Cristo en toda la Biblia

Isaac y Rebeca

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Las circunstancias que Dios orquestó para unir a Isaac y Rebeca son semejantes- a mucho menor escala- a todo lo que Dios tuvo que hacer para conseguirle a Su Hijo una esposa.

En Génesis 22 encontramos la relación del Padre y Su Hijo Jesucristo. En Génesis 24 es la del Padre y el Espíritu Santo obrando juntos a favor de Jesucristo. (Busca todas las ocaciones en la Biblia en las que un siervo anónimo refleja al Espíritu Santo y lo que Él hace para la gloria de Cristo).

El criado acepta salir a Nacor en Mesopotamia siguiendo la petición de Abraham de buscarle una esposa a Isaac. Lo hace mostrando insistencia y rapidez. Al aceptar Rebeca casarse con el hijo del amo, él le da varios regalos de alto valor. ¿No es semejante a lo hecho por el Espíritu Santo en relación a nosotros? Descendió el día de Pentecostés para traer al mundo el amanecer del día de la gracia. Obró en nuestros corazones en numerosas ocaciones, y en distintas maneras, cuando por fin creímos en el Salvador. Cuando aceptamos Su invitación, nos bendijo con toda bendición espiritual y nos hizo pertenecer a la iglesia, que un día será la esposa de Cristo.

Nosotros nos vemos claramente en Rebeca en varias maneras. Rebeca aceptando casarse, es la iglesia en el presente al estar desposada a Cristo como virgen pura (2 Cor. 11:2). El matrimonio de Isaac y Rebeca es la iglesia siendo presentada a Cristo como Su esposa. Leemos que Rebeca era hermosa. Pablo dice de la esposa de Cristo: “iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante…” (Ef. 5:27). Juan describe las bodas del Cordero y dice que la apariencia de la esposa será “resplandeciente” (Ap. 19:8). Rebeca era virgen y así la iglesia será presentada a Cristo en perfecta pureza. Estará vestida de “lino fino, limpio” (Ap. 19:8) y será “santa y sin mancha” (Ef. 5:27).

Rebeca sin haber visto a Isaac ya le amaba y anhelaba entregarse a él. Nuestros ojos nunca han tenido la experiencia inefable de ver a Cristo, pero aún así, el Varón bendito del Gólgota ha ganado nuestros corazones. Para nosotros aplican las palabras de Pedro: “A quien amáis sin haberle visto…” (1 Pe. 1:8). Rebeca cuando vio a Isaac a lo lejos por primera vez le mostró respeto al cubrir su rostro con su velo. Cuando nosotros veamos al Señor de gloria por primera vez, lo único que podremos hacer es postrarnos y alabarle por todo lo que Su vida y muerte significa para nosotros.

Isaac, de estar sobre el altar y de pasar por la angustia de perder a su madre Sara, es consolado al recibir a Rebeca como esposa. Lo mismo será en el caso de Cristo. Las aflicciones y los dolores han quedado atrás. “Verá el fruto de la aflicción de Su alma, y quedará satisfecho…” (Isa. 53:11). “Por el gozo puesto delante de Él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio…” (Heb. 12:2).

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