Cristo en toda la Biblia

Cristo en Toda la Biblia: Décimo Mandamiento

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“No codiciarás” Éx. 20:17 


Lo que Pablo le escribe a los Corintios resume lo que queremos considerar sobre Cristo el día de hoy. “Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico…” 2 Co. 8:9 


El Señor vivió una vida en Israel con carencias materiales difíciles de poder calcular y comprender. En su afán de sacrificarse por la humanidad, aceptó la vida que tuvo y jamás codició. 


Desde su nacimiento vemos su pobreza. Por causa del censo, José al ser de Belén, tuvo que viajar a la ciudad de David junto con María quien pronto daría a luz. Habrán tenido familia en el pueblo. ¿No había alguien que los pudiese recibir y darle un lugar decente a María para que diera a luz? Al parecer no hubo porque tuvieron que buscar hospedarse en un mesón. Imagínate regresar a tu pueblo natal y que tus familiares y conocidos no estén dispuestos a recibirte. Juan escribe de Cristo: “Los suyos no le recibieron” (Jn. 1:11). Con una gran pena salieron hacia el mesón, pero al llegar se enteraron de que tampoco había lugar para ellos allí. Me queda la duda si realmente no había lugar o si había lugar pero no para ellos. La noche iba avanzando y María se acercaba más a su alumbramiento. José sin otra alternativa tuvo que dirigir a su esposa a donde estaban empesebrados animales. Mientras otros descansaban en sus casas y en el mesón, ellos tuvieron que acomodarse entre animales. La hora había llegado: el Salvador del mundo iba a nacer. Sin nadie que los ayudara, el Señor llegó al mundo. María lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre. No en una hermosa cuna, sino en un comedero para animales del campo. Con razón Pablo escribió: “se hizo pobre”. 

La pobreza de José y María era muy notoria porque cuando llevaron al Señor a presentarlo al templo a los 40 días de nacido; no les dio para comprar un cordero, sino que tuvieron que ofrendar dos tórtolas o palominos, siendo la ofrenda de los pobres (Lc. 2:24). 


Al tener unos dos años de edad, Herodes ordenó a que todos los bebés de esa edad fuesen asesinados. Un ángel le dijo a José que huyera con su familia a Egipto. Ahora tenían que irse a un país donde no conocían a nadie y sin tener un ingreso asegurado. Por eso Dios puso en el corazón de unos magos que viajaran desde el oriente siguiendo aquella estrella. Ellos le trajeron al Señor: oro, incienso y mirra. Dios de esa manera proveyó para su amado Hijo, y para José y María. Es es el mismo Dios que proveerá para nosotros. 


La estancia en Egipto terminó y regresaron a Israel, pero ahora para vivir en Nazaret. Sabemos que José era carpintero (Mt. 13:55) y que el Señor también se ocupó con ese oficio (Mr. 6:3). Nazaret no era un ciudad grande, era un pueblo pequeño al norte de Israel. ¿Cuánto trabajo pudo haber habido en un lugar así? No comprendemos cómo el dueño de todo vino a nacer en un establo, para después trabajar en un pequeño taller de carpintería en la despiadada Nazaret. 


Su pobreza también la vemos durante sus años de servicio a Dios. Poco antes de morir él dijo: “Tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis.” (Mt. 25:42, 43) Casa no tuvo. Él dijo de sí mismo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza.” (Lc. 9:58) Bienes no tuvo. Le enseñó a sus discípulos que salieran a predicar sin alforja, pan,  dinero ni dos mudas de ropa (Mr. 6:8, 9). Para pagar el impuesto mandó que pescara Pedro un pez que en su boca traería la moneda que necesitaba (Mt. 17:27). Para que orara, se le prestó un huerto de olivos; y para que entrara por última vez a Jerusalén, se le prestó un pollino. 


Concluimos al pensar en su pobreza en su muerte. Una mujer con mucha devoción y dedicación le costuró al Señor una túnica que era de un solo tejido de arriba abajo (Jn. 19:23). Quizás era lo que único que le perteneció aquí en la tierra. Los soldados bruscamente le despojaron de sus vestiduras y echaron suertes sobre ellas, para ver quien se las llevaría a casa. El que será Rey de Reyes, en aquel día, su trono fue una cruz; no llevó vestiduras reales, colgó desnudo; su corona fue de espinas; y en sus manos, lejos de llevar un cetro, habían clavos. 


Aquél que sufrió tanta pobreza por nosotros, es digno que mañana hagamos memoria de él. Dios nos ayude a que nuestra experiencia sea la del salmista que escribió: “Dulce será mi meditación en él…” (Sal. 104:34)

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