Iglesia según la Biblia

¡Dios Manda en su Casa!

Sin duda, alguien te ha preguntado por lo menos una de las siguientes preguntas, al observar cómo son las reuniones de tu asamblea.

¿Por qué no aplauden?
¿Por qué no danzan?
¿Por qué no oran varios a la misma vez?
¿Por qué no alaban a Dios con instrumentos?
¿Por qué no son llenados del Espíritu Santo y se caen al suelo?
¿Por qué no hablan en lenguas?
¿Por qué no tienen sanidad?
¿Por qué no pasan al frente a orar en el altar?

¿Por qué no oran o predican las mujeres?
¿Por qué no piden el diezmo?

Al seguir el modelo bíblico para congregarnos, no tendríamos por qué sentirnos apenados por algo que practicamos o sentirnos presionados para hacer cambios. El orden que Dios anhela ver en las reuniones de la iglesia, se nos ha dado claramente en su palabra a través del Espíritu de verdad en los Hechos de los apóstoles y en las epístolas apostólicas. Dios no lo deja a nuestra imaginación. En el antiguo testamento no existían iglesias y por lo tanto no vamos a ir allá para recibir instrucción en cuanto al orden que debe haber en las reuniones de la iglesia. La asamblea es la casa de Dios (1 Tim. 3:15) y entonces él decide cómo se llevaran a cabo las reuniones.

Veamos entonces cómo es que se reunían las primeras iglesias de una forma agradable al Señor.

Las reuniones se llevaban a cabo en lugar sencillos como en casas o escuelas y debían realizarse ”decentemente y con orden” (1 Co. 14:40). No leemos de hermanos aplaudiendo, danzando o gritando. El registro divino tampoco indica que las iglesias tenían una banda que tocaba instrumentos para alabar a Dios. Lo que sí leemos es que cantaban y alababan a Dios con salmos, himnos y cánticos espirituales (Ef. 5:19).

Las asambleas tenían la costumbre que cuando se reunían a orar, todos escuchaban la oración de los varones, no de mujeres (1 Tim. 2:8), y al final todos decían: ”Amén” (1 Co. 14:16). Expresaban de esa manera que estaban de acuerdo con la oración. No oraban todos a la misma vez porque de lo contrario sería imposible decir: ”Amén”, al no poder escuchar la oración del hermano y orar cada uno a la misma vez. No tenían un altar al cual pasaban para orar. Reunidos oraban y eran escuchados por el Señor desde donde estaban (He. 12:5).

Los primeros cristianos no pedían el diezmo porque eso fue algo estipulado para Israel (Lv. 27:34). Ellos ofrendaban cada primer día de la semana conforme a lo que habían prosperado (1 Co. 16:2). No exigían que los hermanos ofrendaran sino que lo hacían voluntariamente y de corazón (2 Co. 9:7).

Tampoco leemos de personas tirándose al suelo al congregarse la iglesia por supuestamente recibir al Espíritu Santo. Esos tipos de movimientos más bien tienen que ver con personas que estaban endemoniadas. Cuando el Espíritu Santo descendió en forma de lenguas de fuego en Hechos 2 no se tiraron al suelo y es un evento que no se volverá a repetir. Se inició la iglesia y por eso se hicieron las señales que son mencionadas allí. El Espíritu Santo sí guía nuestras reuniones en la actualidad pero no se manifiesta de ninguna manera visible o audible. La actividad principal del Espíritu es de llevarnos a Cristo para que le adoremos a él (Jn. 16:14).

Las iglesias sí veían el poder de Dios al hablar los hermanos en lenguas y al ver personas sanadas pero son dones que fueron quedándose conforme iba pasando el tiempo. Como también pasó con las visiones. Pablo le enseña a los Corintos que las lenguas dejarían de ser cuando se completara la Biblia (1 Co. 13:8). Lo mismo ocurrió con el don de sanidad. No leemos de una sola ocasión en la que se llevó a cabo sanidad durante una reunión de las distintas iglesias. Pareciera que siempre fue fuera de estar reunidos en la presencia del Señor. En Hechos 20 Eutico fue resucitado más no sanado. Fíjate como los dones de lenguas y de sanidad son mencionados en 1 Corintios 12, pero ya no en Romanos 12 y Efesios 4 que fueron escritos después. También es necesario notar que cuando se hablaba en lenguas las personas eran entendidas. No estaban haciendo sonidos ininteligibles.

El énfasis de las primeras iglesias no era el diezmo, don de lenguas o de sanidad. Se reunían en el nombre de Jesucristo (Mt. 18:20; 1 Co. 5:4) para alabarle al enseñar su palabra, al predicar el evangelio, al cantar himnos y al orar a Dios. ”Perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.” (He. 2:42). Les ocupaba mucho la lectura de la palabra (1 Tim. 4:13).

Dios hace muy claro que eran los varones que oraban y predicaban en las asambleas que fueron formadas después del día de Pentecostés y que las mujeres guardaban silencio (1 Co. 14:34, 35; 1 Tim. 2:11, 12). El Nuevo Testamento hace muy claro, que como ya mencionamos, los que oraban eran varones, y que los maestros, pastores y evangelistas, también siempre eran varones. Cristo exhortó a la iglesia en Tiatira por dejar enseñar a una mujer (Ap. 2:20). No existe un solo ejemplo en el Nuevo Testamento donde encontramos a una mujer participando públicamente en las reuniones de una iglesia y que Dios lo haya avalado. ¡Ni uno solo!

Dejemos que sea la palabra de Dios y el Espíritu Santo que sean nuestras guías para reunirnos de una manera en la que verdaderamente glorifiquemos a Dios.

Foto por Chandana Ban en unsplash.com

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