Cristo en toda la Biblia

Cristo en toda la Biblia: Consagración de los Sacerdotes (Parte 4)

Un sacerdote sin reemplazo

En Éx. 29:29 se aclara que las vestiduras usadas por el sumo sacerdote, serían dadas a su hijo cuando él terminaría su servicio. La primera vez que eso sucedió en el sacerdocio levita fue cuando Eleazar tomó el lugar de su padre Aarón (Nm. 20:25-29). El sacerdocio en Israel era cambiante y mutable al salir un sumo sacerdote y al entrar otro.

Nosotros tenemos la dicha de que nuestro sumo sacerdote, nuestro Señor Jesucristo, jamás concluirá su servicio en beneficio nuestro. Nunca será o podrá ser reemplazado por otro. Su sacerdocio es eterno. Fue declarado de él: “Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec” (He. 7:21)… “éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable” (Heb. 7:24)… “viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb. 7:25).

Comunión íntima con Cristo

Recuerda que habían dos carneros que eran sacrificados en la presentación de los sacerdotes a Dios en su santuario. Uno era el carnero del holocausto, y el otro, el de las consagraciones. El del holocausto era quemado hasta convertirse en cenizas; pero el de las consagraciones era comido a la puerta del tabernáculo por 7 días, junto con los panes que también habían sido ofrecidos a Dios.

Todos los días de nuestra vida, Dios quiere que disfrutemos comunión íntima con el Señor al contemplar todo lo que las Escrituras nos dicen en cuanto a Cristo. Así como los sacerdotes comían la carne y el pan, Dios quiere que nos alimentemos del “pan de vida”. ¡Hay tanto qué aprender de él! Toda una vida no bastaría- ni aún toda una eternidad- para conocer todo acerca de la persona, la vida y la muerte de nuestro Señor.

Habían dos prohibiciones en relación a este acto en la ceremonia bajo consideración. La primera es que no podían comer de las ofrendas “el extraño” y la razón dada es por la santidad de las cosas ofrecidas a Dios. ¿Cuántos de nosotros realmente nos examinamos cada semana antes de tomar nuestro lugar en el partimiento del pan? ¿Será que me he acostumbrado a hacer memoria del Señor cuando no hay la santidad debida en mi persona? No se nos olvide que es posible comer del pan y tomar de la copa “indignamente” (1 Co. 11:27) y que eso me expone a la disciplina de nuestro Padre.

La otra prohibición era comer la carne restante a la mañana siguiente. El sobrante tenía que ser quemado. La razón para esto es una vez más por la santidad de la ofrenda. Hermano, la carne comida de esta semana es para esta semana y no para dentro de dos semanas. ¿A qué me refiero? Cada primer día de semana deberíamos de poder ofrecerle algo fresco y nuevo al Señor. La vida cristiana a veces se convierte en una rutina y eso se ve evidenciado en parte cuando repetimos lo mismo en nuestras oraciones en la Cena del Señor, cuando pedimos los mismos himnos o leemos los mismos pasajes. Dios nos ha dado 66 libros que nos hablan de su eterno Hijo. Ponte como meta nunca repetir lo mismo y ofrécele al Señor de la rica variedad que él nos ha dado en su palabra.

Un sacrificio hecho una vez y para siempre

En los versículos 36 al 42, nos asombramos de cuántos sacrificios tenían que ser hechos día tras día. Por 1 semana se ofrecían becerros cada día para purificar el altar. Todos los días se ofrecían dos corderos para holocausto. Uno en la mañana y el otro en la tarde. ¡Cuántos animales sacrificados y cuánta sangre derramada!

La inmensidad del sacrificio de Cristo, y cómo se contrasta con todos esos sacrificios bajo la ley, es porque el del Señor fue una sola vez y para siempre. “Se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (He. 9:26). ”Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (He. 10:12). Cuando él llevó todos nuestros pecados y dijo: ”Consumado es” es porque no había más que pagar. Cuando él resucitó victoriosamente de la muerte al resucitar, es porque no había más que hacer.

Horatius Bonar bien escribió:

Ni sangre hay, ni altar; cesó la ofrenda ya;
no sube llama ni humo hoy, ni más cordero habrá.
Empero ¡he aquí la sangre de Jesús,
que quita la maldad y al hombre da salud!


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