Cristo en toda la Biblia

Bendito

David Alves hijo

Bendito sea el que te ha reconocido… Sea él bendito de Jehová…
(Rut 2:19, 20)

Después de que Rut le dijo a Noemí que ella había espigado en el campo de Booz su pariente, ella se alegró y respondió bendiciendo a Booz por no haberles rehusado benevolencia. Este varón de Dios es presentado como siendo bendito y siendo bendecido por Noemí. La bienaventuranza de Noemí hacia Booz, trae a nuestras mentes al bendito Jesús y la manera en la que nosotros deberíamos de bendecirle a Él.

Nuestros corazones egoístas suelen pensar únicamente en Dios bendiciéndonos a nosotros, pero pocas veces meditamos o hablamos de la bienaventuranza infinita del Señor que murió por causa nuestra y a quien adoramos.



Booz siendo el bendito hace deleitarnos en el maravilloso hecho de que Dios es el bendito por encima de todos. Nuestro Salvador es el bendito. Esto quiere decir que Él es el poseedor supremo de todas las bendiciones. El hecho de que Él sea bendito también indica que Él es el objeto de la adoración de toda Su creación, de Sus millares de ángeles, de Sus millares de redimidos y de todo lo que Él permite en el universo. El hecho de que el Señor sea el Dios bendito también señala algo muy particular acerca de Su eterno Ser, y es el hecho, de que Él es inmensamente feliz en sí mismo. La palabra “bendito” conlleva la idea de ser feliz.

Este último aspecto nos hace maravillarnos de nuestro Rey, pero también debe humillarnos en cuanto a nuestra persona. Adoramos a Dios porque Él es bendito y feliz en sí mismo. Él no requiere de nada ni de nadie para mejorar Su estado de ánimo. Él valora que le alabemos, pero el Dios que es inmutable, no se transforma ni es modificado por el hecho de que le exaltemos. El Cristo bendito nos hace ver lo insignificante que somos y quita cualquier pizca de orgullo de nuestros corazones al adorarle, porque nos damos cuenta que es nuestro deber hacer eso por lo glorioso que Él es. 



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Nuestra tendencia es reconocer que Jesús es bendito, principalmente porque Él murió por nuestros pecados. Quitemos tal egocentrismo de nuestros corazones sobrepoblados de vanidad. Cristo es bendito por lo que Él es en Su Persona. Su deidad, Su gloria, Su poder, Su pureza, Su gracia, y todo aquello que encontramos en Su Ser, lo hace ser el Dios bendito que es sobre todas las cosas. Es bendito por lo que ha hecho por nosotros, pero es bendito por lo que Él es.

Sigamos el ejemplo de varios que bendijeron al Señor al rendirle la adoración de la que solo Él es digno. Decimos con Melquisedec, “Bendito sea el Dios Altísimo” (Gn. 14:20). Contemplamos al que dio Su vida por nosotros y descubrimos que Él es todo lo que tenemos y todo lo que necesitamos, y decimos de Él como dijo Job, después de haberlo perdido todo. “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el Nombre de Jehová bendito” (Job 1:21). Con Daniel decimos de Él: “Sea bendito el Nombre de Dios de siglos en siglos, porque Suyos son el poder y la sabiduría” (Dn. 2:20). Añoramos el día cuando podamos palpar reverentemente a nuestro Amado como lo hicieron los apóstoles (1 Jn. 1:1) y bendeciremos a Dios como lo hizo Simeón al tomar a Jesús en sus manos (Lc. 2:28). 



Exaltamos al Dios bendito por haber hecho que Su Hijo fuese también supremamente y eternamente bendito. Lo que Israel decía de su rey, nosotros decimos de nuestro Soberano: “Lo has bendecido para siempre” (Sal. 21:6). Tomamos el Salmo 45, que es el cántico de las bodas del rey, para decir decir del Mesías: “Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derramó en tus labios; por tanto, Dios te ha bendecido para siempre” (v.2). Nosotros lo estimamos como siendo bendito, pero aún más importante, el Dios eterno, Su Padre, lo considera también de esa manera.



El Cristo bendito desea, merece y exige que le adjudiquemos toda bendición. El deseo de nuestro corazón es: “Bendito sea el Dios” (2 Co. 1:3). Reconocemos que Él “es bendito por los siglos” (2 Co. 11:31). Bendecimos a Dios por habernos bendecido con toda bendición espiritual a través de la obra redentora de Su Hijo (Ef. 1:3). Señalamos a Jesús como el único “bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible” (1 Tim. 6:15, 16). Estamos absolutamente convencidos junto con Pablo que Cristo es “Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” (Rom. 9:5).



Usamos las palabras de Noemí para bendecir a Cristo, no solo por quién es Él, pero también por la benevolencia que Él nos ha mostrado. Padeció la peor muerte de todas por crucifixión. Derramó Su sangre. Sufrió el desamparo de Su Dios. Le ofrecemos a Él toda bendición. Le señalamos a Él como bendito y como bendito del Señor. 





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