Cristo en toda la Biblia

Hai es Destruída

David Alves Jr.

Josué 8:1-29

Con el pecado juzgado de Acán, ahora sí era el tiempo adecuado para que Israel destruyera a Hai. En el primer intento no pudieron vencerles, pero en este segundo intento sí serían exitosos por medio del gran poder de Dios. Se les había instruido que pusieran una emboscada detrás de la ciudad. Josué escogió a treinta mil para llevar a cabo esta misión. La estrategia era que algunos se acercarían a la ciudad, y saldrían huyendo como en el primer intento, y entonces la emboscada llegaría por atrás para atacarlos.

Muy de mañana al siguiente día, Josué pasó revista en su ejército y así subieron para pelear contra Hai. La táctica para atacarlos se realizó exactamente de acuerdo a lo planeado. Josué y un grupo fingieron haber sido vencidos y salieron huyendo, para dar lugar a que los que formaron parte de la emboscada para que pudieran atacarlos y matarlos. Mataron a todos y la ciudad fue quemada, mientras Josué tenía su lanza levantada como señal de que destruyeran y mataran. No solos los exterminaron, pero también tomar el despojo para sí mismos, tal y como Dios se los había indicado.

El rey de Hai no fue matado inicialmente sino que fue traído a Josué. Lo colgaron sobre un madero, y al ponerse el sol, lo pusieron a la puerta de la ciudad y lo sepultaron en un montón de piedras. Israel había sido vencedor. Habían conquistado su segunda ciudad.

Aquí hay distintas maneras en las que podemos asemejar a Josué con nuestro precioso Salvador. La batalla de Josué contra Hai, la observaremos como representando la batalla de Cristo al triunfar sobre la cruz.

Josué estuvo con sus soldados la noche antes de la pelea. Esto mismo lo encontramos con Jesús al haber estado con sus apóstoles la noche antes de que murió sobre el madero. En los capítulos trece al diecisiete del evangelio de Juan, leemos sobre lo que sucedió durante esas horas. El Señor comió la Pascua, instituyó la cena del Señor, le lavó los pies a los suyos, les afirmó sus corazones con instrucción sobre distintos temas y oró por ellos. Pensamos en esos momentos muy significativos que el Señor pasó con los suyos antes de ir al Calvario.

Imagen: Abraham Cervantes

Antes de la guerra, Josué permaneció hasta la mitad del valle, un lugar oscuro y solitario. David describió sus angustias como alguien que anda en el “valle de sombra de muerte” (Sal. 23:4). En un sentido figurativo, Cristo Jesús también estuvo en un valle oscuro y solitario la noche antes de entregar su vida, al haber ido al huerto del Getsemaní. Postrado sobre la tierra orando a Dios en aquella noche fría, podía palpar la oscuridad que caería sobre él estando sobre la cruz, y podía sentir la soledad que sufriría al llevar nuestros pecados. Sus agonías en el huerto fueron a tal grado que sudó como grandes gotas de sangre.

Al llegar a Hai, Josué hizo pensar a sus enemigos que los habían vencido por segunda vez, cuando él y sus soldados salieron huyendo. Hubo la apariencia que habían perdido pero al fin salieron victoriosos. Lo mismo vemos en cuanto a la obra de Jesús sobre la cruz. Desde la perspectiva humana, lo que él estaba haciendo sobre ese madero aparentaba que estaba siendo derrotado. Se cumplía la profecía pronunciada en la caída del primer hombre (Gn. 3:15). Estaba siendo herido en el calcañar. Las multitudes pensaban que él era cualquier otro hombre que estaba siendo juzgado por su pecado. Pero sabemos que no fue así. No estaba siendo derrotado, sino que sucedía todo lo contrario. El que aparentaba estar siendo derrotado, fue victorioso. Cumplió perfectamente la misión que tenía de sufrir el pecado de la humanidad. Su victoria la vemos en las palabras que dijo a gran voz: “Consumado es”. Su victoria también la podemos ver en el gran hecho de que resucitó de entres los muertos. El que fue herido en el calcañar, hirió a la simiente de la serpiente en la cabeza.

Josué colgando el cuerpo del rey de Hai sobre un madero y cómo lo mandó a ser bajado al ponerse el sol, nos ayuda a entender un poco más lo que Jesús sufrió sobre la cruz. Esto lo podemos considerar al entender lo que marcaba la ley de Dios en Deuteronomio 21:22, 23. “Si alguno hubiere cometido algún crimen digno de muerte, y lo hiciereis morir, y lo colgareis en un madero, no dejaréis que su cuerpo pase la noche sobre el madero; sin falta lo enterrarás el mismo día, porque maldito por Dios es el colgado; y no contaminarás tu tierra que Jehová tu Dios te da por heredad.” Esto lo comprendemos en relación a esto aplicando a hombres pecadores, pero ¿cómo entenderlo en relación al bendito Señor Jesús? En Gálatas 3:13 leemos, “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)”. ¿Cómo comprender que lo mismo que experimentó un rey pagano fue lo que sucedió con el soberano Señor? Sabemos que el rey de Hai llevó la maldición por su propia maldad; pero Jesús fue maldito porque él llevó la maldición de nuestra maldad. Es imposible comprender cómo es que el Santo fue hecho maldito, pero lo adoramos por haber hecho tal cosa por nosotros.

La soberanía de Jesús sobre los sucesos que sobrevendrán sobre la tierra durante la tribulación, podemos relacionarlo con Josué cuando levantó su lanza sobre Hai. Mientras que su la lanza estaba levantada, sus soldados debían destruir la ciudad. El que fue humillado sobre el madero, un día mostrará su pleno dominio sobre esta tierra al herirla con los juicios descritos en el Apocalipsis. Por medio de su autoridad, juicio tras juicio azotará a este planeta y a los moradores de esta tierra. Cristo eternamente poseerá el poder y el gobierno sobre todas las cosas.