David Alves Jr.
Jehová había visitado a Su pueblo para darles pan.
Rut 1:6
Elimelec y Noemí poseían bienes pero decidieron dejar Belén para vivir en Moab. Noemí llegó a decir que se habían ido llenos. Habían prosperado.
Es posible que dejaron su tierra natal por causa de tantos robos que llegaron a haber en Israel. Estos eventos narrados en el libro de Rut se llevaron a cabo al mismo tiempo que los sucesos descritos en el libro de los Jueces. Esta época en la historia de Israel se caracterizó por el hecho de que cada quien hacía lo que quería.
Todo indica que Israel también estaba padeciendo una hambruna. Pareciera que sufrieron una sequía, lo cual había resultado en que se perdieran las cosechas. La familia de Noemí habrá pensado que lo mejor era salir de Israel antes de que las cosas empeoraran aún más.
A pesar de todo el desorden y la escasez, no era la voluntad de Dios que la familia de Elimelec abandonara su territorio. Él los quería morando en la tierra que les había dado a Su nación, la cual habían conquistado cuando vivía Josué.
La desobediencia y rebeldía a la voluntad de Dios resulta en que los miembros de Su pueblo sufran consecuencias. Noemí sufrió por lo menos cuatro tragedias en esa tierra foránea. Se murieron su esposo y sus dos hijos. No solo eso, sino que todo lo que tenían, lo perdieron al estar en Moab. Cuando Noemí regresó a Belén con su nuera Rut, ella dijo que debían llamarla “Amarga” por todo lo que había padecido.
Al estar tan necesitada, decidió que era el momento propicio de regresar a la Ciudad de David. Dejaría los campos de Moab porque había oído que el Señor les había visitado para darles pan. Esto lo hizo, y cuando llegó a Belén, se dio cuenta que sí era cierto, porque cuando llegó era el inicio de la cosecha de la cebada.

Llama la atención pensar en el Señor visitando Israel para darles pan al estar todos tan necesitados. Pensemos en Jesús como el pan vivo que visitó este mundo para saciar el hambre de muchos.
Él literalmente tomó pan y lo multiplicó para alimentar a las multitudes que le seguían. Lo hizo en más de una ocasión. Las veces que lo hizo los millares de individuos quedaron completamente saciados y hasta sobró una gran cantidad de panes.
Él figurativamente fue el pan de Dios que había descendido del cielo para darle vida al mundo (Jn. 6:33). Él hizo la siguiente afirmación la cual afirmó quién era y por qué visitó este planeta. “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Jn. 6:35). Este no era cualquier pan. Era el pan de Dios, era el pan de vida, el pan vivo.
Todos los que creen en Jesús encuentran una saciedad perfecta en Él. Dejan de desear el pecado como antes lo hacían y ahora le desean únicamente a Él. Esto le costó mucho a nuestro Señor porque Él tuvo que dar Su cuerpo para calmar la ansiedad que teníamos por causa de la perversión. Él dijo: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (Jn. 6:51). Los que hemos creído en Él, de manera figurativa, hemos comido de Su carne y hemos bebido de Su sangre (Jn. 6:53-57). Sus sufrimientos nos han quitado el deseo tan fuerte que teníamos hacia todo aquellos que es indebido.
Esto no se refiere al pan y a la copa en la cena del Señor. Esto se refiere a los beneficios que hemos adquirido por la gracia de Dios y por los padecimientos que sufrió nuestro Salvador en Su cuerpo. Por fe hemos participado de Su cuerpo y sangre al confiar en Él.
Jesús también enseñó que al comer de este pan divino hemos recibido vida y que esta vida que tenemos debe ser vivida para Su gloria. Al comer de este pan vivo, podemos permanecer en Jesús, y Él permanece en nosotros (Jn. 6:56). Al comer de este pan vivo, vivimos por Él quien nos vino a visitar (Jn. 6:57). Al comer de este pan vivo, podemos estar seguros de la promesa que viviremos eternamente (Jn. 6:58).
Bendito sea el Pan Vivo que nos visitó, así como cuando Jehová visitó Israel para darle pan a los hebreos. Noemí quedó saciada. Nosotros también hemos sido satisfechos por medio de nuestro Salvador.
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