Cristo en toda la Biblia

Cristo en toda la Biblia: Tercer Mandamiento

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“No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano…” (Éx. 20:7). 


Dios le da importancia a los nombres en Su Palabra; aún más, al suyo, por encima de todos. Tomar el nombre de Dios era castigado con la pena capital. Su nombre “alto y glorioso” (Neh. 9:5) demanda ser incuestionablemente reverenciado en todas las maneras posibles a nuestro alcance. Como con cada jota y tilde de la ley, el Señor Jesucristo cumplió con el tercer mandamiento, al nunca tomar el nombre de su Dios en vano. 


Hay por lo menos tres maneras en las que se peca al tomar el nombre de Dios en vano que son: jurar falsamente (Lev. 19:12), blasfemar (Lev. 24:16) y profetizar falsamente (Deu. 18:20). 


Jesucristo no juraba al no tener a nadie por encima de Él al ser Dios, y también porque había una congruencia perfecta entre su forma de hablar y de vivir. Los fariseos mostraban todo lo contrario y por lo tanto tenían que jurar deshonestamente, tomando el nombre de Dios en vano (Mat. 23:16). 


Gracias a Dios por la transparencia en la vida de su Hijo. La verdad era algo que enseñaba, practicaba y, aún más, que ¡Él era! Por lo tanto, también era imposible que profetizara falsamente tomando el nombre de Dios en vano. Dios profetizó que levantaría a un Profeta en el cual pondría su palabra en su boca (Deu. 18:8). 

Los escribas pensaron que el Señor había blasfemado cuando sanó a un paralítico un día de reposo (Mat. 9:3). Caifás, el que sería el último sumo sacerdote en Israel, se indignó al oír a Cristo, mientras era juzgado, anticiparle que se sentaría a la diestra de Dios, y que vendría en las nubes. Caifás exclamó: “¡Ha blasfemado!” (Mat. 26:65). 

Cristo nunca pudo haber sido capaz de haber blasfemado el nombre de su Padre. Mostró que quería todo lo contrario para el nombre que es “glorioso y temible” (Deu. 28:58). Pidió que su nombre fuese manifestado (Jn. 17:6), santificado (Luc. 11:2) y glorificado (Jn. 12:28). Dijo haber venido en su nombre (Jn. 5:43) y que hacía todo en el nombre de Dios (Jn. 10:25). 


Jamás tomó el nombre de Dios en vano. Lo defendió y lo honró, pero aún así fue puesto sobre una cruz para morir. 

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