David Alves Jr.
Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya;
esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.
Genesis 3:15
Son palabras dichas por Dios a la serpiente después de que Adán y Eva pecaron. Forman parte de la maldición de Dios contra Satanás, pero, a la vez, constituyen la bendición de Dios sobre el que sería su pueblo. Lo más importante de este pasaje no es lo que nosotros recibimos en esta bendición, sino lo que nos enseña acerca del gran Dios en quien creemos. ¿Qué aprendemos acerca del Señor en Génesis 3:15?
La santidad de Dios
El texto anticipa que habría antagonismo entre la simiente de la serpiente y la simiente de la mujer. Desde el comienzo y hasta el final de los tiempos, existirá un contraste entre los justos y los injustos. El motivo de esto es que Dios es santo y ha santificado un pueblo para sí mismo, para que viva en santidad. El hecho de que la simiente de la mujer no viva como lo hace la simiente de la serpiente no es legalismo, sino una manera de vivir santamente delante del Señor, a quien nos debemos completamente.
Admiremos la santidad de nuestro Señor en todo momento. El puritano Ralph Venning la describe tan hermosamente al decir: «Dios es santo, todo santo, solo santo, completamente santo y siempre santo». La santidad de Dios debe ser algo que nos cautive, nos consuma y nos apasione. Esta quizá sea la belleza que más distingue al Señor. Él es «magnífico en santidad» (Éxodo 15:11). En el Salmo 110 leemos acerca de la hermosura de su santidad (v. 3). Ninguna otra perfección de Dios es proclamada tres veces. Los serafines lo proclaman diciendo: «Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria» (Isaías 6:3). Los teólogos hablan de que Dios es tres veces santo, no porque limiten su santidad, sino porque ven estas palabras de los serafines como una referencia a la santidad del Padre, del Hijo y del Espíritu. El Dios trino debe ser alabado por su excelsa santidad.
La justicia de Dios
El Espíritu Santo anuncia en el texto bajo consideración que la simiente de la mujer vencería a la simiente de la serpiente. La simiente de la mujer se refiere a todos los que servimos a Dios a lo largo de todas las edades, pero su cumplimiento final se encuentra en Jesucristo (Gálatas 4:4). Él es la simiente que fue prometida en el huerto del Edén. La simiente de la serpiente se refiere a todos los que no creen en el Señor, sino que se dejan seducir por lo que dice la serpiente antigua. La simiente de la serpiente también se refiere al diablo.
Génesis 3:15 profetiza la venida, la muerte, la victoria y la salvación del Mesías de Dios. La simiente de la mujer siendo herida en el talón, se refiere a los padecimientos expiatorios de Jesús sobre el madero. La herida en la cabeza de la simiente de la serpiente, anuncia la resurrección del Hijo de Dios, a través de la cual venció «al que tenía el imperio de la muerte» (Hebreos 2:14). Se alude aquí al hecho de que la simiente de la mujer sufriría a favor de otros. La justicia de Dios cayó sobre el Cristo para que los suyos no sufrieran la justicia de Dios en el lugar de tormento.
Se anticipa con esto que los que serían de la simiente de la mujer serían justificados por medio de la fe en el que habría de venir y de esta manera los justos serían victoriosos sobre los impíos. Nosotros hemos sido hechos justicia de Dios en Cristo, porque Cristo no conoció el pecado y porque él fue hecho pecado por nosotros (2 Corintios 5:21).
La simiente de la serpiente siendo herida en la cabeza también presenta a un Dios justo que castigará a la maldad. Ni el diablo ni ninguno de sus seguidores quedarán impunes. Todo transgresor y toda transgresión recibirá un justo castigo.
La soberanía de Dios
Se anticipa la historia de la humanidad y la historia de la redención en lo que fue dicho a la serpiente. Génesis 3:15 marca la pauta para interpretar toda la Biblia y la forma en la que Dios soberanamente ha elegido gobernar sobre todas las cosas.
Génesis 3:15 nos hace contemplar a un Dios que está en perfecto control de todos los eventos y circunstancias en este mundo. Solo él escribe la historia por adelantado porque él es absolutamente soberano. La historia es su historia. Dios no reacciona a nada; él determina todas las cosas. Dios no espera a ver lo que el hombre hará; él decreta lo que el hombre hará.
