Cristo en toda la Biblia

¿Justicia? ni en su Resurrección

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Es muy claro que al Señor no se le hizo justicia en su muerte (Isa. 53:8; Hch. 8:33), pero tampoco se le brindó eso en su resurrección. Mientras Dios y sus ángeles se gozaban en ver que Cristo concluyó la obra sobre la cruz y que habría de resucitar victoriosamente, el hombre siguió tratándole injustamente. Aún sus discípulos, en cierta manera, no le dieron la importancia que debieron haberle dado. 


En su sepultura, únicamente estuvieron presentes: José, Nicodemo (Jn. 19:38, 39) y el grupo de mujeres que habían seguido al Señor desde Galilea (Lc. 23:53). Es digno notar que hubieron más mujeres que hombres presentes. Gracias a Dios por mujeres devotas a Cristo. Los velorios de reyes en esos tiempos duraban semanas o meses, miles de personas se presentaban y mucho se gastaba para darle una sepultura lujosa a los que les habían reinado. En el caso del Señor, la sepultura fue sencilla, breve y muy pocos los presentes. ¿Dónde estaban sus apóstoles? ¿Dónde estaban las decenas de discípulos que tenia? ¿Dónde estaban todos aquellos quienes habían sido sanados y sus pecados habían sido perdonados por él? Lo habían abandonado y huyeron de él cuando fue arrestado en el Getsemaní (Mt. 26:56). 


Al haber resucitado, vemos que sus discípulos siguieron sin honrarle como debieron haber hecho. Las mujeres mostraron mucha devoción, pero a la vez vemos que no entendieron que él había de resucitar al tercer día tal y como él se los había dicho. Le llevaron especias aromáticas cuando ya había resucitado (Lc. 24:1). Los ángeles les preguntaron: “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado.” (Lc. 24:5, 6). Ellos les tuvieron que recordar a las mujeres que el Señor ya se los había dicho que así sería, y fue entonces que ellas se acordaron (Lc. 24:7). 

Pero, ¿por qué los apóstoles y discípulos no estaban presentes en la tumba o buscando al Señor? Cuando las mujeres fueron a avisarles que había resucitado, “a ellos estas palabras les parecieron como disparates, y no las creyeron.” (Lc. 24:11). Pedro y Juan no creyeron que era cierto hasta que fueron al sepulcro y vieron que estaba vacía, porque no habían entendido lo que les había dicho el Señor en más de una ocasión en cuanto a su resurrección (Jn. 20:8, 9). Después de que 10 apóstoles vieron al Señor cuando se les apareció en el aposento alto, Tomas quien no había estado presente, lleno de incredulidad dijo: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y meto el dedo en el lugar de los clavos, y pongo la mano en su costado, no creeré.” (Jn. 20:25) 


En la sepultura y resurrección de Jesucristo, los Romanos y los Judíos continuaron tratándolo con desdén y menosprecio. Los Judíos hablando con Pilato, llamaron al Señor “engañador” (Mt. 27:63) al hacer mención de que- aquel que era la Verdad- había mentido al haber dicho que resucitaría al tercer día. Decidieron que tenían que asegurar la tumba (que ya tenía una guardia de soldados) para que los discípulos no robasen el cuerpo del Señor y así no fuese el último engaño supuesto de Cristo “peor que el primero” (Mt. 27:64). En su juicio, sobre la cruz y al resucitar, fue tratado como un mentiroso. 

Cristo había tenido que soportar la vergüenza de ser vendido como si fuese un objeto, cuando Judas lo negoció en 30 piezas de plata. Quizás también sobornaron a los que dieron falso testimonio de él durante su juicio para tratar de encontrar algo en su intachable persona. En su resurrección también vemos que hubieron manejos ilícitos de dineros en contra de su persona. Después de que nuestro Salvador venció la muerte, los Judíos principales sobornaron a los soldados para que mintiesen y dijesen que los discípulos se habían llevado su cuerpo (Mt. 28:11-15). Dinero sucio en su arresto, dinero sucio en su juicio y dinero sucio en su resurrección. 


Pensemos en aquel que amaba la justicia, en su muerte y en su resurrección, no se le hizo justicia.

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