Cristo en toda la Biblia

Las Cualidades de los Obispos Vistas en Cristo

1 Tim. 3:1-7

Quizás bastante se ha dicho acerca de los requisitos de las personas que presiden dentro de una iglesia local. Tal vez, existen discrepancias respecto de su entendimiento; sin embargo, el propósito de este escrito es contemplar a Cristo como aquél que reúne esas cualidades morales. Sin desconocer la literalidad del texto y su clara enseñanza pastoral, siempre será un sano ejercicio ver al Hijo de Dios en todas las Escrituras. Claro que habrá cosas obvias que no aplican al Señor, por ejemplo, Él jamás iba a envanecerse o dar mal testimonio, por tanto, nunca caería en condenación, descrédito y lazo del diablo (3.6-7). Al contemplarle en sus virtudes, se va a concluir que quien desea ser anciano en su iglesia local, realmente debe esforzarse cada día por parecerse más al Señor Jesús. 

Esos requisitos que se exigen a los ancianos, deberían ser cualidades espirituales de todo creyente. A Cristo le son inherentes, son de su naturaleza y carácter. Por eso, el déficit de ancianos en las asambleas es preocupante, porque eso significa que se está perdiendo la razón de ser del cristiano, esto es, ser como Cristo.  

“Si alguno anhela obispado”. El apóstolPedro en su primera epístola dijo: “Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas (1 Pe 2.25).El Señor Jesús es tanto Pastor como Obispo, por tanto, vela porque los suyos hagan las cosas de la manera correcta. Él, de manera literal y perfecta es el sobreveedor o superintendente de la iglesia.

Buena obra desea”. El Señor Jesucristo afirmó: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Jn 4.34). Oró al Padre diciendo: “Yo te he  glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese.” (Jn 17.4). La obra significa trabajo, servicio activo y diligente. Vea el ejemplo de Cristo: “Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido. Y predicaba en las sinagogas de ellos en toda Galilea, y echaba fuera los demonios”. (Mr 1.39). “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mr 10.45). Y  afirmó: “A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.” (Mt 9.37-38). No está demás puntualizar que el obrero es el que hace la obra, no quien tiene conocimiento de ella o habla de ella.

El anhelo ferviente del Señor fue siempre hacer la obra de Dios. Cristo no buscó jamás un cargo, reconocimiento, poder, fama o contraprestación económica; Él deseó hacer la buena obra y la llevó a cabo hasta su culminación en la cruz.

“Que el obispo sea irreprensible”.  El Señor preguntó a los judíos: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad por qué vosotros no me creéis?” (Jn 8.46). Las personas dijeron de él: “bien lo ha hecho todo (…)”. (Mr 7.37). Por otro lado, también “le acechaban los escribas y los fariseos, para ver si en el día de reposo lo sanaría, a fin de hallar de qué acusarle” (Lc 6.7). En definitiva, no hallaron algo que reprocharle, o aprehenderle en algo indebido. Y cómo, si él es “el Santo Ser” (Lc 1.35); “el que no conoció pecado” (2 Cor 5.21); “no hizo pecado” (1 Ped 2.22); “no hay pecado en él” (1 Jn 3.5). El Hijo de Dios es irreprensible en sí mismo a causa de su naturaleza santa.

Marido de una sola mujer”: Dejando a un lado las blasfemias que se dicen del Señor respecto de su santidad, puesto que en su humanidad no tuvo esposa, bastaría con recordar lo que sí dice la Escritura. “Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo” (2 Cor 11.2). También enfatiza que “(…) Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.” (Ef 5.25-27). Y llegará el día en que se diga “Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino son las acciones justas de los santos.” (Ap 19.7-8). Esta relación enfatiza el amor puro, sacrificial y exclusivo de Cristo por la iglesia.

Sobrio”: En sus cinco sentidos, sin ningún tipo de alteración mental por causa del vino. En cuanto a Cristo, cuando llegaron al lugar de la Calavera, “le dieron a beber vino mezclado con mirra;  más él no lo tomó (Mr 15.23). No, el Señor no quería que se afectara su mente o sus sentidos para evitar el dolor, al contrario, deseaba afrontarlo en todo su rigor. Conmueve escucharlo decir: “la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Jn 18.11). O leer: “(…) para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos” (Heb 2.9). El Señor no bebió la copa de los hombres, pero si bebió hasta sus sedimentos la copa de la ira de Dios.

“Prudente”: De mente sana, autocontrolado, moderado en cuanto a opinión o pasión. De José (Gén 41.33), David (1 Sam 16.18; 18.5,14,15), Salomón (2 Cró 2.12), Daniel  (Dan 2.14) y de otros se dijo esto. Representativos hombres de Dios que fueron prudentes, pero no por ello perfectos. A los obispos se les manda a ser prudentes, a los ancianos en edad también (Ti 2.2), a las ancianas que enseñen esto  a las más jóvenes (Ti 2.5), que los jóvenes también lo sean (Ti 2.6). El Señor no tenía que esforzarse por serlo, pues él lo era. Nunca dijo o hizo algo imprudente; jamás dio una opinión equivocada o salió de su boca una palabra vana o hiriente. De él se dice “la gracia se derramó en tus labios” (Sal 45.2) y las personas se maravillaban “de las palabras de gracia que salían de su boca” (Luc 4.22). Cristo cumplió perfectamente lo que a nosotros nos cuesta tanto “sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno” (Col 4.6). 

Simón Pedro, quien después sería anciano de la iglesia en Jerusalén, fue imprudente al decirle al Señor que si le era necesario iría hasta la muerte con él (después negó al Señor). Siendo obispo de esa iglesia, fue imprudente al simular o ser hipócrita en su comportamiento con los judíos y gentiles (Gál 2.11-13). Juan y Jacobo, fueron imprudentes al pedirle al Señor que les permitiera hacer descender fuego que consumiera a quienes no lo recibían (Lc 9.54). Tomás fue imprudente al decir que no creía si no veía las heridas del Señor. Todos ellos pasaron por la escuela de Cristo, de aquél que nunca simuló, ni prometió lo que no podía cumplir, ni tampoco actuó en juicio sobre sus contradictores.

¡Gracias a Dios por su don inefable.!