Cristo en toda la Biblia

El Espíritu del Señor

Nuestro Señor al encarnarse tuvo cuerpo, alma y espíritu. Igual que nosotros, pero la gran diferencia es que jamás podía ser afectado por el pecado en todo su ser. La Biblia nos da el inmenso privilegio de poder ir más allá de lo físico, en cuanto al cuerpo del Señor, para poder observar lo espiritual, su alma y su espíritu. En esta ocasión estaremos contemplando seis aspectos del espíritu de Cristo.

Un espíritu omnisciente

Con mucha gracia Jesucristo sanó a un paralítico que había sido bajado por el techo porque la casa estaba llena de gente escuchándole enseñar. El Señor no solamente le sanó, sino también le perdonó sus pecados. Al oírle los escribas, en su mente acusaban a Cristo de blasfemar al no atribuirle a él la potestad de poder hacer eso. Marcos describe cómo él pudo saber exactamente lo que ellos estaban pensando. “Conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos” (Mr. 2:8). Nosotros entendemos que sólo él tiene el poder para perdonar pecados y por siempre le alabaremos por haber cancelado nuestra gran deuda de pecado.

Un espíritu acongojado

Le habrá traído un gran dolor al Salvador cuando aquellos fariseos le pidieron que hiciera una señal con el único propósito de tentarle. Marcos nos dice que el Señor “gimiendo en su espíritu, dijo: ¿Por qué pide señal esta generación?” (Mr. 8:12). Aquél que era el Todopoderoso recibió muestras de gran incredulidad por aquellos que le rechazaran vehemente.

Un espíritu gozoso

Lucas escribió acerca de aquella vez en la que Jesucristo “se regocijó en el espíritu” (Lc. 10:21) cuando pensaba en su relación tan singular con Dios su Padre. Tantas cosas que el Padre le mostraba a su Hijo que le traían deleite a su corazón. Pero también le reveló el plan de salvación para la humanidad involucrando su muerte sobre la cruz, y nos maravillamos de la sujeción que mostró a la voluntad de su Padre.

Un espíritu estremecido

Nadie puede leer acerca de la muerte de Lázaro sin conmoverse. Las hermanas tristes y llega el Señor y también muestra sus emociones por la muerte del amigo que amaba. Juan nos dice que cuando Cristo vio evidencias del dolor en los corazones de los presentes por lo sucedido, él “se estremeció en espíritu y se conmovió” (Jn. 11:33). Y después el Señor lloró al ver la tumba de Lázaro (Jn. 11:35). Esto nos debe consolar. En el cielo tenemos uno que nos entiende perfectamente porque él aquí sintió angustias y tristezas.

Un espíritu conmovido

La noche antes de sufrir la muerte más dolorosa posible, Jesucristo sintió la gran amargura de ser traicionado y vendido por uno de sus discípulos. Judas, quien había visto, convivido, escuchado y servido con Jesucristo, ahora lo vendía como si fuera un simple objeto. El Señor al pensar y hablar sobre aquella terrible experiencia, nos dice Juan de Cristo: “se conmovió en espíritu” (Jn. 13:21). ¿Has sentido alguna vez el profundo dolor de ser traicionado por alguien o que alguien te de la espalda cuando más los necesitabas? Recuerda que Cristo también pasó por eso.

Un espíritu ofrecido

Después de que el Señor sufrió el tormento de la ira de Dios por nuestros pecados, el Señor “dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu” (Jn. 19:30). Al terminar la obra que el Padre le había dado, él le dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23:43). Aún al morir muestra completa fe y entrega a su Padre al ofrecerle su espíritu.

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