David Alves Jr.
No me llaméis Noemí, sino llamadme Mara;
porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso.
(Rut 1:20)
Noemí significa “mi delicia”. Mara significa “amargura”. Esto describe fielmente lo que fue la experiencia de vida de la suegra de Rut. Se casó, tuvo hijos, su familia prosperó, pero todo cambió. Su vida había sido deleitable pero después se tornaría en ser una vida saturada de amargura. Decidió junto con su esposo salir de Belén para vivir en Moab. Esto marcaría la diferencia. Estando allá, su esposo murió, sus hijos murieron y perdió los bienes que había tenido. Había llegado a Moab con sus manos llenas, pero ahora las tenía vacías. Noemí entendía que todo esto era el resultado de la justicia divina castigándole por causa de su desobediencia. “En grande amargura me ha puesto el Todopoderoso”— dijo ella. También declaró: “Yo me fui llena, pero Jehová me ha vuelto con las manos vacías. ¿Por qué me llamaréis Noemí, ya que Jehová ha dado testimonio contra mí, y el Todopoderoso me ha afligido?”.
Al final, la vida de esta mujer seria una vez más placentero. El deleite que había sido cambiado en amargura, después se transformaría otra vez en delicia. Dios le proveería. Su heredad sería redimida. Booz y Rut le darían un nieto. Todo esto por la mano omnipotente, soberana y providencial del Señor Dios.
El sentir de Noemí al querer ser llamada Mara por todo lo que había sufrido, es un diminuto destello de lo experimentado por nuestro Salvador. Nadie como Él ha pasado de experimentar infinita delicia para después probar las circunstancias más amargas que alguien pudiese beber sobre este mundo. Disfrutó la gloria del cielo para después experimentar la amargura de esta tierra. Se complació en el trono que era Suyo para después sentir la amargura de recibir aquí una cruz. Se deleitó en la adoración recibida por millones y millones de ángeles para después padecer aquí el menosprecio cruel, denigrante y amargo de los hombres. Recibió sumo placer al gozar la presencia íntima y cercana de Su Padre en el cielo, para después sufrir la amargura más tormentosa que fue ser abandonado y desamparado por Su propio Dios. En el cielo jamás derramó una lágrima, porque allá las lágrimas no existen; pero acá sintió una profunda amargura al llorar por la muerte de Lázaro, al entrar a Jerusalén poco antes de Su muerte y al entregarse a la voluntad de Su Padre en el Getsemaní para ofrecer Su vida en bien de la humanidad. Su vida llena de amargura es resumida por el profeta de la antigüedad. “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos” (Isa. 53:3).
En el caso de nuestro Señor Jesucristo, Él también pasó de lo deleitable a lo amargo, para otra vez pasar a lo deleitable. Él sufrió con el disfrute eterno en Su mente. “El cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Heb. 12:2). Después de Su vida amarga aquí en la tierra, Él ahora experimenta infinito placer, delicia y satisfacción. Está sentado a la mano derecha de Su Padre. Es adorado por un sin fin de ángeles y por un sin fin de personas a quienes Él redimió con Su propia sangre. Por causa de esto, Isaías también predijo en cuanto al Mesías, “verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Isa. 53:11). El Señor también anticipa Su pronto regreso. Será admirado por los Suyos. Será confesado como Señor aún por Sus enemigos. Reinará por toda la eternidad. ¡Cuánta delicia experimentada en Aquel que un día sintió tanta amargura!
Por último, pensemos en otro aspecto del nombre Mara. No solo llama la atención su significado, pero también en el hecho de que este nombre le dio origen al nombre María que encontramos comúnmente en el Nuevo Testamento. Este nombre fue llevado por distintas mujeres que, aunque significa “amargura”, sus vidas fueron caracterizadas por una abundancia de dulzura. Fueron mujeres que deleitaron el corazón de Dios, porque ellas decidieron que el Señor era merecedor de todo Su deleite y de toda Su adoración. Al pensar en todo lo considerado sobre la Persona de Jesús, nosotros deberíamos buscar ser como estas mujeres. ¡Oh que despojásemos toda amargura del pecado de nuestros corazones! ¡Llenemos nuestro ser con sumo deleite en Aquel que en todo es codiciable (Can. 5:16)!

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