David Alves Jr.
¿Cómo estudias la Biblia? ¿En qué es en lo que más tiempo pasas al leerla? El propósito de las Escrituras es que conozcas a su Autor. Por encima de todo lo demás, lo que más debe apasionarte del estudio de la Palabra no son aquellas cosas que te benefician a ti, sino el conocimiento que puedes adquirir de Dios.
Cuando leemos detenidamente los libros de la Escritura, nos percatamos de que el Espíritu Santo recalca ciertos aspectos de Dios en cada uno de ellos. Un estudiante de la Biblia debe aprender a definir lo que un libro enseña específicamente acerca del Señor, pero también es nuestro deber observar la manera en que ese aspecto de Dios se desarrolla a lo largo del libro.
Quiero ayudarte a saber cómo hacer esto utilizando como ejemplo la profecía de Habacuc y, específicamente, lo que nos enseña acerca de la santidad del Señor.
Siempre es provechoso entender el trasfondo del autor de un libro inspirado. Sabemos muy poco acerca de Habacuc. Probablemente profetizó poco antes de que Babilonia invadiera Judá (1:6). Esto significa que habría ministrado al Señor durante el reinado de Joacim. Pareciera que su lamento en 1:2-4 indica que profetizó poco después del reinado de un buen rey como Josías y que sirvió durante el reinado de un rey perverso como lo fue Joacim. Esto es vital para entender correctamente el libro de Habacuc.
Un análisis de los tres capítulos de Habacuc, sin que el lector fuerce el texto, deja muy claro que el profeta busca acentuar la santidad de Dios. Veamos cómo el Espíritu de Dios desarrolla este tema a lo largo del libro.
Capítulo 1
El libro inicia con una queja que Habacuc presenta al Señor (vv. 1-4). Pregunta cuánto tiempo tardará Dios en escuchar sus plegarias, a pesar de su insistencia y del gran peligro en el que se encontraba su pueblo (v. 2). Cuestiona al Señor acerca del motivo por el que le permite ver tanto pecado y tanta devastación a su alrededor (v. 3). Describe la condición espiritual de la nación al señalar que la obediencia a la ley era muy pobre, que no se juzgaba con rectitud y que el corrupto oprimía al justo (v. 4).
Esta sección establece el contexto en el que se prepara el escenario para que, en Habacuc, se subraye la santidad del Señor. La perfección de Dios será contrastada con la maldad de los babilonios y de los hebreos.
Habacuc presenta un diálogo entre el profeta y Dios. Se parece mucho al final del libro de Job, donde ocurre algo similar a lo que encontramos aquí. En los versículos 5-11, es ahora Dios quien habla. Comienza diciendo que hará una obra difícil de creer (v. 5). Anticipa que levantará a los babilonios para que adquirieran mucho poder, aun cuando eran increíblemente malvados (vv. 6-8). El Señor obraría para que ellos causaran mucho daño (v. 9) y se burlaran de los demás (v. 10). Pero Dios también asegura que, así como haría que aumentaran en poder, también los haría caer, y sería de manera repentina (v. 11). Pasarían como el viento, pero Dios asegura que tendrían que rendirle cuentas por su idolatría.
Habacuc nos enseña que la santidad de Dios debe estudiarse junto con su justicia. Siempre debemos dejar que el autor nos lleve al terreno al que quiere llevarnos, sin imponer nosotros nuestras propias ideas sobre el texto. La santidad y la justicia de Dios van de la mano en Habacuc, porque se desarrolla una verdad muy interesante que también aparece en otros libros de la Biblia. Me refiero al hecho de que Dios, por ser santo y justo, castiga toda perversión.
Lo llamativo es que lo hace siempre de acuerdo con su sabiduría infinita. Un ciclo que se repite en las obras del Señor es que él ve maldad en su pueblo y, por lo tanto, fortalece a un enemigo para que lo venza y lo castigue; pero después, a pesar de haber usado a ese enemigo para cumplir sus propósitos, también lo castiga justamente por los pecados que ha cometido. No cabe la menor duda de que Habacuc quiere que adoremos a Dios por su santidad y su justicia, pero también por su sabiduría.
Habacuc vuelve a hablar con Dios (vv. 12-17). Pregunta si Dios no es eterno, el Señor, el Soberano y la Roca (v. 12), para apelar a él y pedirle que haga algo a favor de los suyos. Esto lleva al profeta a confiar en que no morirían a manos de su enemigo y a entender que el Señor tenía el propósito de castigarlos por su propia maldad. En otras palabras, Habacuc está resaltando la santidad y la justicia de Dios, aun cuando esto implicara que ellos fueran maltratados duramente.
El profeta hace referencia a la santidad de Dios al establecer que el Señor es demasiado limpio de ojos para mirar el mal y que no puede contemplar la iniquidad ni la opresión (v. 13). Con base en ello, cuestiona la razón por la que contempla a aquellos que actúan perversamente y guarda silencio cuando el impío destruye «al más justo que él». De igual forma, cuestiona por qué el Señor permite que los hombres sean tratados como si fueran animales que no tienen a nadie que los gobierne (v. 14). Puntualiza que esto mismo estaba ocurriendo con los babilonios, a pesar de que cometían grandes males contra Dios y contra su pueblo (vv. 15-17).
