Cristo en toda la Biblia

El Pueblo es Bendito

Números 22

“Esta multitud lamerá todo lo que hay a nuestro derredor, como el buey lame la hierba del campo”, dijo el rey de Moab llamado Balac. Se refería a Israel cuando acamparon en las “llanuras de Moab, al otro lado del Jordán, frente a Jericó.”

Al sentirse amenazado por la presencia del pueblo de Dios, inmediatamente mandó llamar al profeta Balaam en Petor. El mensaje era concreto: “Mira, un pueblo salió de Egipto y cubren la superficie de la tierra y habitan frente a mí. Ven ahora, te ruego, y maldíceme a este pueblo porque es demasiado poderoso para mí…”

Balaam le notificó a los mensajeros del rey que esperaría para consultar con Dios qué era lo que debía hacer. La instrucción de Dios a Balaam fue bastante clara: “No vayas con ellos; no maldecirás al pueblo, porque es bendito.” Balaam obedeció y no fue. Balac le volvió a enviar mensajeros para insistirle que fuera y en esa ocasión cedió ante la petición hecha y fue.

En el camino se le apareció el ángel de Jehová al ir Balaam montado sobre una asna. El profeta no vio al ángel de Jehová, y por lo tanto, Dios tuvo que hacer que la asna hablara. Dios le estaba comunicando que debía de ir con Balac, pero solo para decirle lo que él le revelara. Ni una palabra más, ni una menos.

Es maravilloso detenernos aquí y pensar en cómo Dios preservó a su pueblo de ser maldecido, porque lo consideraba bendito. Es precioso pensar en lo que el Señor es para nosotros, pero también es muy singular meditar en lo que nosotros somos para él como pueblo suyo, sea Israel o nosotros los gentiles.

Nosotros somos benditos para él. Somos el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham, después de haber ofrecido a Isaac en Moriah: “En tu simiente serán bendecidas todas las naciones de la tierra” (Gn. 22:18). El Señor Jesús, por medio de su muerte y resurrección, ha hecho que esta promesa se cumpla con la salvación de personas “de toda tribu, lengua, pueblo y nación” (Ap. 5:9). En Cristo somos benditos.

En Deuteronomio, Dios le prometió a Israel en repetidas ocasiones, el hecho de que sería un pueblo bendito. “Bendito serás más que todos los pueblos” (7:14). “Bendito serás tú en la ciudad, y bendito tú en el campo” (28:3). “Bendito el fruto de tu vientre, el fruto de tu tierra, el fruto de tus bestias, la cría de tus vacas y los rebaños de tus ovejas” (28:4). “Benditas serán tu canasta y tu artesa de amasar” (28:5). “Bendito serás en tu entrar, bendito en tu salir” (28:6).

Pablo, escribiendo acerca de la iglesia de Cristo en la actualidad, él dijo: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Ef. 1:3).

Sea Israel, bajo el antiguo pacto; o sea la iglesia en el nuevo pacto, para el Señor, su pueblo es bendito.

La realidad es que ni Israel o la iglesia merecían ser llamados benditos por el Señor. No hay nada que haya en nosotros que haya merecido este inestimable favor de Dios hacia los suyos. El hecho de que seamos benditos, no resalta nada en nosotros; sino que exalta la profunda misericordia que Cristo nos tuvo, al morir en nuestro lugar, a pesar de no merecerlo. Somos un pueblo bendito, por el simple hecho de que él puso su entrañable afecto en nosotros.

Isaías, al describirnos el reino milenario de Cristo Jesús, muestra cómo en esos días gloriosos, tanto judíos y gentiles serán reconocidos como benditos. “Reconocerán que son linaje bendito de Jehová” (61:9) y “son linaje de los benditos de Jehová” (65:23). A pesar de que algunos enseñen que Dios se ha olvidado de Israel y que la iglesia la ha reemplazado, estamos confirmando que la nación Hebrea, junto con los gentiles, seremos benditos para él por siempre.

Balac al desear que Israel fuese maldecida por Balaam, no podía entender que cuando Dios observa a alguien como siendo bendito, no hay nada que pueda cambiar esa gran verdad. Cuántos no hemos sido llenos de una amplia satisfacción al leer Romanos 8.

¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro

Adore al Señor contemplando esta sublime realidad: Somos benditos para él y nada puede modificar eso. El amor de Cristo hacia con nosotros jamás cesará. ¡Somos un pueblo bendito por todas las edades! Aún cuando se hayan consumido los tiempos, esto permanecerá por siempre de la misma manera. En el juicio final Cristo le dirá a los suyos: “Vengan, benditos de mi Padre, hereden el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo” (Mt. 25:34). Somos benditos para nuestro Salvador y para nuestro Padre. En el Salmo 72 dedicado a Salomón dice, profetizando el reino del Rey de Reyes: “Sean benditos por él los hombres; llámenlo bienaventurado todas las naciones” (v.17). La única razón por la que seremos benditos por toda la eternidad, es por medio del varón Bendito que colgó en la cruz de en medio.

Disfrute y asómbrese mañana en el día del Señor, el hecho de que para Jesús somos pueblo bendito.

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