Escritos

Vida Cristiana

Posibles Insinuaciones en las Tentaciones

David Alves Jr.

Pareciera que el diablo tienta generalmente de tres maneras. Convenció a Eva de tres cosas en cuanto al árbol del conocimiento del bien y del mal. Ella comió de su fruto porque “era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría”. 

Cada uno de esos ataques a la mente de Eva, podemos verlos en lo que describe Juan al enseñarnos sobre el mundo. Él afirmó que hay tres cosas en el mundo, los cuales son, “los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida” (1 Jn. 2:16). 

Eva vio que el fruto era apetecible para comer. Esto es un ejemplo de lo que Juan llama “los deseos de la carne”. Eva vio que el fruto era llamativo a los ojos. Esto es un ejemplo de lo que Juan llama “agradable a los ojos”. Eva vio que el fruto le permitiría igualar a Dios en su conocimiento y exceder a su esposo en su conocimiento. Esto es lo que Juan llama “la vanagloria de la vida”. 

Estos tres ataques, no solo los describió Juan, y no solo los sufrió Eva; pero también los experimentó el Señor. Después de haber sido bautizado, fue guiado por el Espíritu al desierto para ser tentado. Después de cuarenta días de ayuno, Jesús fue tentado por el diablo mismo al tener hambre. Satanás procuró hacerle pecar bajo los mismos tres ataques que ya hemos analizado. 

Al pedirle que convirtiera las piedras en pan, estaba utilizando la misma técnica que cuando le hizo pensar a Eva que el árbol era bueno para comer. Esto es lo que Juan llama “los deseos de la carne”. Al pedirle a Jesucristo que se lanzara del templo para ser sostenido por los ángeles, es comparable a la forma en la que tentó a Eva, al hacerle creer que el árbol le permitiría alcanzar sabiduría. Esto es lo que el discípulo amado llama “la vanagloria de la vida”. Al pedirle al Hijo de Dios que se postrara delante de él para recibir todos los reinos del mundo, es como cuando el hijo de la mañana engañó a Eva a pensar que el fruto del árbol era agradable a los ojos. Juan identificó esto como la vanagloria de la vida. 

Pensemos en las tentaciones al Señor Jesús. ¿Qué era lo que realmente había detrás de las peticiones que el diablo le hizo para procurar hacerle pecar? ¿Hubiese pecado Cristo si hubiese convertido las piedras en pan? ¿Qué hay de perverso en eso? ¿Hubiese pecado el Señor de gloria si se hubiese lanzado del templo para ser sostenido por los ángeles? ¿Por qué hubiese sido eso un afrenta a la santidad de su Padre?

Esa es la manera en la que opera Satanás. Sugiero que la mayoría de sus tentaciones no aparentan pedirnos cometer un gran crimen. En ocasiones sí nos pide hacer algo que luce ser flagrantemente indebido. Esto lo vemos en la tentación de postrarse delante de él para recibir los reinos. Pero muchas veces sus tentaciones son como las otras dos, porque no percibimos en una situación en la que nos encontramos que estamos siendo inducidos para pecar. 

Cuando Satanás le pidió a Jesús convertir las piedras en pan, la insinuación que le estaba haciendo era que satisficiera los deseos de su carne. El pecado no estaba en convertir las piedras en pan o en comer pan, sino en satisfacer su cuerpo que tenía hambre. Sabemos que nuestra carne es el enemigo acérrimo del Espíritu. En Gálatas 5 se nos pide que no obremos según la carne, sino que produzcamos en nosotros el fruto del Espíritu. Esto quiere decir que el diablo nos pide hacer algo, y en otras palabras, lo que quiere es que satisfagamos los deseos de nuestra carne. Esta era la forma de pensar de algunos en Corinto. Tenían la idea que así como la comida es para el vientre y el vientre es para la comida, de igual manera era con la fornicación. Pensaban que este cuerpo está hecho para tener relaciones sexuales con quien sea. Pero no siempre es el pecado de la fornicación. De una y mil maneras, Satanás puede tentarnos al convencernos que tenemos el derecho a hacer algo y así satisfacer nuestra carne. Debemos ser como nuestro Redentor y entender que jamás tenemos el derecho a satisfacer los deseos perversos de nuestra carne. 

Cuando Satanás le pidió a Cristo lanzarse del templo para ser sostenido por los ángeles, la insinuación que le estaba haciendo era que confiara en sí mismo. Nuestro Salvador vio esto como tentar a Dios, lo cual es contrario a confiar en él. En esta tentación el diablo le citó a Cristo una parte del Salmo 91. Le quiso hacer creer que podía buscarse una situación en la que correría peligro, pero que al final saldría a relucir, al ser milagrosamente rescatado por los espíritus ministradores de Dios. En el Salmo 91 Dios promete protegernos de distintos peligros, pero son situaciones sobre las cuales no tenemos control. Aquí el diablo quería que Jesús se buscara un peligro para ser salvado y así posicionarse por encima de los demás. 

¿Cuántas veces Satanás nos tienta al querer inducirnos a confiar en nosotros mismos, y no en Dios, para sublevarnos por encima de los demás? Aunque Jesús es el Soberano y Supremo Dios, él no podía cometer el pecado de tentar a Dios y enorgullecerse. Él era manso y humilde, pero nosotros sí somos propensos a cometer este mal. Tomamos decisiones en las que estamos confiando en nuestra habilidad, sabiduría, fuerza o bienes. De esta manera tentamos a Dios y nos dejamos engañar por la vanagloria de la vida. Nunca confiemos en nosotros mismos. Jamás busquemos perseguir algo que alimentará nuestro ego. 

Concluimos al considerar al tercera tentación. Cuando el maligno le pidió a Cristo postrarse delante de él para adorarle, y así recibir todos los reinos del mundo, le estaba insinuando que debía quitar a Dios de tener el primer lugar en su corazón. Para que Cristo siguiera las instrucciones del acusador de los hermanos, él tendría que haber desplazado a su Padre de tener el primer lugar en su mente, alma y espíritu. Como con las otras tentaciones, era imposible que Jesús lo hiciera. Pero nosotros sí tenemos la capacidad de permitirnos seducir por el malo, y para nosotros sí es posible que le cedamos a algo que no sea Dios el primer lugar en nuestras vidas. 

¿Qué es lo que verdaderamente controla mi ser? Cuando nadie me está viendo, ¿qué es lo que cautiva mi mente, mis emociones, mi voluntad, mi todo? Delante de los hombres es muy fácil aparentar que Dios es lo máximo para nosotros. Cuando nadie nos ve sino solo Dios, ¿qué ve él en nuestros corazones? ¿Será posible que vivimos continuamente engañados que Dios es el que tiene el primer lugar en nuestros corazones? Quizás es mi celular lo que me realmente me domina. Posiblemente sea mi apariencia o la moda. Un deporte pudiera controlarme. ¿Crees que Dios tiene el primer lugar en tu vida, cuando estás dispuesto a dormirte muy tarde viendo tu serie favorita en Netflix? Vivamos con las últimas palabras de la primera carta de Juan bien grabadas sobre nuestro corazón. “Hijitos, guárdense de los ídolos”. 

Tengamos en cuenta las insinuaciones que hay detrás de las tentaciones del diablo. No cedamos a ellas bajo la ayuda del Todopoderoso. Oremos. Leamos. Armémonos con la armadura de Dios, la cual nos permitirá “estar firmes contra las asechanzas del diablo”.