Escritos

Cristo en toda la Biblia

Lucas, Un Evangelio Lleno de Bendición

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“(…) Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén.” Rom 9:5.

El texto de cabecera es uno de los preferidos para quien escribe, sencillamente, porque como en toda la biblia, Cristo es el centro. Aquí, no solamente nos recuerda que es Dios, sino también, que es bendito.

No puedo dejar de pensar que en la cruz del Gólgota, “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero” Gál 3:13. 

La palabra bendecir, según el diccionario VINE del Nuevo Testamento, proviene de la palabra griega “eulogueo”, de donde en castellano usamos la palabra elogiar. Literalmente significa: Hablar bien de algo o de alguien, de ahí que también comprenda la alabanza y la gratitud a Dios con el objeto de darle gloria. Hay otras acepciones, que podrán entenderse en su contexto. 

En las Escrituras encontramos que Dios bendice a los hombres, éstos bendicen a Dios o también que las personas bendicen a otros. Para verlo con mayor claridad, revisemos el evangelio de Lucas.

En su escrito, usa por lo menos 15 veces la palabra bendición, un número significativo que invita a su consideración. La primera mención que se hace está en Lc 1:28, cuando el ángel Gabriel saluda a la virgen María: “Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres.” 

En esa oportunidad, Dios manda a decir a María, a través del ángel, que es bendita, nótese bien, no perfecta, inmaculada o sin pecado, sino, que es objeto de la bondad de Dios o que el Señor está obrando con gracia hacia ella.

Es interesante que, justo en el último versículo de este evangelio, Lucas nos cuente que los discípulos “estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios. Amén.” (Lc 24:53).

Es decir, El Espíritu nos muestra primeramente la bendición de Dios, para culminar con la bendición a Dios. En otros términos, inicia con Dios bendiciendo a los hombres, termina con los hombres bendiciendo a Dios. Humildemente, debemos aceptar que los actos de Dios son de gloria y para gloria, nosotros, aunque nos beneficiamos, jamás seremos el centro de sus propósitos.

Considerando este evangelio, el lector encontrará provecho en los siete pares de bendiciones que se mencionan:

  1. Dos veces se bendice a María: Lc. 1:28, 42
  1. Dos veces Elisabet bendice: Lc. 1:42
  1. Dos veces Zacarías bendice a Dios: Lc. 1:64, 68
  1. Dos veces Simeón bendice: Lc. 2:28, 34
  1. Dos veces el Señor Jesús bendice los alimentos: Lc. 9:16; 24:30
  1. Dos veces refiere que Israel bendecirá al Señor: Lc. 13:35; 19:38
  1. Dos veces dice que el Señor bendijo a sus discípulos: Lc. 24:50, 51

Es conmovedor pensar que el evangelio que nos presenta al hombre perfecto está lleno de bendición. Vemos al ángel Gabriel, Elisabet, Zacarías, Simeón y los discípulos elogiando, alabando o hablando bien de Dios. Israel en un futuro cercano bendecirá a su rey. Contemplamos al Señor Jesús dando gracias por los alimentos y también bendiciendo a sus discípulos. Nuestro Dios, es Dios de bendición, a su vez, él es bendito y espera que sus santos lo bendigan.

Explícitamente se menciona que Elisabet y Zacarías estaban llenos del Espíritu Santo al momento de pronunciar palabras de bendición. Cuando Simeón bendice, igualmente, tres veces se hace referencia a que “el Espíritu Santo estaba sobre él” (Lc. 2:25), “le había sido revelado por el Espíritu Santo” (Lc. 2:26), “movido por el Espíritu” (Lc. 2:27). 

Es evidente, que reconocer la bondad de Dios en una persona, así como alabar y adorar al Señor, es una obra que produce el Espíritu. La exclamación del sacerdote Zacarías fue en respuesta a la bendición de Dios respecto del nacimiento de Juan el Bautista; de la misma manera, Simeón bendijo a Dios porque le permitió ver al Salvador (Lc. 2:30). Los creyentes bendecimos a Dios por lo que Dios es,  pero también, por lo que ha hecho a nuestro favor.

El Señor Jesucristo bendijo los alimentos delante de la multitud y, luego, ante sus discípulos después de resucitar. En estos versículos debemos entender que el Señor Jesús dio gracias por la comida, es decir, no consagró los panes de manera que se convirtieron en algo misteriosamente santo, pues de ser así, nadie podría haberlos ingerido.

Cuando damos gracias por los alimentos que Dios en su favor nos provee, los estamos bendiciendo y comemos con alegría. Qué bueno es, cuando este ejercicio también lo practicamos en público.

La fuerza de  las expresiones “bendito el fruto de tu vientre”, “bendito el Señor Dios de Israel” y “bendito el rey que viene en el nombre del Señor”, recae sobre la persona de quien se dice, esto es, en Dios y en su Hijo. Note el artículo definido el en cada alabanza, es decir, que solo Dios es el objeto pasivo de la adoración.

Al final del evangelio, el Señor “los sacó fuera hasta Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo.”

Al principio del escrito no podía dejar de pensar en el bendito colgado en la cruz, hecho maldición por nosotros, ahora, es inevitable contemplar sus manos heridas levantadas para nuestra bendición. Vemos las señales en sus manos, recordamos que él nos ama, pero también, sabemos que él nos bendice.

En respuesta a esa bendición del Señor, los discípulos adoraron, regresaron a Jerusalén y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios. 

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Ef. 1:3)