David Alves padre
Consideremos la historia del himno: “¡Oh! ¡qué Amigo nos es Cristo!”. Citaré la versión que aparece en Himnos y Cánticos del Evangelio, Trigésima Tercera Edición, publicado en Argentina en 1955; es el himno número 201.
En este himno se escuchan los suspiros de un alma sufriente que disfruta comunión íntima con Dios. Así como el metal al rojo vivo es colocado sobre un yunque y es golpeado con un martillo para darle forma, Dios también permite que el carácter del cristiano sea forjado en las difíciles experiencias de la vida, teniendo como resultado la alabanza, honra, y gloria del Señor (1 P. 1:7-8).
Consideremos de una vez el himno completo:
¡Oh! ¡qué amigo nos es Cristo!,
Nuestras culpas El llevó,
Y nos manda que llevemos
Todo a Dios en oración.
¿Somos tristes, agobiados,
Y cargados de aflicción?
Esto es porque no llevamos
Todo a Dios en oración.
¿Te hallas débil y oprimido
De cuidados y temor?
A Jesús, refugio eterno
Dile todo en oración.
¿Te desprecian tus amigos?
Cuéntale en oración:
En sus brazos de amor tierno
Paz tendrá tu corazón.
Jesucristo es nuestro amigo,
De esto pruebas nos mostró;
Pues para llevar consigo
Al culpable, se humanó.
El castigo de su pueblo
En su muerte Él sufrió;
Cristo es el amigo eterno,
Sólo en Él confío yo.
La traducción al español fue hecha por un hermano y pionero presbiteriano en México llamado Leandro Garza Mora, que nació en 1854, y murió en 1938. Una fascinante historia es la de la conversión de su madre como resultado de una Biblia que le regaló un soldado americano en 1846 durante la Guerra de Intervención estadounidense en México (cuando México, desafortunadamente, cedió la mitad de su territorio nacional al vecino del norte). Es de notar que también eran tiempos cuando Roma controlaba la religión en México con mano de hierro. Por la gracia de Dios, después de dificultades muy amargas en su vida, además de asociaciones pecaminosas, Leandro Garza fue salvo y consagró su vida al evangelio por unos sesenta años en el estado norteño de Tamaulipas (fronterizo con los Estados Unidos), y particularmente en Matamoros y sus alrededores.
La tonada más común para este himno fue obra de un hombre cristiano de nombre Charles Crozat Converse (1832-1918), del estado de Massachussets, en los Estados Unidos. Era abogado de profesión pero también compositor de música sagrada. Ambas disciplinas las estudió en Alemania. Una versión relata que estaba en una tienda que vendía pianos y órganos cuando alguien le mostró la letra de este himno, que para el año 1868 muy pocos la conocían. Conmovido por las palabras que leyó, aprovechó uno de los órganos disponibles en la tienda y no tardó una bella composición.
Hay cinco líneas de pensamiento en este himno que quiero considerar:
- Primeramente, note las palabras que aluden a las dificultades en la vida: Tristeza, agobio, aflicción, cuidados, temor, debilidad, opresión, y el desprecio de los amigos. Sin duda, es por esto por lo que tantos millones de creyentes alrededor del mundo y a lo largo de 150 años se han identificado con este himno.
- En segundo lugar, fíjese en el énfasis que se le da a la oración: Cuatro veces se menciona la necesidad de decirle, o contarle, todo a Dios en oración. A propósito, ¿cómo está nuestra vida de oración? ¿No es cierto que a veces hablamos con otros de nuestros problemas, antes de primero dirigirnos a nuestro Padre celestial y repasarlo todo en su presencia? En la versión original se menciona el tema de la oración 8 veces en 24 líneas. De hecho, las primeras versiones de este himno se titulaban: “Orad sin cesar” (1 Tes. 5:17).
- También es llamativo que dos veces en el himno se hace referencia a la obra vicaria de Cristo en la cruz del Calvario. Cristo, sin culpa alguna, sufrió el castigo de Dios y murió en lugar de pecadores culpables. Para poder salvar al culpable y llevarlo al cielo, Cristo tuvo que humanarse; se hizo como nosotros, pero sin pecado. Es obvio que el himno expresa la experiencia de uno que ya está descansando por fe en Cristo como su Salvador personal.
