Preparados para presentar defensa

El Eterno Hijo de Dios

David Alves Jr.

El Nuevo Testamento hace abundantemente claro que Jesucristo es el Hijo de Dios. Pero en el Antiguo Testamento no es tan común que él sea presentado de esa manera. Esto ha llevado a algunos a pensar que el Señor, aunque es eterno al ser Dios, que no siempre ha sido el Hijo de Dios. Consideran que Cristo comenzó a ser el Hijo de Dios al venir a este mundo.

Pero sí hay menciones de Cristo como el Hijo de Dios en la primera parte de nuestras Biblias.

En el Salmo 2, donde Jehová habla de su Ungido y su Rey, él dice de Cristo: “Mi Hijo eres tú; yo te engendré hoy” (v.7). Bajo la ley aquí en la tierra, para Dios Padre, Jesús era el Ungido, el Rey y el Hijo. Dicho sea de paso, cuando Dios habla de que él estaba engendrando a Jesucristo, eso no se refiere a su inicio, porque él es eterno; sino más bien, el Padre está reconociendo la relación eterna que siempre ha tenido con él.

En ese mismo Salmo, hay una segunda mención de Cristo siendo el Hijo de Dios. Jehová manda a los moradores de la tierra y les dice: “Horad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama pronto su ira” (v.12). Claramente vemos que Dios consideraba a Cristo como su Hijo aún antes de que él viniese al mundo. En este contexto, se le advierte a los moradores de la tierra el castigo que descenderá sobre ellos, si no adoran al Hijo de Dios.

En Isaías 7:14 se profetiza: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”. Se pudiera debatir que aquí se refiere únicamente a Cristo como hijo de la virgen, de María. Pero la realidad es que no podemos hacer esa distinción. El Señor Jesucristo nunca fue hijo de María pero sin ser Hijo de Dios. Bien sabemos que fue Hijo de Dios mucho antes de que naciera de la virgen. Lo mismo podemos ver en Isaías 9:6 cuando el profeta anuncia 700 años antes de que naciera el Mesías en Belén de Judea: “Un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz”. Otra vez encontramos a Cristo presentado en la figura de un Hijo. Aquí no hay mención de María. Fue eternamente Hijo de Dios.

Los soldados de Nabucodonosor reconocieron en cierta manera que Cristo era el Hijo de Dios. Los amigos de Daniel habían sido echados en el horno de fuego por no adorar a la imagen del rey caldeo. Ellos dijeron ver, no a tres varones, sino a cuatro, y que el cuarto era “semejante a hijo de los dioses” (Dn. 3:25). Si ellos pudieron reconocerlo, por más limitado que era su conocimiento, ¿cuánto más nosotros deberíamos entender que él es el Hijo eterno de Dios?

Foto por Miguel Gomez Aranda

En el evangelio de Mateo 2:15 se nos hace ver que lo predicho por el profeta Oseas se cumplió en el Señor Jesús. Jehová dijo en Oseas 11:1- “Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo”. Israel fue llamado por Dios de Egipto, pero esta fue una profecía que anticipaba que el Cristo también debía ir a la tierra de los faraones, para después regresar a Israel. Jehová claramente se refiere a él como siendo su Hijo. Todo esto se cumplió al pie de la letra después de que murió el rey Herodes.

Algo parecido a esa profecía sucede con palabras que leemos en 2 Samuel 7:14. Cuando llegamos a Hebreos 1:5, aprendemos que esas palabras en el Antiguo Testamento, son usadas por el Espíritu Santo en el Nuevo Testamento como refiriéndose a Cristo el Hijo de Dios, para explicar su superioridad sobre los ángeles.

También deberíamos de afirmar que Cristo siempre ha sido el Hijo de Dios, ya que la Deidad ha poseído la misma naturaleza desde la eternidad pasada. En otras palabras, el Padre siempre ha sido el Padre, y el Espíritu Santo siempre ha sido el Espíritu Santo. Dios no cambia. Él es inmutable. Esto nos llevaría a la conclusión que Cristo tuvo que ser siempre el Hijo. Hay pasajes que muestran que Cristo siempre ha dependido de su Padre como Hijo suyo, así como un hijo terrenal depende de su padre. Por ejemplo, en Juan 17 leemos: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuvo contigo antes que el mundo fuese” (v.5); y también: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos están conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (v.24).

Dios lo llama su Hijo cuando nos enseña que Jesucristo creó el universo (Col. 1:13-16; Heb. 1:2).

Toda esta evidencia bíblica nos asegura que estamos en lo correcto cuando afirmamos que Jesús siempre ha sido el Hijo de Dios. Jamás comenzó a serlo.

Los primeros Cristianos solían recitar: “Creemos en un Dios, el Padre, el Todopoderoso, creador de los cielos y de la tierra, de todo lo que es, visible e invisible. Creemos en un Señor, Jesucristo, el único Hijo de Dios, eternamente engendrado del Padre, Dios De Dios, Luz de la Luz, verdadero Dios del verdadero Dios, engendrado, no creado, de un solo Ser con el Padre. Por medio de él todas las cosas fueron creadas. Para nosotros y para nuestra salvación él bajó del cielo: por el poder del Espíritu Santo se encarnó de la virgen María, y fue hecho hombre. Por nosotros fue crucificado bajo Poncio Pilato; sufrió la muerte y fue sepultado. Al tercer día resucitó de acuerdo a las Escrituras; ascendió al cielo y está sentado a la mano derecha del Padre. Vendrá otra vez en gloria para juzgar a los vivos y a los muertos, y su reino no tendrá fin.”

Dios nos ayude a siempre estar claros en todas sus doctrinas, incluyendo todas aquellas que conciernen a su precioso Hijo.