Ensayos

La Riqueza Incalculable de los Pobres en Espíritu

David Alves hijo

Introducción

Dios se glorifica principalmente en lo que él es, pero también en lo que él hace. Se exalta a sí mismo través de su creación. Se honra a sí mismo por medio del sacrificio perfecto de su Hijo Jesucristo. Se glorifica a sí mismo a través de la bondad que él manifiesta a los que él redime por su infinita misericordia. Una de las manifestaciones de la bondad del Señor son las bienaventuranzas que él pronuncia sobre su pueblo en las Sagradas Escrituras. Esto quiere decir que las bienaventuranzas deben ser consideradas, no como aquello que existe para prosperarnos principalmente a nosotros. Las bienaventuranzas deben ser contempladas cuidadosamente con el objetivo principal de que se reconozca que Dios debe ser glorificado en cada una de ellas.

En cuanto a las bienaventuranzas, primeramente se considerarán algunos puntos generales en cuanto a este tema al ser desarrollado por el Espíritu Santo a lo largo de las Escrituras. En segundo lugar, se estudiará de manera general lo que los evangelios enseñan en cuanto a este tema. Habiendo hecho eso, se evaluará con más detenimiento la primera bienaventuranza que pronunció Jesucristo en lo que es conocido como el Sermón del Monte. Tomando cada uno de estos pasos, se facilitará poder entender lo que el Señor quiso decir cuando dijo las palabras que serán citadas.

El Sermón del Monte puede ser encontrado en Mateo 5-7 y en Lucas 6. Es posible que fue una prédica de Jesucristo dada en un solo lugar a la misma vez o algunos sugieren que más bien es una recopilación de distintos sermones que él dio a lo largo de su ministerio público. William Barclay comenta lo siguiente: “Hablamos del Sermón del Monte como si fuera un solo sermón predicado en una sola ocasión. Pero es mucho más que eso. Hay buenas y convincentes razones para pensar que el Sermón del Monte es mucho más que un sermón; que es, de hecho, una especie de resumen de todos los sermones que Jesús predicó”.1

Un entendimiento adecuado del Sermón del Monte resultará en que los cristianos se conduzcan de una forma que es propia para aquellos que se han sometido a Cristo el Rey. Al considerar en este escrito la primera bienaventuranza en Mateo 5, una interpretación correcta de ese pasaje; también resultará en que se pueda vivir de acuerdo a las expectativas que el Rey tiene sobre aquellos a quienes él gobierna. Él exige que los que pertenecen a su reino vivan de acuerdo a sus expectativas.

Las Bienaventuranzas

1. Significado de la palabra

De acuerdo a la Concordancia Strong’s, la palabra bienaventuranza, en hebreo ‘ešer, significa: “bendecido” o “feliz”. La palabra bienaventurado en griego es makarios y posee el mismo significado que en hebreo. Por lo tanto, se pudiera decir que una bienaventuranza es un estado de bendición y de felicidad experimentada por una persona a través de la gracia inmerecida de Dios. Solos los que conocen al Señor pueden experimentar todos los beneficios que conllevan las bienaventuranzas.

2. Connotación de la palabra en las Escrituras

Hay bienaventuranzas a lo largo de todas las Escrituras. Dios constantemente le asegura a los que son suyos sobre la benevolencia que él quiere que ellos disfruten de parte suya. Se considerarán algunos aspectos de las bienaventuranzas de Dios de las siguientes maneras:

i. Las bienaventuranzas de Dios a su pueblo resaltan lo singular que ellos son para él. Dios le dijo a Israel: “Bienaventurado tú, oh Israel, ¿quién como tú, pueblo salvo por Jehová, escudo de tu socorro, y espada de tu excelencia? Así que tus enemigos serán humillados, y tú hollarás sobre sus alturas” (Dt. 33:29).

ii. Las bienaventuranzas de Dios a su pueblo subrayan la prosperidad que gozan los justos al apartarse de los impíos. El salterio de los judíos comienza diciendo: “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado” (Sal. 1:1).

iii. Las bienaventuranzas de Dios a su pueblo recalcan lo bendecidos que son todos aquellos que han sido justificados de sus pecados. David declaró: “Bienaventurado el hombre a quien no imputa Jehová la iniquidad, y en cuyo espíritu no hay superchería” (Sal. 32:1).