- En cuarto lugar, se presenta a Cristo tres veces como el Amigo, un amigo eterno, y también como el refugio eterno del que es cristiano. Hablar de Cristo con el título de Amigo, requiere cuidado y reverencia. Él dijo a sus discípulos la noche antes de morir: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando… os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Jn. 15:13-15). Las palabras del sabio Salomón pueden aplicarse a Cristo: “En todo tiempo ama el amigo” (Pr. 17:17). “Amigo hay más unido que un hermano” (Pr. 18:24). Sobresale, entonces, la relación estrecha que el creyente tiene con Cristo, no importa cuáles sean las circunstancias. Cristo es también el refugio eterno en las tempestades de la vida. El salmista dijo: Jehová será refugio del pobre, refugio para el tiempo de angustia. En ti confiarán los que conocen tu nombre, por cuanto tú, oh Jehová, no desamparaste a los que te buscaron (Sal. 9:9-10).
- Finalmente, a pesar de las adverisidades, en los brazos tiernos del Señor hay paz. Isaías le dijo a Dios: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Isa. 26:3).
Este himno fue escrito originalmente en inglés por Joseph Medlicott Scriven. Él nació en 1819 en Banbridge, hoy Irlanda del Norte, el segundo hijo de una familia de bienes. Su padre era capitán en la Marina Real Británica. Joseph estudió dos años en una academia militar cerca de Londres, en Inglaterra, pero al no ser físicamente apto para la vida de un soldado, escogió ser Licenciado en Letras, graduándose de Trinity College, en Dublin, Irlanda, una universidad que existe aún y es una de las más antiguas y prestigiosas en Europa. Durante su tiempo en Dublin, Scriven hizo contacto con un naciente movimiento cristiano que llegó a conocerse como los “Hermanos de Plymouth”, o “asambleas de hermanos congregados en el Nombre del Señor Jesucristo”, y se convirtió a Cristo.
A los 24 años le sucedió una tragedia que lo maracaría el resto de sus días. Mientras estaba parado en la ribera del río Bann, en su pueblo natal, veía venir a su comprometida cabalgando sobre un caballo. Trágicamente, cuando cruzaba el puente, su novia fue arrojada del caballo, cayó al río, y se ahogó. La pareja tenía todo listo para su boda el día siguiente. Como consecuencia, Scriven consagró su vida al Señor y, dándole la espalda a bienes materiales, emigró al Canadá, para vivir el resto de sus días en varios pueblos en las inmendiaciones de la ribera norte del Lago Ontario.
Unos 11 años después de su primer noviazgo fallido, Scriven se volvió a enamorar, esta vez de una jóven que era sobrina de una familia con que él vivía mientras era tutor de los hijos. Increíblemente, a ella le dio neumonía y murió unos meses antes de la boda que tenían contemplada.
Joseph ayudó con las iglesias locales en la zona y predicaba al aire libre cuando podía. Por esto sufrió persecusión; transeúntes a veces le lanzaban piedras y frutas. Con fecha del 2 de septiembre de 1880, una nota en un perdiódico local reportó lo siguiente: “Un hombre llamado Scriven tiene, desde hace algún tiempo, la costumbre de predicar en la calle… gritando fuertemente, aunque usualmente es simpático. Este hombre se ha convertido en una molestia y apelamos a las autoridades para que lo retiren. Si tiene que predicar, que se coloque en la plaza del mercado por la tarde, donde no estorbe y donde no retrase a nadie en el trabajo que debe realizarse en un tiempo determinado. Puede ser que el Sr. Scriven esté haciendo algo bueno, pero no vemos la evidencia de esto”.
Joseph Scriven se destacó por su humildad y por ayudar a los pobres y discapacitados. Se cuenta que una vez vendió un buen reloj para comprarle a una viuda una vaca que se le había perdido. En otra ocasión alguien lo vio caminando por la calle con herramientas de carpintería y le comento a su compañero que iba a hablarle para encargarle un trabajo. El compañero le respondió: “No, ese es el Sr. Scriven, él no acepta renumeración; sólo hace trabajos para los que que no tienen recursos”.

