Iglesia según la Biblia

Por Más Reuniones Como la que Hubo en los Días de Nehemías

Muchos de nosotros invertimos gran parte de nuestro tiempo para reunirnos como iglesia. Uno pensaría que, por hacer algo con tanta repetición, lo haríamos de la manera más provechosa y edificante posible.

Pero, ¿realmente nos congregamos para lo mejor? Lo que Pablo le dijo a los corintios, es posible que sea la experiencia de nuestras congregaciones. “No se congregan para lo mejor, sino para lo peor” (1 Co. 11:17).

Lo que debe ser algo para la gloria de Dios y para la edificación del cuerpo de Cristo, se convierte en una rutina tediosa y desagradable. Nos reunimos divididos sin un anhelo sincero de conmovernos y alegrarnos por la palabra para ponerla por obra.

Pudiera ser que nos congregamos con corazones expectantes de oír la voz de Dios; pero el enfoque resulta ser en el hombre, en vez de ser en Dios y en su palabra, y los maestros no muestran una capacidad de darnos un banquete espiritual al no enseñarnos la Biblia con claridad y profundidad.

¿Qué deberíamos hacer para modificar todo esto? ¿Qué pudiéramos hacer para reunirnos “para lo mejor” como lo señala Pablo?

Tenemos que regresar a la palabra de Dios, y con su apoyo, reunirnos como lo hizo Israel hace 2,500 años en los días de Nehemías.

Alguien pudiera preguntar: ¿Aprender algo de personas que vivieron hace mucho tiempo y que pertenecieron a una cultura tan distinta a la nuestra? ¡Así es!

En base a lo que leemos en Nehemías 8, notemos lo que caracterizó la congregación de Israel en los días en los que se estaba reconstruyendo el muro de la ciudad y el templo, después de que regresaron del cautiverio.

Se juntó todo el pueblo. No faltó nadie. Regresemos a los días en los que el celo de la casa de Dios nos consumía (Sal. 69:9; Jn. 2:17). Ansiemos como antes congregarnos y hacerlo porque tenemos un vivo deseo de adorar a Dios, tener comunión con la hermandad y alimentarnos de las Escrituras. Dejemos atrás la costumbre de no presentarnos (Heb. 10:25) o de ir pero hacerlo solo por cumplir.

Estaban tan unidos al reunirse que lo hicieron como un solo hombre. Israel no se había congregado estando fragmentados y fraccionados. Aquella gran y numerosa multitud se congregó como si fueran una sola persona. ¿Por qué tantas veces vamos a la reunión con el afán de juzgar, examinar, cuestionar y criticar? ¿Cómo es que por fuera aparentamos ser un solo cuerpo, cuando la realidad es que hay enemistades, disputas y diferencias entre nosotros? No podemos agradar a Dios, y a la misma vez, tener celos amargos y contención en nuestro corazón, porque todo eso proviene del enemigo (Stg. 3:13-16). Antes de ofrendar a Dios, necesitas reconciliarte con tu hermano (Mt. 5:23, 24).

El enfoque de la reunión de Israel fue el libro de la ley. Por horas, leyeron la ley de Dios y Esdras se concentró en darle sentido a la palabra de Dios. Una iglesia bíblica es la que respeta la primacía de la Biblia. ¿Te reúnes en una iglesia que realmente le da el lugar que merece tener la palabra de Dios? Al reunirnos, debemos leer y predicar el libro divino (1 Tim. 4:13; 2 Tim. 4:2). En muchas congregaciones, el enfoque es el hombre, el entretenimiento, la diversión y las emociones. No podemos alabar a Cristo, si no le damos la mayor importancia a sus dichos.

Todos estuvieron atentos a la lectura. No se distrajeron ni se durmieron. La palabra de Dios cautivó completamente la atención de todos. Antes de reunirte, pídele a Dios que te ayude a concentrarte en la lectura y en la predicación. Cuando se da lectura a la Biblia, dale la atención que se merece. Cuando se está explicando el pasaje, ponle el enfoque que se merece. ¿Cuántos hermanos ni siquiera ponen su mirada al frente hacia el que está haciendo la lectura y dando la enseñanza? Esto es ser descortés al hermano, pero pero aún, es ser irreverentes a Dios. Escucha cada palabra examinando tu corazón para ver como pudieras vivir de una forma más agradable a Dios.

Se le dio sentido a la ley. Esdras leyó o explicó la ley de una manera que fuera entendible al pueblo hebreo. La enseñanza de la palabra en la iglesia debería ser exclusivamente para aquellos que tienen el don del maestro. A veces nos preguntamos por qué los creyentes no muestran más entusiasmo hacia las reuniones. Muchas veces es porque tienen el deseo de oír la voz de Dios, pero no encuentran lo que buscan, porque los que predicaron no eran los indicados. Hermano, si vas a enseñar la palabra, asegúrate de haber pasado tiempo en la presencia de Dios estudiando detenidamente un pasaje. No digas lo que el pasaje ya dice. No uses el tiempo de los hermanos para contarles anécdotas. No te enfoques en solo señalarles todos sus errores y burlarte de los defectos de los hermanos. Eso lo hace cualquiera. Toma un pasaje y explícaselo y aplícaselo a los hermanos. Ayúdales a entender, ¿qué significa el pasaje? y ¿cómo puedo aplicar este pasaje a mi vida? La iglesia tiene hambre de la palabra. Con la ayuda del Espíritu Santo, enseña de tal manera que la gente se vaya a casa satisfechos; llenos de la palabra, llenos de Cristo. Dios le va a pedir cuentas a aquellos que pastorearon y enseñan a las iglesias, pero que no proveyeron el alimento necesario. ¿Estás dispuesto a pasar largas jornadas solo en la presencia de Dios? Necesitamos hombres que pasen tiempo a solas con Dios con un espíritu humillado delante de él; y que luchan, oran y conviven con Dios hasta poder entender el pasaje y saber como explicárselo a la congregación. Necesitamos hombres que cuando se paren frente a la iglesia, los hermanos se dan cuenta de que por su piedad, más allá de hablarnos a nosotros, él está hablando frente a la presencia misma de Dios.

Esta reunión que se llevó a cabo hace tantos años en Israel, resultó en que el pueblo de Dios bendijera con alegría el nombre de Dios, lloraron al escuchar la lectura de la ley e inmediatamente obedecieron al celebrar la fiesta de los tabernáculos. Esto es lo que deberíamos desear para nuestras reuniones. ¿Cuántas veces nos hemos reunido sin haber adorado a nuestro Padre? ¿Cuántas veces nos hemos ido a casa desanimados en vez de gozosos por la forma en la que se nos trató o se nos habló? ¿Cuántas veces fuimos hablados por Dios para corregir algo en nosotros y nos hemos ido resueltos a no obedecer?

Como se hizo en los días de Nehemías, reunámonos de tal manera en la que Dios sea exaltado, su palabra sea honrada y el pueblo del Señor sea profundamente edificado.