Cristo en toda la Biblia

Cuando Dios Disciplina a la Iglesia

David Alves Jr.

Jueces 20

Dios es bueno, misericordioso y paciente. Dios también es justo, perfecto y santo. Llama la atención que el único atributo de Dios que se repite tres veces en una misma frase al describirle a él, es en la escena maravillosamente descrita en la profecía de Isaías. Los serafines exclaman: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos”.

Nuestro Dios es gloriosamente santo.

Nos atrae pensar en el amor de Dios, porque nos beneficia. No sentimos la misma atracción a su santidad porque su perfección expone nuestra perversión.

Si viviéramos vidas más puras, encontraríamos la inigualable belleza que hay en el hecho de que nuestro Padre es justo.

Por su carácter inmaculado, Dios tiene que castigar el pecado de los que son suyos para revelar su justicia y para purificar a los transgresores.

Esto fue lo que sucedió en Israel después de que cada tribu recibió un pedazo del cuerpo de la concubina que fue violada hasta perder la vida. Las once tribus se levantaron para pelear contra la tribu de Benjamín, la tribu de la que eran los que cometieron tal crueldad e inhumanidad.

Lo mismo ocurre con nosotros en la actualidad. El Espíritu Santo nos presenta el solemne hecho de que hay la posibilidad de que comamos del pan y bebamos de la copa indignamente en la cena del Señor (1 Co. 11:27-34).

Se participa indignamente de los elementos al hacerlo de manera impropia y careciendo reverencia. En la primera epístola a los corintios podemos ver que los cristianos a los que escribe Pablo estaban haciendo eso mismo. Estaban participando del partimiento del pan de manera indigna. Comían a la mesa de los demonios al ir al templos paganos y también participaban de la mesa del Señor al reunirse la iglesia para conmemorar la muerte de Jesús. Habían divisiones entre ellos. Antes de celebrar la cena del Señor, realizaban una comida de amor en la cual debían comer todos juntos. Pero unos sí comían y otros se quedaban con hambre porque no tenían comida. En esta comida de amor, algunos hasta se emborrachaban. Habían pecados que no se estaban tratando, como el hermano que tenía a su madrastra como mujer.

La iglesia estaba en completo desorden y desenfreno pero seguían reuniéndose y haciendo memoria del Señor.

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Lo que no entendían era que estaban comiendo del pan y tomando de la copa de una manera indigna o sin falta de reverencia por lo que representaban esos dos símbolos. Se les había olvidado que el pan representa el cuerpo de Jesús que fue partido y que la copa simboliza la sangre de Jesús que fue derramada. Participar de los elementos indignamente, es deshonrar a nuestro Señor, porque le simbolizan a él. Participar de los símbolos indignamente, es burlarse del Hijo exaltado de Dios.

Esto mismo ocurre con nosotros. Tenemos pecado oculto, pecado que no hemos confesado, pecado que no hemos resuelto. Pero aún así participamos de la cena del Señor porque se ha convertido en una rutina y en una tradición. Muchos de nosotros participamos del partimiento del pan con una gran religiosidad. Esto ofende inmensamente al Señor. Esto resulta en que seamos culpados del cuerpo y de la sangre del Señor. En 1 Corintios 11 también se señala que los que participan de esa manera, lo hace sin discernir el cuerpo del Señor. No discierne porque no hace distinción o separación. No hace una diferencia entre lo que es santo y lo que es profano, y por lo tanto, participa de ambas cosas. Comete pecado y quiere a la misma alabar al Señor.

Todo esto resulta en que el Dios santo a quien adoramos, tenga que castigarnos a nivel colectivo y a nivel personal. Cuando hay pecado no confesado a Dios, o a los pastores, o a los que hemos ofendido, comemos y bebemos juicio para nosotros mismos. En vez de que el pan y la copa sean de bendición para nosotros, se convierten en nuestra maldición. Por eso hay hermanos que Dios permite que se enfermen (1 Co. 11:30; Stg. 5:14, 15). Por eso hay hermanos que mueren (1 Co. 11:30; Hch. 5:1-11). En Hebreos 12:5-13, aprendemos que Dios castiga a los suyos para que podamos participar de su santidad. Para evitar eso debemos examinarnos constantemente y debemos confesar nuestros pecados continuamente. Pablo exhortó a los corintios que se probaran a sí mismos antes de participar de dicha celebración.

Mucho se enseña que debemos llegar preparados con algo que le podamos ofrecer al Señor en el partimiento del pan. Poco se enseña que debemos llegar habiéndonos examinado para no llegar en pecado a algo que debe realizarse con modestia y castidad. Hablamos de la santidad de Jesucristo y cantamos de la santidad de Dios, sin que haya santidad en nosotros. 
Durante la semana tratamos ásperamente a nuestros cónyuges e hijos. Vemos escenas en series o películas que son inapropiadas. Vemos pornografía a escondidas. Criticamos a los hermanos. Chismeamos acerca de otros. Somos deshonestos en la escuela, en el trabajo o en el negocio. Hacemos todo eso, y mucho más, y llegamos a la cena del Señor como si no hubiera pasado nada.

Esto tiene que cambiar en cada uno de nosotros. Debemos pasar mucho tiempo evaluándonos. Debemos pasar mucho tiempo en confesión delante de Dios. Debemos pasar mucho tiempo haciendo lo que tengamos que hacer para resolver y dejar lo que no está bien en nuestras vidas.

Dios es santo. Él castigó a la tribu de Benjamín. Él sigue castigando a los que son suyos. Vivamos en pureza para que nuestra adoración sea aceptable y agradable delante del Señor. Vivamos de una manera en la que apreciemos y amemos el hecho de que nuestro Dios es santo, santo, santo.


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1 comentario en “Cuando Dios Disciplina a la Iglesia”

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