iv. Las bienaventuranzas de Dios a su pueblo señalan los beneficios innumerables que hay para aquellos que se deleitan en la lectura y en la meditación de su Palabra (Sal. 112:1). Cada discípulo de Jesús debe ver las infinitas bendiciones que hay prometidas para aquellos que se esmeran en leer y estudiar la Biblia.

v. Las bienaventuranzas de Dios a su pueblo enfatizan lo dichosos que son aquellos que sufren por causa de Jesucristo (1 Pe. 3:14, 4:14). Padecer por causa de la fe, no es una carga, sino una bienaventuranza.

vi. Las bienaventuranzas de Dios a su pueblo convencen a cada uno del glorioso porvenir que hay para aquellos que han sido redimidos por él. El apóstol Juan escribió: “Oí una voz del cielo que me decía: Escribe: Bienaventurados los muertos que de aquí adelante mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, que descansarán de sus trabajos; porque sus obras con ellos siguen” (Ap. 14:13).

3. Connotación de la palabra en los evangelios

En términos generales, los evangelios de Mateo y Lucas, en ciertas porciones, se enfocan en algo más definido que lo encontrado en el evangelio de Juan. En Mateo 5 y en Lucas 6 las bienaventuranzas son pronunciadas en el contexto del reino de Dios, para aseverar cómo debe ser el comportamiento de aquellos que pertenecen al gobierno invisible del Señor sobre la tierra en el presente.

En Mateo 5 se ubican ocho bienaventuranzas y en Lucas 6 se encuentran cuatro bienaventuranzas. Las que son mencionadas en el evangelio del médico amado, pueden ser encontradas en los escritos de Mateo. Hay comentaristas que consideran que las bienaventuranzas dadas en ambos pasajes se refieren a la misma instancia. William Barclay considera que las bienaventuranzas en Lucas fueron pronunciadas cuando el Señor eligió a sus apóstoles.2 John Phillips concuerda con él, al señalar que las bienaventuranzas fueron dirigidas a los doce discípulos.3 Pero al hacer un análisis de ambos pasajes, también se puede llegar a la conclusión de que ambos escritores se refieren a la misma prédica de Jesús, la cual es comúnmente llamada el Sermón del Monte.

Las bienaventuranzas fueron dadas por el Señor en el Sermón del Monte al comenzar su ministerio junto con sus apóstoles. Fue la manera en la que él escogió prepararles al iniciar su servicio a él. Jesucristo escogió enseñarles sobre esos temas porque esto les sería sumamente útil al salir a predicar el evangelio y al sanar a los enfermos. Primero les enseñó sobre las bienaventuranzas para animarles a entender que la vida de servicio a Dios sí valía la pena. La primera bienaventuranza, la cual se estará considerando, establece la base para todas las demás. No podrían hacer todo lo que el Señor les pediría sin poner en práctica la pobreza de espíritu.

Receptores de la bienaventuranza

1. Significado de la pobreza espiritual

Ahora se estudiará en específico la bienaventuranza que ha sido elegida. Jesús le dijo a sus seguidores: “Bienaventurados los pobres en espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt. 5:3). Primeramente se considerará el significado de la pobreza espiritual, y en segundo lugar se explicará la promesa hecha en la bienaventuranza.

La palabra pobres puede referirse a alguien que ha sido reducido a ser un mendigo. Puede describir una pobreza extrema en relación a bienes materiales. Un ejemplo de este uso es lo que puede ser hallado en Mateo 19:21 donde leemos: “Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres [mendigos], y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”. Lenski señala que la palabra pobre se deriva de un verbo que se relaciona con avergonzarse, y sugiere que la idea aquí es de un mendigo que se agacha para pedir dinero.4

Esta palabra pobres también puede referirse a personas que manifiestan suma bajeza y humildad delante de Dios. En esta bienaventuranza, la pobreza no tiene que ver con lo material, sino con lo espiritual. Lo mismo que se está comentando sobre Mateo 5:3, ocurre en Mateo 11:5 cuando Jesús habló de que él vino a anunciar el evangelio a los pobres. Dios nunca condena ni excluye a los ricos por el simple hecho de ser prósperos en cuanto a lo económico. Muchas personas fueron prosperadas materialmente por Dios, pero aun así pudieron ser pobres en espíritu. No encontramos aquí una exclusión de los que han sido bendecidos de manera económica. Todas las bienaventuranzas aplican a todas las personas que pertenecen al reino de los cielos, sin importar si son ricos o pobres en lo material.