Dios es completamente soberano o no es soberano. Si Dios no es soberano, él no es Dios. Él es soberano sobre el cielo y sobre el infierno. Él es soberano sobre el diablo y todos sus demonios. Él es soberano sobre todo el universo, toda la tierra, toda la creación, todas las naciones de la tierra, toda persona (crea en él o no). Es soberano sobre todo evento y sobre toda circunstancia. Es soberano en cuanto a la salvación de los pecadores. Es soberano sobre todo aspecto de nuestras vidas. Es soberano cuando a alguien le ascienden de puesto en el trabajo, y no deja de ser soberano cuando alguien se queda sin trabajo. Es soberano cuando alguien recibe el alta médica, y no deja de ser soberano cuando alguien permanece enfermo. Es soberano en un cumpleaños, y no deja de ser soberano en un velorio. Entendemos bien a Dios cuando lo hacemos como lo hizo el salmista: «Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho» (Salmo 115:3).
No hay una palabra ni una letra en Génesis 3:15 que haya sido el resultado de la voluntad humana o del maligno. Todo, absolutamente todo, en este texto es el resultado de que todo lo que ocurre es «conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad» (Efesios 1:11).
La Biblia debe ser interpretada y Dios debe ser entendido de acuerdo a su propósito; y no de acuerdo a nuestras emociones, pensamientos u opiniones. La realidad es que en lo más profundo de nuestros corazones aún dañados por el pecado, realmente detestamos la doctrina de la soberanía de Dios. Nos cuesta grandemente aceptar que su soberanía es ilimitada e infinita porque nuestra naturaleza caída nos lleva a resistir la autoridad del Señor. Queremos que las cosas se lleven a cabo de acuerdo a nuestro parecer y a nuestra voluntad.
Miremos cómo Dios soberanamente ordenó que la simiente naciera de las siguientes personas y al hacer realizar las siguientes promesas:
(1.) Set, quien reemplazó a Abel.
(2.) Noé y después Sem, quienes fueron librados del diluvio. Génesis 5 traza la línea de Set a Noé y a Sem.
(3.) Los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob. A ellos se les prometió que su simiente sería de bendición a todas las familias de la tierra (Génesis 12:3). A ellos se les prometió lo relacionado al pueblo y al territorio del Mesías.
(4.) Judá. Jacob profetizó antes de morir: «No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh» (Génesis 49:10). Siloh significa: «a quien corresponde» o «de quien es el derecho». El Mesías saldría de la tribu de Judá, la tribu de los reyes.
(5.) David. En el pacto que Dios hizo con David (2 Samuel 7), se le prometió: «Yo afirmaré para siempre el trono de su reino» (v. 13). A ellos se les prometió lo relacionado al trono del Mesías sobre su amado pueblo.
Casi todo eso se ha cumplido, y lo que resta se cumplirá. No importa quién se resista. Sea el diablo, sus demonios o personas que no se someten a él. Nadie puede interrumpir lo que Dios decreta u ordena. Ni un solo propósito de él quedará inconcluso. ¿Por qué? Porque Dios es soberano. David entendía que el Señor no es un espectador de la historia permitiendo que todo se lleve a cabo, sino que él está activamente dirigiéndolo todo. Él dijo: «Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos. Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos» (1 Crónicas 29:11, 12).

La fidelidad de Dios
Este pasaje nos recuerda que en todo momento nuestro Padre es fiel. Todo lo que promete lo cumple. Si Dios ha sido fiel con promesas que para nosotros son muy complicadas en cuanto a la venida del Mesías, ¿cómo no será fiel con los detalles de nuestras vidas que son mucho más minúsculos y diminutos?
Toda preocupación y toda ansiedad se disipa cuando convencemos nuestras almas que nuestro Dios es completamente inamovible, absolutamente constante, profundamente leal, a pesar de todo lo que pudiera sucedernos en esta vida.
Dejemos de confiar en nuestros mismos y descansemos siempre en aquel que creó los cielos y la tierra. Reposemos en aquel que no puede aumentar ni disminuir, mejorar o empeorar. Confiemos en el Señor porque él es fiel en todo momento.
