Cristo en toda la Biblia

Cristo en Toda la Biblia: La Ofrenda de Jefté

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Lamentable fue la condición de Israel durante los tiempos de los jueces. La desobediencia Dios la castigaba al permitir que naciones cananeas los oprimieran. Dios levantaba jueces quienes los liberaban. Uno de ellos fue un hombre llamado Jefté quien luchó contra los amonitas. En He. 11:32 se incluye a Jefté en la lista de aquellos que mostraron fe en Dios. Lo que él hizo con su hija, nos trae a la memoria lo que él Padre hizo con el Señor Jesucristo. 


Antes de que Jefté peleará contra los amonitas, le prometió a Dios que si ganaban la batalla, le ofrecería en holocausto la primera persona con la que se encontrara en las puertas de su casa. Los Israelitas con la ayuda de Dios salieron victoriosos. Jefté al regresar a su casa en Mizpa se abatió e hizo duelo porque su única hija era la que salió a recibirlo. Al no poder retractarse de la promesa hecha a Dios, le dijo a su hija que tendría que ofrecérsela a Dios en holocausto. Su hija durante dos meses salió junto con sus compañeras a llorar su virginidad para que su padre cumpliera el voto hecho. Al terminar esos dos meses, regresó a su padre quien la ofreció a Dios y permaneció virgen el resto de su vida. 


Estos hechos me hacen pensar en Dios y en cómo dio a su hijo por nosotros. Él sí tenía su mirada puesta en uno solo. No como Jefté quien prometió ofrecer al que se encontrara. El Padre únicamente veía a su hijo como el que podía venir a sufrir por nosotros. Así como la hija de Jefté aceptó lo decidido por su padre; aún más Jesucristo, quien se sujetó a la voluntad de su Padre, aún al tener que morir sobre un madero. En el caso de la joven, fueron dos meses de duelo que hizo; en el caso de Jesucristo durante más de tres años fue el “Varón de dolores” y el experto en la tristeza según el profeta. La hija de Jefté se guardó por toda su vida pero vivió; más el Señor, como él nadie más puro pero él sí tuvo que dar su vida por nosotros. El costo de la libertad de Israel fue que la hija de Jefté fuese ofrecida en holocausto a Dios al no conocer varón; más el costo de la salvación de nuestro pecado fue la muerte de Cristo sobre la cruz. 

Mañana al hacer memoria de Jesucristo, podemos darle gracias a Dios por haber ofrecido a su hijo. “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Rom. 32). “El Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo” (1 Jn. 4:14).

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