Cristo en toda la Biblia

Éxodo de Egipto

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Los hijos de Israel recogieron lo que pudieron, reunieron a sus animales y salieron de Egipto por la mano poderosa y redentora de Dios. El Mar Rojo era el primer obstáculo para que pudieran seguir transitando y huir de los Egipcios. Dios permitió que una nación de unas dos millones de personas pudieran cruzar el mar en lo seco, al Moisés dividir las aguas sin que el ejército de Faraón pudiera alcanzarles. ¿Qué hace un pueblo salvado por Dios? Canta. Llegaron a la orilla del mar y alabaron a Dios cantando sobre Su grandeza. Mañana nosotros también cantaremos. De nuestros labios se oirán palabras de alabanza a Cristo sobre los dolores que Él sufrió para salvarnos. Juan nos dice que en el cielo cantaremos el “cántico de Moisés siervo de Dios” (Ap. 15:3). Pasan toda la noche cruzando el Mar Rojo, se dirigen hacia el desierto y por tres días viajan sin beber agua. Por fin llegaron a un lugar donde había agua pero las aguas estaban amargas. No por nada allí se llamaba Mara, que significa “amargo”. En la Biblia, el pecado es asociado con la amargura. La mujer que se sospechaba haber sido infiel, bebía agua amarga (Núm. 5:18). Noemí pidió ser llamada Mara porque, por su pecado de desobediencia, ella reconoció que Dios la había puesto “en grande amargura” (Rut 1:20). Salomón dice que el fin de la mujer adultera “es amargo como el ajenjo” (Prov. 5:4). El profeta Jeremías proclamó a una Judá descarriada: “ve cuán malo y amargo es el haber tú dejado a Jehová” (Jer. 2:19) y “esta es tu maldad, por lo cual amargura penetrará hasta tu corazón” (Jer. 4:18). Pedro condenó la hipocresía de un mago llamado Simón diciéndole: “en hiel de amargura y en presión de maldad veo que estas.” (Hch. 8:23). Todos recordamos nuestra vida sin Cristo y cómo- una de las cosas que nos brindaba el pecado- era la amargura. Israel con sed murmura a Moisés, él clama a Dios y Él le muestra un árbol. El árbol habrá sido talado, es echado en el agua y milagrosamente las aguas se endulzaron. El árbol quitó la amargura y trajo dulzura. Israel pudo así encontrar pudo refrescarse. Piensa en Cristo. Sobre un tronco tosco de algún árbol de Palestina, padeció la amargura de nuestro pecado y trajo una dulzura como ninguna otra a nuestras vidas. Como la Sulamita le dice en Cantares a Salomón, nosotros podemos decir de Cristo: “Su fruto fue dulce a mi paladar.” (2:3) “Sus mejillas, como una era de especias aromáticas (dulces)… Sus labios, como lirios que destilan mirra fragante (dulce)” (5:13). “Su paladar, dulcísimo, y todo él es codiciable” (5:16). Salen de Mara y llegan a Elim. Han viajado mucho. Están agotados. En Elim encontraron descanso. Habían allí doce fuentes de aguas refrescantes y setenta palmeras que les proveyeron de sombra. En nuestro Señor, la amargura ha sido cambiada por dulzura. Pero también en Él, el cansancio, que igual nos había traído el pecado, ha sido cambiado por descanso, por lo que Él hizo sobre esa cruz. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mat. 11:28)

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