Hacia el final de su vida, desanimado, enfermo y casi ciego, Scriven estaba hospedado en la propiedad de otro caballero cristiano cerca del hermoso Lago Rice. El Sr. Sackville contó que un día, mientras conversaban, entre los papeles en el escritorio vio el manuscrito con las palabras de este himno. Impresionado, le preguntó a Scriven si él había escrito esas palabras. La respuesta fue: “El Señor y yo lo hicimos entre ambos”. Continuó explicando que nunca fue su intención que fuera saliera a la luz pública o que fuera un himno. Su padre había fallecido en Irlanda y que escribió estas palabras en 1857 como un mensaje de consolación que envió a su madre. Un erudito opinó que el himno “¡Oh!, ¡qué amigo nos es Cristo!” estaba entre las mejores obras literarias jámas escritas en territorio canadiense.
La última tragedia que describiré es la de la misteriosa muerte de Joseph Medlicott Scriven, en 1886. Tenía 66 años. El Sr. Sackville estuvo con él hasta la medianoche del día anterior. Cuando regresó a la 5:00 a.m., se sorprendió que Scriven no estaba en su habitación. Su cuerpo fue encontado más tarde, a la 1:00 p.m. No se sabe exactamente qué pasó. El periódico reportó que al pasar sobre la presa de un molino, se supone que se resbaló y cayó en un canal de agua, de unos 2 metros de profundidad. Otros dijeron que fue encontrado arrodillado junto al canal, con la cara dentro del agua. Algunos creen que dada su débil condición mental, su muerte no fue accidental sino, más bien, que se suicidó. De ser esto último, no afecta su destino eterno. Sea como fuere, Scriven murió en los tiernos y amorosos brazos de su Señor.
Aunque el sucidio, o auto homicidio, es una obra de la carne (Gál. 5:21)que no agrada a Dios, esto de ninguna manera compromete la seguridad eterna de la salvación (Jn. 5:24; 10:28-29). Acercándonos a, la así llamada, Semana Santa, es importante recalcar que Judas Iscariote no está en la condenación hoy porque se quitó la vida (Mt. 27:5) sino porque no era creyente genuino en Cristo. Era un falso profesante. Téngalo por seguro: Un verdadero creyente no pudo hacer una obra buena para ganarse la salvación, así como tampoco podrá hacer una obra mala para perder su salvación.
Esta descripción del Sr. Sackville, el último en ver con vida a Scriven es como una ventana alma de una persona verdaderamente salva pero profundamente atribulada. Dijo esto de Scriven: “Su cuerpo simplemente estaba desgastado por el trabajo, y su mente estaba cansada por el fracaso y la desilusión en su trabajo durante los últimos años. Al final de sus días, no pudo confiar en que Dios proveería para sus necesidades corporales, ni se resignó a la voluntad de Dios, ni esperó pacientemente hasta que llegara el tiempo del Señor para liberarlo del cuerpo y llevárselo al cielo. Su mayor temor parecía ser el de hacer algo que deshonrara a Dios o vituperara el nombre de Cristo. El único deseo y oración de su corazón parecía expresarse en las palabras que se le escuchó pronunciar unos días antes de su partida: “Ojalá el Señor me llevara a casa [o sea: al cielo]. Su confianza en el Señor, en cuanto a su propia vida personal. la seguridad y la brillante perspectiva de gloria futura fueron firmes e inquebrantables hasta el final. Le escuché repetir dos escrituras durante la última hora que estuve con él: ‘Yo soy del Señor’ (Isa. 44:5) y ‘Nunca te dejaré ni te desampararé’” (Heb. 13:5).
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Muchas veces nos sentimos así débil y cansado del pecado, pero me acuerdo siempre de que Dios cuando aún eramos débiles a su tiempo murió por mí,aunque ya se que Soy salva por la gracia de nuestro Señor Jesucristo y me da regocijo el estar siempre en su presencia aunque no consecutivamente pero el me ayudara a perseverar y senvirle como El quiere. Amén saludos p
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