemaní, en profunda agonía, triste hasta la muerte, sufriendo por la copa de amargura que debía tomar, no por sus pecados, pero si por los nuestros. Luego, sus santos pies van a ser oradados, su cabeza herida con esa corona de espina que penetró su sien, porque, oh hermano, cuánto nos amó el Salvador. Fue del monte de los Olivos que el Señor ascendió a los cielos y, sí mi querido creyente en Cristo, vendrá a reinar y asentará nuevamente sus pies traspasados en ese mismo monte. Allí la humillación del Salvador, pero también, la gloria del Soberano.

El Señor Jesús salió del aposento al huerto, es decir, al lugar donde él sabía iban a arrestarlo. Qué determinación, su caminar sin vacilación cumpliendo con los propósitos de Su Padre. El Señor Jesús ya se ha ocupado de la enseñanza, de lavar los pies de sus discípulos, de celebrar la cena, de cantar el himno y orar, sin embargo, sabiendo lo que venía por delante, se apresura a buscar un lugar mucho más íntimo para hablar con Su Padre. Estimado lector, me avergüenza pensar en mi debilidad al considerar al Hijo de Dios, con cuánta frecuencia salimos de una reunión de iglesia y en la casa ya no buscamos a Dios en oración. Allí, el Señor “entró con sus discípulos”. Usted y yo, podemos ver la importancia que revestía para el Señor estar con sus discípulos, deseaba que lo acompañen hasta el último momento. A menudo pensamos en lo mucho que nos beneficiamos con la presencia del Hijo de Dios entre nosotros, pero poco meditamos en lo que nuestra presencia representa para él, su punto de vista sobre las cosas.

“Y también Judas, el que le entregaba, conocía aquel lugar, porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos.” Sabe, apreciado creyente, el diablo también conoce el lugar donde nos reunimos con Cristo y así como Judas, no va a hacer nada bueno. No puedo dejar de pensar que de doce reunidos, uno era traidor- Dios guarde las iglesias locales para que en su gracia, todos los reunidos en comunión sean salvos. Muchas veces se reunió el Señor con los suyos en un lugar aparte, entonces, qué importantes son las reuniones semanales.

“Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis?”. ¿Qué, acaso cabe alguna duda sobre la deidad del Señor Jesucristo? En absoluto, él es omnisciente, conocía perfectamente todo lo que venía en su inmediato futuro, atributo que se predica únicamente de Dios. ¿Puede el lector apreciar la convicción del Santo Hijo de Dios?, él se adelantó, tomó la iniciativa, no lo tomó por sorpresa, tampoco esperó que le echaran mano, él se dispuso y se colocó a sus órdenes. Escribo pensando en la gloria de su persona, él no huyó, tampoco se armó para pelear, no hizo uso de su poder ilimitado para evitar el sufrimiento; al contrario, con tal serenidad y calma, como quien acepta humildemente el anticipado consejo de Dios y lo lleva a cabo. ¿Usted, yo, mantenemos ese grado de confianza y paz ante las dificultades, nos ponemos al frente y nos disponemos?. 

Al comienzo del evangelio, el Señor pregunta a dos de sus nuevos discípulos cuando decidieron ir tras él: ¿Qué buscáis? (1.38), ahora, a una turba de hombres malvados, la pregunta es ¿A quién buscáis? Ambos interrogantes merecen respuesta genuina por parte del lector. El cristiano, que busca al seguir al señor Jesús, pero también, el inconverso, a quién busca, estoy seguro que encontrará al Salvador.

¿Qué había en el corazón del Señor Jesús al ver que Judas llegó al sitio con una compañía de soldados, es decir, mil hombres, más los guardias del templo? ¿Dejó de amar al traidor en ese momento? No. ¿Abandonaría su camino a la cruz por la crueldad e incredulidad de quienes allí lo buscaban para arrestarlo?, tampoco, amaba a los pecadores, sean gentiles o judíos, las circunstancias adversas no revertían su amor sin igual. Dios nos ayude a amar como nuestro Señor ama.

Garden of Gethsemane, Jerusalem | Bein Harim Tours

Ante la respuesta de los verdugos de estar buscando a Jesús nazareno, él les contesta con un claro: “Yo soy”, que guarda coherencia con el tenor del evangelio de Juan, esto es, Cristo el Hijo de Dios que en repetidas ocasiones afirmó ser el “Yo Soy”. Con razón estos malos hombres cayeron a tierra, fue una manifestación de su divinidad y poder, no podían resistirse ante tal declaración. A pesar de ello, continuaron con el arresto, con lo cual aprendemos que no es suficiente la aceptación intelectual de las verdades bíblicas para ser salvo. Por otro lado,  llegará el día en que todos doblen sus rodillas y reconozcan que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. (Fil 2.10-11).

“Dejad ir a éstos”. El tierno cuidado del Señor Jesús por sus discípulos, intercediendo por ellos, no importaba que quedara solo. “De los que me diste, no perdí ninguno.” Cuánta confianza en las palabras de Cristo. Los discípulos, así como nosotros, somos un regalo que el Padre le ha dado a él, por tanto, estamos seguros que jamás nos perderemos. El Señor, como nuestro gran pastor, nos cuida y también intercede por nosotros.

¿Si usted y yo hubiéramos sido Pedro, habríamos levantado la espada? Creo que este discípulo no intentó cortarle la oreja, sino causar una herida más grave o mortal. Quien escribe, ni siquiera habría movido sus manos, paralizado por el temor; sin embargo, ese gesto de valentía del apóstol queda minimizado, otra vez,  por el amor del Señor. Juan es el único que nos dice que el siervo se llamaba Malco, tal vez, por su cercanía al sacerdote, recordemos, que precisamente por sus buenas relaciones sociales fue que logró entrar al patio de Anás. El Señor sanó a quien le estaba haciendo daño, no solo mostró nuevamente su poder, sino también, la incondicionalidad de su amor a los perdidos.

“(…) la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” Tres veces el Señor había pedido a Su padre que si era posible, pasara de él esa copa, pero aquí, la respuesta ya había sido dada y era necesario beberla. Habría de rebelarse el Hijo de Dios, en ninguna manera, con santa devoción la aceptó y caminaría el sendero de la cruz para beber la copa hasta sus últimos sedimentos. Para el Santo ser, la copa le significó cargar con nuestros viles pecados y sufrir en sí mismo el juicio del Dios justo y santo por nuestra maldad. “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” (Is 53.5).

Del Amado su amor; su ejemplo, su vigor, su celestial devoción del creyente es su porción.

1 comentario en “Pensamientos en Juan 18”

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