David Alves hijo

1 Samuel 4:1-22
La corrupción moral había afectado al sacerdocio de Israel. Se apropiaban de las ofrendas que la nación le consagraba al Señor y cometían adulterio con las mujeres que llegaban a adorar (1 Sam. 2:12-36). La perversión no solo había torcido a los ministros del Señor. La gran mayoría de los hebreos también se habían desviado y descarriado. Como siempre sucede, los líderes contaminan a los demás a través de las fechorías que ellos cometen. El problema de los hijos de Elí, no solo era que pecaban grotescamente, sino que también incitaban a los demás a que hicieran lo mismo a través de su pésimo ejemplo.
Toda rebeldía a Dios tiene una consecuencia. La familia de Elí no fue la excepción. Tal y como el Señor se lo había anticipado al sumo sacerdote, su familia sufrió la ley divina que establece que “la paga del pecado es la muerte” (Rom. 6:23). Los israelitas pelearon contra los filisteos y aún en esas batallas demostraron su gran impiedad ante los ojos del Altísimo. Al ser vencidos por los filisteos, los hijos de Israel concluyeron que habían perdido porque el arca del pacto no les había acompañado. Todo indica que veían el arca de la alianza como un amuleto de la buena suerte. Ofendieron gravemente al Señor del cielo porque confiaron en el arca de Jehová pero no en el Dios del arca.
Israel volvió a pelear contra los de Filistea y volvieron a perder. Por obra de Dios todo salió muy mal para ellos. Murieron treinta mil soldados, el arca del pacto fue tomada y los hijos de Elí fueron matados. Aviso de todo esto fue dado a Elí, y esto resultó en que se cayese y que muriese. La nuera de Elí, quien estaba embarazada, oyó el rumor de lo acontecido. Esto le hizo entrar en parto y murió al dar a luz a su hijo. Esta escena horrorosa culminó con más tragedia, cuando esta mujer pronunció sus últimas palabras al escoger el nombre de su hijo. Lo llamó Icabod, porque dijo ella: “Traspasada es la gloria de Israel; porque ha sido tomada el arca de Dios”.
El nacimiento de este nieto de Elí, en vez de transmitir felicidad, comunicó la peor noticia posible a la nación de Israel. El nombre de Icabod se compone de dos palabras, las cuales son: “sin” y “gloria”. El nombre de este bebé era un llamado fuerte y severo de Jehová al pueblo, para hacerles ver lo que habían perdido y desechado por causa de su rebeldía. Les estaba diciendo que ellos estaban “sin gloria”. No contar con el arca era no contar su gloriosa y excelsa presencia.
Hermanos, esto debe hacernos reflexionar profundamente sobre el estado de la iglesia a la que pertenecemos. ¿Cuántas veces pensamos estar bien porque hacemos las cosas de acuerdo a las normas bíblicas? Creemos que somos una iglesia que adoramos y servimos al Señor porque todo se ve bien en lo externo. No nos engañemos. El que tiene “ojos como llamas de fuego” (Ap. 1:14) no se deja engañar por lo externo, porque él principalmente toma nota de lo interno. Al juzgarnos, ¿qué diría él de nuestra congregación? ¿Pronunciaría también sobre nosotros: ¡Icabod!, como lo hizo a Israel? El que es perfectamente omnisciente, ¿considera que sí tenemos o que no tenemos su gloria entre nosotros?
El que anda en medio de los candeleros (Ap. 1:13) analiza minuciosamente absolutamente todo. Él se da cuenta si genuinamente le servimos o si creemos que todo está bien porque, como si fuera, tenemos el arca del pacto entre nosotros. El Señor de gloria distingue perfectamente cuando una asamblea le adora íntegramente y cuando un grupo de personas piensan agradarle a través de su formalismo y ritualismo. Aquél que mira hasta lo más profundo de nuestros corazones identifica cuando los redimidos le adoran fríamente, corruptamente y vanidosamente.
El que desea morar entre nosotros percibe cuando le buscamos enaltecer solo porque eso es lo que hacemos cada semana. No disponemos nuestros corazones a adorarle con todo nuestro ser. Predicamos lo mismo. Oramos lo mismo. Cantamos lo mismo. Llegamos y nos vamos de la misma manera que lo hacemos cada semana durante el año. El legalismo en nuestros corazones nos hace creer que cumplimos solo porque hicimos lo que teníamos que hacer. Esto es adorar al Todopoderoso fríamente.
El que exige nuestra devoción claramente ve cuando pensamos adorarle, pero lo hacemos corruptamente porque vivimos una vida de hipocresía. Tenemos la noción que podemos vivir a lo largo de la semana tratando terriblemente a los demás y que Dios nos verá con buenos ojos cuando nos acerquemos a él. Pasamos completamente por alto que el Señor repudia nuestra alabanza cuando vivimos egocéntricamente y carnalmente. Amados creyentes, nuestro amor por el mundo hace que nuestra adoración al Señor sea asquerosa y vil delante de su santa presencia. Esto es adorar al glorioso Dios corruptamente.
El que dio su vida por nosotros detecta cuando le adoramos con arrogancia en nuestros corazones. Él sabe cuando supuestamente le estamos exaltando a él, cuando realmente deseamos exaltarnos a nosotros mismos delante de los demás. Nadie tiene que hacerle saber a él cuando amamos más la adoración que al que debe ser el objeto de toda nuestra exaltación. El que examina los candeleros sabe de la arrogancia que hay en nosotros solo por hacer las cosas como él nos lo pide en su Palabra. Él ve cuando nos sentimos más dignos delante de él que otros grupos de cristianos, solo porque nosotros sí cumplimos con lo que nos marcan las Escrituras. Esto es adorar al Altísimo vanidosamente.
Qué trágico que creyentes piensen enaltecer al Señor, cuando él está a punto de decirlos lo que le dijo a Israel: ¡Icabod! Los efesios trabajaban arduamente y sufrían persecución por su fe, pero estaban a punto de dejar de contar con la presencia del Señor entre ellos. Esta es la realidad de muchas iglesias. ¡Hagamos al respecto, hermanos, antes de que sea demasiado tarde! Confesemos nuestro pecado. Entreguémonos plenamente al único Dios y dejemos nuestros dioses atrás. Reunámonos porque genuinamente queremos darle al Señor el lugar que él merece. Dejemos de confiar en nuestra propia fuerza. Dispongamos nuestro corazón a nuestro Padre para que él obre a través de nosotros, no para nuestra gloria, sino para su propia gloria. Hagamos lo que tengamos que hacer para que Dios no diga de nosotros: ¡Icabod!
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