Habacuc nos enseña una gran lección: el Señor permanece siempre completamente íntegro, aun cuando no lo parezca desde nuestra perspectiva.

Capítulo 2
Habacuc esperó una respuesta del Señor (v. 1). Dios no estaba obligado, obviamente, a responderle, pero lo hizo (vv. 2-20). El santo Dios le ordena que escriba lo que le revelará (v. 2). El mensaje es tan importante que debe ser escrito para que otros puedan leerlo.
Lo primero que dice aquí el Señor es que el juicio sobre los babilonios sí vendrá, pero se llevará a cabo en el tiempo que él ha señalado (v. 3). No será cuando lo diga el hombre, sino cuando lo determine el Soberano. Dios exhibe la maldad del inicuo y la contrasta con el justo que cree en él (v. 4). Aquí aparece la frase repetida por autores del Nuevo Testamento y que ha iluminado a muchos a lo largo de la historia para describir cuál es el verdadero evangelio. Habacuc dijo: «El justo por su fe vivirá».
De igual manera, exhibe la perversión de los impíos en los versículos 5-20. Lo hace pronunciando ayes, es decir, expresiones de lamento y juicio por el pecado que abundaba en la tierra. Principalmente, estos ayes expresan lo repulsivas que son para Dios todas las injusticias que se estaban llevando a cabo. La pronunciación de ayes es algo característico de los profetas, quienes profetizaban bajo la autoridad del Señor, que es el Juez de toda la tierra. Jesucristo también habló de esta manera al ver la perversión a su alrededor, especialmente la de los líderes religiosos.
En todo lo que aquí se dicta, se debe reconocer que Dios tiene la autoridad para pronunciar todos estos juicios por causa de su inigualable justicia y perfección.
El último versículo es majestuosamente determinante. Dios dice algo muy poderoso después de que Habacuc había cuestionado sus caminos y después de que él había demostrado irrefutablemente que su santidad jamás debe ser cuestionada. El Señor dice acerca de sí mismo: «Mas Jehová está en su santo templo; calle delante de él toda la tierra» (v. 20).
El capítulo concluye con Dios presentándose como aquel que mora en su santuario, completamente apartado de la maldad, porque él mismo está totalmente apartado de toda perversión. ¿Qué debe hacer el hombre delante de la imponente y santa presencia de Dios? Guardar silencio. El hombre no tiene nada que pueda recriminarle al Señor; más bien, debe permanecer en silencio y pasmarse delante de él para confiar en él, admirarlo y adorarlo.
Capítulo 3
El último capítulo de la profecía es una oración del profeta (v. 1). ¿Qué hace uno cuando contempla en silencio a Dios en la hermosura de su santidad? Adora, exalta y magnifica al que es santo, santo, santo.
Habacuc pide que Dios tenga misericordia aun cuando esté airado contra la corrupción, precisamente a causa de su inigualable santidad (v. 2). Describe a Dios como viniendo de Temán y del monte de Parán, y le atribuye el nombre de «Santo» (v. 3). Esta es otra indicación de que la santidad de Dios es uno de los propósitos centrales del libro.
Siendo aquel que brilla por su perfección absoluta, Habacuc habla de su resplandor (v. 4). A causa de su justicia perfecta, Dios castiga con pestilencia y con plagas (v. 5). Su presencia es tan impresionante que hace que la tierra y las naciones tiemblen delante de él (v. 6).
Requerimos ser una generación que viva cautivada y consumida por la infinita santidad de aquel que nos ha redimido del pecado. Dios es presentado como tan justo que aflige a las naciones, siendo él el poderoso Guerrero que aniquila a los injustos (vv. 7-15). Al llegar al final de su oración, Habacuc demuestra que entiende que, por ser Dios santo, él sí castigará justamente a los transgresores (v. 16). Las dudas con las que comenzó Habacuc desaparecieron, tal y como ocurrió con Job.
Al pensar en cuán profundamente santo y justo es Dios, Habacuc obtuvo la firme convicción de que, pasara lo que pasara, en vez de murmurar contra el Señor, debía alegrarse y confiar en él. Habacuc concluye con estas palabras que han confortado a muchos:
Aunque la higuera no florezca,
Ni en las vides haya frutos,
Aunque falte el producto del olivo,
Y los labrados no den mantenimiento,
Y las ovejas sean quitadas de la majada,
Y no haya vacas en los corrales;
Con todo, yo me alegraré en Jehová,
Y me gozaré en el Dios de mi salvación.
Jehová el Señor es mi fortaleza,
El cual hace mis pies como de ciervas,
Y en mis alturas me hace andar.
(vv. 17-19)
Por lo tanto, amemos la Palabra con todo nuestro ser. Leámosla deseando aprender hasta el más mínimo detalle que nos enseña, especialmente todo aquello que tiene que ver con nuestro gran Dios. Descubramos, con la ayuda del Espíritu y de buenos principios interpretativos, las profundidades de lo que la Escritura nos dice acerca del Señor. Hagámoslo siguiendo el contexto del libro. Realicémoslo de acuerdo con la intención perfecta del Espíritu de verdad. Si lo realizamos, ocurrirá con nosotros lo que pasó con Habacuc. Nuestras dudas serán aclaradas, confiaremos en el Señor y resaltaremos su grandeza.