Los pobres en espíritu son aquellos que en su humildad reconocen que no hay ningún bien en ellos, sino que todo bien lo hallan exclusivamente en Dios. Esto lo entendía David. Él dijo al Señor: “Oh alma mía, dijiste a Jehová: tú eres mi Señor; no hay para mí bien fuera de ti”. (Sal. 16:2). Los pobres en espíritu son aquellos que se acercan a Dios sin tener absolutamente nada para ser merecedores de sus beneficios. Lenski también comenta sobre esto de manera muy gráfica: “Estos miserables mendigos no aportan absolutamente nada a Dios, excepto su completo vacío y necesidad y se detienen en el polvo solo por pura gracia y misericordia”.5 Morris también comenta lo siguiente en relación a esto: “No está bendiciendo la pobreza en sí: eso puede ser tan fácilmente una maldición como una bendición. Jesús habla de sus discípulos. Son pobres y saben que no tienen recursos. Confían en Dios y deben confiar en él, porque no tienen nada propio en qué confiar”.6

2. Ejemplos

Hay distintas personas a lo largo de la Biblia que mostraron ser pobres en espíritu. El Salmo 51 presenta a David humillado delante de Dios al confesar su pecado y al rogar por su perdón. Esto es ser pobre en espíritu. En Esdras 9 se detalla acerca de Esdras rebajándose completamente a sí mismo delante de Dios para confesar el pecado de Judá. Esto es ser pobre en espíritu. El apóstol Pablo de igual forma demostró ser pobre en espíritu cuando escribió a los romanos: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom. 7:24).

Cada cristiano debería imitar el ejemplo de estas personas y de muchos otros que demostraron tener esta virtud por la gracia del Señor. Cada hijo de Dios debería tener la actitud que tuvo Rut ante Booz, después de que él le favoreció tanto a ella. Ella le dijo: “¿Por qué he hallado gracia en tus ojos para que me reconozcas, siendo yo extranjera?” (Rut 2:10). La pobreza espiritual es algo que agrada a Dios en gran manera. El salmista escribió: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Sal. 51:17).

3. Antítesis a la pobreza espiritual

Cada bienaventuranza tiene una antítesis, o sea, un comportamiento que es contrario a lo que es agradable delante de Dios. En el caso de la pobreza de espíritu, la antítesis sería la arrogancia, la vanagloria, el orgullo. La bienaventuranza que está bajo consideración no puede ser disfrutada por aquellos que no son pobres en espíritu. James Baker comenta: “Sugerimos que este es un carácter interno conocido por Dios, mientras que “manso” (v.5) es una demostración externa del discipulado conocido por los hombres. Ser pobre de espíritu contrasta con la arrogancia de los líderes imperiales de la época de los gentiles”.7

Dios no puede bendecir a aquellos que son lo contrario a los pobres en espíritu. Más bien Dios asegura que él resiste a los vanidosos (Stg. 4:6; 1 Pe. 5:5) y que él obrará para que ellos sean completamente humillados (Mt. 23:12). El cristiano debe mortificar toda muestra de arrogancia en su ser. Siempre debe esforzarse y confiar en el apoyo de Dios para ser pobre en espíritu.

La promesa en la bienaventuranza

1. Uso del término en las Escrituras

Ahora se analizará la bienaventuranza que Jesús promete para los pobres en espíritu. La promesa es que ellos serán poseedores del reino de Dios. Al contemplar este vasto tema en las Sagradas Escrituras, se puede definir el reino de Dios como el gobierno del Señor sobre todos aquellos que se han convertido a él y que se sujetan a él. En el presente, su reino es de forma invisible, pero en el futuro será de forma visible. Cuando una persona se arrepiente de sus pecados (Mt. 4:17) y es regenerada por el Espíritu de Dios (Jn. 3:3-5), este individuo pasa a pertenecer al reino de Dios. Y al haber de este cambio, esa persona se comportará de acuerdo a lo establecido por el Rey para todos aquellos que forman parte de su reino. En el futuro, su reino será visible cuando veamos a Jesús gobernando sobre esta tierra en el milenio y después en el cielo y en la Nueva Jerusalén por toda la eternidad.

