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Adoración en el Monte de la Maldición

David Alves Jr

Josué 8:30-35

En Deuteronomio 11, Moisés le presentó a Israel las bendiciones y las maldiciones que les traería la ley. Lo que ellos experimentarían dependería en ellos y en su obediencia o desobediencia a la ley.

Podemos dar gracias a Dios que nosotros, a pesar de nuestra maldad, no tenemos que sufrir la maldición de la ley. No fue por nuestra obediencia a la ley, sino que fue por medio de Cristo. Él cumplió la ley durante su vida y sufrió la maldición de la ley en su muerte para que nosotros no la suframos. Por la gracia del Señor, nosotros nunca oiremos que se nos diga, “Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt. 25:41).

Al hacerle ver a Israel todo en cuanto a las maldiciones y las bendiciones de la ley, les pidió que al entrar la Tierra Santa, debían de poner la maldición sobre el monte Gerizim, y la bendición sobre el monte Ebal.
Esto mismo se cumplió en Josué 8. Después de destruir a Hai, Josué y el pueblo cumplieron con esta ordenanza de Dios hecha a través de Moisés. En ambos montes leyeron las maldiciones y las bendiciones de la ley.

No habían hecho esto desde que estuvieron al pie del monte Sinaí en Éxodo 24. Aquella generación había oído la ley siendo leída, pero habían fallado. No la habían cumplido. Esto muestra la incapacidad del hombre en cumplir la ley de Dios. Nosotros nos vemos en las mismas condiciones. ¿Cuántas personas piensan que serán justificados del antes de Dios por las obras de la ley? Nosotros entendemos que no podemos ser justificados sino solo por la fe en Cristo porque nosotros somos débiles. Jesús hizo todo lo que nosotros no podíamos hacer.

Ahora en los montes de Ebal y Gerizim, se volvería a dar lectura de las bendiciones y maldiciones de la ley. La mitad del pueblo estaría sobre un monte, y la otra mitad sobre el otro monte. Estarían de pie de un lado y al otro lado del arca de la alianza cargada por los levitas. No solo estaban siendo recordados de lo que podía traerles la ley, pero también estaban aprendiendo sobre la necesidad de vivir de manera santa delante de Dios en la tierra que él les había dado. La lectura de la ley también era para ratificar el convenio que Jehová había hecho con ellos.

Nosotros podemos meditar en la santidad que Dios requiere en nosotros para serle agradables en todos los aspectos de nuestra vida, incluyendo nuestra participación en el partimiento del pan. De igual manera podemos pensar en el nuevo pacto que trajo Cristo a nuestro favor. Esto le costó derramar su sangre. No bebamos de la copa solo por cumplir con una rutina. Realmente meditemos en lo que fue para el Señor derramar su sangre por nosotros y ofrezcámosle a Dios “frutos de labios que confiesan su nombre”.

Llama la atención que Josué levantó un altar sobre el monte Ebal. El altar fue hecho de piedras sobre las cuales Josué escribió la ley de Jehová. Josué, como en el capítulo uno, vuelve a asemejarse a nuestro Señor en la importancia que le dio a la palabra de Dios. La ley estaba en medio del corazón de Jesús (Sal. 40:8). Sobre el altar se ofrecieron a Dios sacrificios de paz. Estas ofrendas nos recuerdan de la bendita paz que Cristo, el Príncipe de Paz, ha traído a nuestras vidas. Él sufrió la gran tempestad sobre el madero para traernos una gran bonanza. Es significativo que se hayan ofrecido estas ofrendas sobre el monte Ebal porque allí era donde se leerían las maldiciones de la ley. El lugar que representaba la maldición por el pecado, se convirtió en un lugar de adoración y comunión.

Nosotros tenemos un altar, Cristo mismo (Heb. 13:10), y en base a lo que él hizo en el lugar de maldición, él Gólgota, nosotros podemos adorar a Dios y podemos tener comunión con él. Nosotros debimos haber sufrido la maldición, pero en la gracia de Dios, el Santo Hijo de Dios, lo padeció a nuestro favor. Bendecimos a Dios por su Hijo y que por él la maldición se convirtió en bendición.

Foto por Penélope Alves

1 comentario en “Adoración en el Monte de la Maldición”

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