Cristo en toda la Biblia

En Cristo Somos Más que Vencedores

Números 33:50-35:8

En estos tres capítulos, se describe cómo Dios quería que su pueblo conquistara la tierra de Canaán, y cómo debían repartirla entre ellos. En la heredad que Dios deseaba otorgarle a la niña de su ojo, podemos encontrar algo acerca de todo lo que somos y tenemos en Cristo Jesús. 

Nuestro Señor es el heredero en la parábola que él contó  (Mt. 21; Mr. 12; Lc. 20). En vez de que Israel le reverenciara, fue puesto a muerte. Le damos gracias a Dios por la muerte de su Hijo, porque por medio de lo que él es y lo que él ha hecho, él ha sido constituido “heredero de todo” (Heb. 1:2). Todo lo que el Padre hace es para su precioso Hijo, para que él reciba la preeminencia, a pesar de que el mundo le menosprecia. 

Para poder heredar la tierra, los de Israel tenían que echar de allí a todos sus habitantes y destruir todos sus ídolos que habían provocado a celos a Dios. Si no sacaban a las naciones, ellos serían para Israel como aguijones a los ojos y como espinas en sus costados. Eso fue exactamente lo que pasó. En vez, de obedecer a Dios, los Israelitas hicieron alianzas con esas naciones, y sufrieron amargamente por ello. 

Dios quiere que nosotros disfrutamos toda la porción de la herencia que él nos ha dado en su Hijo. Él sabe que esa es la mejor experiencia para nosotros aquí sobre la tierra. Desea que entremos a la heredad disfrutando la presencia de Cristo y todas las bendiciones que tenemos en él. Hemos sido hechos “herederos según la promesa” (Gál. 3:29), herederos “de Dios, por medio de Cristo” (Gál. 4:7), “herederos conforme a la esperanza de la vida eterna” (Tit. 3:7) y “herederos del reino” (Stg. 2:5). Poseemos todo esto como heredad, porque hubo uno que ganó la batalla por nosotros al derrotar al diablo, la carne, el mundo y la muerte. Nuestro Padre quiere que añoremos poseer nuestra herencia futura, pero quiere que lo manifestemos en el presente por la forma en la que vivimos. 

El problema es que, como hizo Israel, no vencemos a nuestros enemigos, y por lo tanto no vivimos la vida plena que Dios quiere otorgarnos. Dios nos ha dado la mejor herencia posible, y por medio de la muerte y resurrección de Jesús podemos vencer a esos enemigos para disfrutar al máximo todo lo que tenemos en él. ¿Es Cristo suficiente para nosotros? En él lo tenemos todo. No tenemos por qué estar buscando en alguna otra cosa, el sentido de satisfacción que solamente él nos puede dar. En Cristo somos completos. 

Jehová le indicó a la nación de Israel todas las delimitaciones territoriales que él les había asignado como heredad. Al norte, sur, este y oeste, sabían exactamente cuál era el territorio que les correspondía. Su intención era proveerles abundancia de tierra, pero tristemente no la conquistaron toda.

¿Vamos a nosotros hacer lo mismo? ¿Continuaremos buscando satisfacción en las cosas equivocadas? ¿Persistiremos en luchar con los mismos malos hábitos que no hemos dejado? ¡Conquistemos nuestra heredad! Venzamos los enemigos que tenemos y disfrutemos nuestra porción, nuestra heredad. Por medio de Jesucristo, quien nos amó, somos más que vencedores (Rom. 8:37). No seamos como Rubén, Gad y la media tribu de Manasés, que prefirieron quedarse al este del Jordán y no habitar el lugar que Dios tenía destinado para ellos.

Las tierras serían repartidas en proporción al tamaño de cada tribu. Entre más numerosa la tierra, más tierras recibían. En relación a esto podemos reflexionar lo siguiente: ¿Qué tanto sé de Cristo hoy que no sabía hace un año? ¿Cuánto ha incrementado mi amor por el que me salvó? Entre más le busquemos y más le amemos; más conocimiento nos dará Dios acerca de su bendito Hijo. No es conocimiento para que se quede en nuestras mentes y nos llenemos de orgullo. Este conocimiento nos humilla al hacernos considerar la grandeza de Cristo en todos los sentidos, y nos hace postrarnos a sus pies para adorarle. 

Los que repartieron las tierras por sorteo a cada uno de los príncipes que representaban a Israel, fueron Eleazar y Josué. Uno era sacerdote, que ayudaba en lo espiritual; y el otro sería capitán del ejército, y ayudaría en lo práctico. Ambas figuras era necesarias para que se repartiera ordenadamente la tierra.

En Cristo, encontramos las dos figuras una sola persona. Él es nuestro gran Sumo Sacerdote, que nos ayuda en lo espiritual para disfrutar nuestra heredad; pero también es nuestro Capitán, que ganará todas nuestras victorias. Ya nos ha introducido a nuestro reposo, y muy pronto vendrá por nosotros para llevarnos a nuestro reposo eterno.

Las tribus de Israel debían donarle de su territorio a los de la tribu de Leví quienes fungían como los sacerdotes. Se les daría cuarenta y ocho ciudades. En sí, no recibieron territorio como los demás, porque Dios era la porción de ellos. 

Lo mismo ocurre con nosotros. Dios es nuestra herencia (Sal. 16:5). Podemos tomar las palabras del salmista y decir: “Tú eres mi esperanza, y mi porción en la tierra de los vivientes” (Sal. 142:5). Adoremos al que nos ha dado tanto a precio de su propia sangre. 

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