Cristo en toda la Biblia

Samuel Celebra al Dios que Salva

David Alves hijo

1 Samuel 12

Cuando Samuel llegó a la vejez se dirigió al pueblo de Israel para decirles algunas cosas que él creía ser muy importantes. Esto lo vemos en distintos personajes mencionados en las Escrituras. Moisés, Josué y David hablaron a la nación antes de que también muriesen. Pablo le escribió dos cartas a Timoteo para darle sus últimos consejos antes de que finalizara su batalla y su carrera. Obviamente el que más sobresale es Jesús. En un aposento alto, la noche antes de morir, instruyó a sus discípulos. Él también desde una cruz pronunció palabras muy significativas para el bien de los transgresores, momentos antes de entregarle a su Padre su espíritu.

Lo primero que habló Samuel a Israel fue asegurarles que él le había servido a Dios y a ellos de la mejor manera posible. Él sabía que los israelitas podían atestiguar de que él había ministrado favorablemente desde su juventud hasta su vejez. Por más que eso sea cierto, Samuel no se puede comparar con el Señor Jesús. Él no solo sirvió a su Padre desde su juventud hasta el día de su muerte, pero también le ha complacido desde la eternidad, y lo hará por toda la eternidad.

Samuel también les detalló sobre el carácter que él había mostrado tener a lo largo de todos esos años que él se entregó al ministerio que el Señor le había dado. Él estaba seguro de que sus compatriotas podían dar testimonio de que él no había tomado algo ajeno, no había calumniado a otros, no había agraviado a alguno, ni había aceptado sobornos para juzgar con parcialidad. Samuel fue un profeta y juez que sirvió íntegramente a Dios. Por más que le admiramos, sabemos que nadie puede igualarse a la pureza vista en el que salvó nuestras almas del infierno. El apóstol Juan declaró que en Jesús no hay pecado (1 Jn. 3:5). En Hebreos leemos que él fue tentado en todo pero que él es sin pecado (Heb. 4:15). Debemos deleitarnos en la santidad de nuestro Salvador. Es motivo de que le adoremos con todo lo que somos.

Después de haber hablado sobre eso, Samuel prosiguió hablándole a la nación sobre otro tema muy importante. Llama la atención de que él haya escogido hablar sobre la poderosa obra de la salvación de Jehová para con su pueblo, de todas las cosas que él les pudiera haber dicho. Samuel introdujo esto al decirles: “Ahora, pues, aguarden, y contenderé con ustedes delante de Jehová acerca de todos los hechos de salvación que Jehová ha hecho con ustedes y con sus padres” (v.7). Les recordó que Jehová les había salvado al sacar a la nación de la esclavitud de Egipto. Les hizo ver, que a pesar de su rebeldía, Dios les había salvado vez tras vez al ser oprimidos por naciones cananeas a través de distintos jueces que él levantó para librarles.

Samuel quería despedirse de Israel al celebrar con ellos la salvación que el Señor le había brindado a su pueblo. El discurso de Samuel nos llama a nosotros hoy en día para que nosotros también celebremos la inmensa y maravillosa salvación que Dios nos ha otorgado. El Señor debe ser alabado y exaltado por habernos rescatado del pecado, del mundo, del diablo, de la muerte y del lago de fuego por medio de la vida, muerte y resurrección de su glorioso Hijo. Podemos decir como Israel: “Jehová es mi fortaleza y mi cántico, y ha sido mi salvación. Este es mi Dios, y lo alabaré; Dios de mi padre, y lo enalteceré” (Éx. 15:2). Podemos tomar sobre nuestros labios lo que cantará el remanente de judíos convertidos en el reino de Jesús: “Cantaré a ti, oh Jehová; pues aunque te enojaste contra mí, tu indignación se apartó, y me has consolado. He aquí Dios es salvación mía; me aseguraré y no temeré; porque mi fortaleza y mi canción es Jah Jehová, quien ha sido salvación para mí” (Isa. 12:1, 2). Podemos exclamar aquí sobre la tierra lo que se dirá en el cielo un día, de acuerdo a Apocalipsis. “La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero” (Ap. 7:10). “Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche” (Ap. 12:10). “¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro” (Ap. 19:1). Celebremos la salvación del Señor para que él sea exaltado de la manera en la que lo merece. El Padre que envió a su Hijo como nuestra salvación debe ser adorado. El Hijo que murió para hacernos posible nuestra salvación debe ser adorado. El Espíritu Santo que aplicó la salvación a nuestras almas debe ser adorado. Exaltemos al Dios Salvador.

Concluimos meditando en cómo respondió la nación al discurso tan célebre de Samuel. Después de escuchar sobre el carácter ejemplar de este varón de Dios y después de ser recordados sobre la poderosa salvación del Señor, sus conciencias fueron activadas. Los israelitas fueron movidos a escudriñar sus corazones y ellos detectaron que habían pecado contra Dios al haber pedido que un rey les gobernase. Escuchar sobre la justicia de Jesucristo y ser recordados sobre la salvación que él nos procuró, debe llevarnos a auto-evaluarnos y a confesar nuestra impiedad. El Señor quiere que le adoremos y que participemos del partimiento del pan con un corazón puro. A esto Samuel respondió pidiéndoles que no temieran, que no se apartaran del camino de Jehová, que le sirvieran de todo corazón y que le temieran en gran manera. Hagamos lo mismo nosotros para deleitar el corazón del que nos amó hasta la muerte. Él espera que le demos todo lo que somos y que le ofrezcamos lo mejor de nosotros. Dios sea glorificado a través de cada una de nuestras vidas. 




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