El que es pobre en espíritu, reconoce que no puede por su cuenta ser recibido al reino y reconoce que no puede por su fuerza permanecer en el reino. Esta persona más bien descansa en Dios, recae en su gracia y cree en sus promesas para poder ser humilde y así disfrutar pertenecer a este reino. Los que son pobres en espíritu gozan la dicha de pertenecer a este reino en el presente; y en el texto bajo consideración, también está el aspecto futuro del reino. Barclay hermosamente explica que las bienaventuranzas no tienen el verbo “ser”. Al hablar Jesús en Arameo, que era parecido al hebreo, habrá hablado exclamando cada una de las bienaventuranzas. En otras palabras las comenzó diciendo: “Oh la bendición de…”. Esto hace ver que no son cosas vagas que se disfrutarán en algún futuro incierto, sino que son realidades que se gozan en el presente.8 Es algo que se goza hoy, pero también es algo que se disfrutará eternamente. Los pobres en espíritu tienen la esperanza de pertenecer al reino visible de Jesús que será gloriosamente visto durante el milenio sobre esta tierra.

B. Conexión a los receptores de la bienaventuranza

La conexión entre los receptores de la bienaventuranza y la promesa en sí es más que obvia. Ser pobre y mendigo espiritualmente, al ser humilde, resulta en que uno herede lo más maravilloso y lo más valioso: el reino de Dios. Habiendo tenido absolutamente nada qué ofrecerle a Dios, el que es pobre en espíritu, recibe del Señor la bendición más grande y la dicha más sobresaliente. Esto quiere decir que si una persona es pobre materialmente hablando y espiritualmente hablando, es alguien que disfruta inmensa riqueza en lo espiritual. Darrell Block parafraseó esta bienaventuranza de la siguiente manera: “Bienaventurados son ustedes que son materialmente pobres, quienes a pesar de eso, miran a Dios y a su promesa, porque el reino de Dios es de ustedes”.9

Conclusión

Al considerar todo esto, hay dos cosas por lo menos que deben ocurrir en el corazón de cada persona que pertenece al reino de Dios. En primer lugar, esta bienaventuranza refleja precisamente la necesidad tan obvia que hay en cada individuo. La primera bienaventuranza en Mateo 5 exhibe la arrogancia y la altivez que normalmente caracteriza al ser humano. Jesucristo tuvo que usar terminología como “pobres en espíritu” para que los suyos entendieran lo mucho que debían buscar una humildad que es completa y genuina. Esta bienaventuranza humilla a los que están en el reino de Dios.

En segundo lugar, una contemplación de la primera bienaventuranza en Mateo 5, debe resultar en que Dios sea loado y exaltado. Al meditar en el hecho de que él es tan benevolente a personas que no lo merecen, que son tan injustos y tan ingratos, debe producir un profundo sentido de adoración a él en cada persona que pertenece a su reino. Pensar que el Dios Altísimo quiera perdonar a personas y que él desea hacerles miembros de su glorioso reino eterno, debe producir en todos un deseo apasionado en ser pobres en espíritu y en cumplir todo lo que él ordene. Esta bienaventuranza enaltece a la Persona de Dios. Estos dos aspectos de la bienaventuranza en la que Dios promete una riqueza incalculable para los pobres en espíritu, magnifica su santo y glorioso nombre. Cada cristiano que quiera enaltecer al Señor, tendrá que ser pobre en espíritu.

  1. William, Barclay, The Gospel of Matthew, The Daily Study Bible Series, vol. 1, (Louisville, KY: Westminster John Knox Press, 1975), 84. ↩︎
  2. Barclay, The Gospel of Matthew, 84. ↩︎
  3. John, Phillips, Exploring the Gospel of Luke, The John Phillips Commentary Series, (Grand Rapids, MI: Kregel Publications, 2005), 114. ↩︎
  4. R.C.H., Lenski, The Interpretation of St. Matthew’s Gospel, (Columbus, OH: The Wartburg Press, 1956), 184. ↩︎
  5. Lenski, The Interpretation of St. Matthew’s Gospel, 184. ↩︎
  6. R.V.G., Tasker, ed., The Gospel According to Luke, (Grand Rapids, MI: William B. Erdmans Publishing Company, 1982), 126. ↩︎
  7. T. Wilson y K. Stapely, eds., What the Bible Teaches- Mattew and Mark, vol. 2, (Kilmarnock, Scotland: John Ritchie Ltd., 2000), 78. ↩︎
  8. Barclay, The Gospel of Matthew, 88. ↩︎
  9. Darrell L. Bock, Luke, vol. 1, (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2006), 575. ↩︎

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