La omnipotencia de Dios
Es maravilloso pensar cómo el Señor a través de su poder ilimitado protegió a la simiente durante tantos años, frente a los enemigos más poderosos y a pesar de eventos que parecían poner en riesgo todo lo que estaba destinado a suceder.
De lo más débil sacó al más fuerte. A los más poderosos los dominó para que viniese el que aparentaba ser el más débil. Preservó a Israel y guardó a su Mesías cada segundo hasta que él llegase al Gólgota para padecer por nuestras maldades y así completar la obra de la redención.
No solo Jesucristo fue victorioso, pero por causa de él, nosotros como simiente de la mujer, también somos victoriosos. Pablo recalca esto tan hermosamente en Romanos 8. Nada nos podrá hacer fracasar. El triunfo está asegurado. Muy pronto vendrá el Señor y todos seremos reyes y sacerdotes que reinaremos con el Rey de las edades por los siglos de los siglos. Todo será únicamente por la fuerza inagotable del Todopoderoso.
La omnisciencia de Dios
¿Quién pudo haber ideado todo lo relacionado a la preservación y a la venida de la simiente de la mujer y la salvación de los suyos sino solo Dios? Solo un Dios que todo lo sabe pudo haber trazado propósitos tan detallados, tan precisos y tan difíciles de planificar.
Pensando en el glorioso atributo del Señor de su omnisciencia, podemos declarar con toda seguridad: «Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; y su entendimiento es infinito» (Salmo 147:5). Después de haber explicado Dios su propósito en la conversión de judíos y gentiles, Pablo exclamó, y nosotros lo hacemos junto con él: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén» (Romanos 11:33-36).
En los días más dolorosos, oscuros, preocupantes y confusos de nuestras vidas, podemos confiar en el Dios omnisciente de Génesis 3:15. Toda la honra sea dada al Señor, que todo lo sabe y cuyos propósitos nadie puede frustrar ni confundir.
La misericordia de Dios
La porción de igual forma da a entender que habría una simiente que salvaría a la simiente de la mujer. Génesis 3:15 fue el primer evangelio predicado al hombre. El evangelio nunca ha cambiado. Es eterno. El evangelio que conocieron Adán, Abraham, David y Daniel, es el mismo evangelio que predicamos y creemos nosotros.
Es absolutamente falso decir que el evangelio del Antiguo Testamento, el del Nuevo Testamento y el de la Gran Tribulación son distintos evangelios. Esta es una herejía que debemos rechazar por completo. Es negar el único medio por el que Dios en la eternidad decidió salvar a los pecadores. Es torcer terriblemente lo que dice la Palabra perfecta de nuestro Señor. Es despreciar la misericordia de Dios por los inicuos al sugerir que en algunos tiempos de la historia, Dios salva por medio de las obras. Es despreciar la obra grandiosa de Jesucristo al dar a entender que el comportamiento humano puede contribuir algo a lo que se efectuó tan perfectamente hace unos 2,000 años.
Por todas las edades, los hombres han escuchado el evangelio de un Dios misericordioso que salva. No nos acostumbremos jamás a la gracia, a la compasión y a la misericordia de Dios. Todo lo que somos o tenemos es solo por causa de él.
No podemos pensar en este versículo y en lo que Cristo ha logrado a nuestro favor sin relacionar el hecho de que Cristo es la simiente con lo fructífero que él es. No es casualidad que se usen términos relacionados con la agricultura y la vegetación al hablar de aquel que es la simiente o semilla de la mujer. Él es el renuevo y la raíz de tierra seca que creció delante de Dios (Isaías 53:2). Él es la vara del tronco de Isaí y el vástago que retoñaría de sus raíces (Isaías 11:1). Él es nuestra vid (Juan 15:1–8). Nosotros somos el fruto de su aflicción: «Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho» (Isaías 53:11). Muy pronto miraremos al Señor y seremos vistos por él, y lo adoraremos por todas las edades por la increíble misericordia que siempre nos ha mostrado.
Ciertamente, la promesa de la simiente en Génesis 3:15 nos lleva a admirar la infinita majestuosidad de nuestro Dios. Adorémosle en todo momento. Entreguémosle todo lo que somos. Confiemos en él siempre. Obedezcámosle en cada mandato que nos prescribe. Que el Señor use este escrito para elevar nuestro concepto de él y para que esto pueda observarse en nuestra conducta de una manera muy notoria.