Cristo en toda la Biblia

La Ofrenda de Celos

Números 5:11-31

Ésta porción de la ley de Moisés aplicaba para casos en los que un hombre sospechaba que su esposa le había sido infiel. Si venía sobre él espíritu de celos al sospechar que su esposa había cometido adulterio, pero no había evidencia ni testimonio al respecto, él tenía el derecho de llevarla al sacerdote.

Antes de continuar, aclaremos dos cosas. Primero, en estos casos, no había la seguridad de que la mujer había sido infiel. La ley de Moisés establecía que los Israelitas al cometer adulterio debían morir cuando habían testigos (Dt. 22:22-25). Segundo, el ”espíritu de celos” no era un demonio que poseía al individuo. La palabra ”espíritu” en Hebreo puede referirse a muchas cosas. Uno de sus usos es en cuanto a emociones que podemos sentir como humanos, como pueden ser: valentía, impaciencia, enojo, vigor, etc… En otras palabras, cuando habla del ”espíritu de celos”, es porque el hombre veía algo que le hacía pensar que su esposa le había sido infiel y esto le generaban emociones.

Aunque parezca extraño, pero aún en esta ley, también encontramos mucho acerca de nuestro Señor. Vamos a hallar las virtudes y los dolores de nuestro Salvador en distintas cosas que se hacían en la situación que estamos considerando en un matrimonio.

Los pasos que se seguían en el santuario de Dios, determinarían si la mujer era culpable o inocente. Una de las cosas que Dios quería hacer era indudablemente salvar matrimonios, donde los celos y la sospecha estaban causando distanciamiento.

La posible infidelidad en estas parejas, alude a la infidelidad de Israel a Jehová como su esposa y también al rechazo que nosotros los gentiles en un tiempo manifestamos a Dios. En el antiguo testamento, Dios habla de los celos que tuvo por la infidelidad que le mostró Israel. Lo mismo sucede con nosotros (1 Co. 10:22; 2 Co. 11:2). Él está buscando adoradores que le sirvan y alaben de todo corazón. Quiere que todo nuestro afecto sea puesto solamente en él.

Dios pidió que el esposo y la esposa presentaran una ofrenda de harina que es mencionada en Levítico 2:1-17; 6:14-18. Debía estar compuesta de una décima parte de una efa de harina de cebada. En esas otras citas no se especifica que tenía que ser harina de cebada, pero en el caso que estamos estudiando, sí se menciona que tenía que ser con ese ingrediente. En la ofrenda de harina de cebada, vemos a Cristo ofreciéndose a Dios como una ofrenda (Ef. 5:2; Heb. 9:14), para remediar nuestra infidelidad hacia su Padre. Llama la atención que la historia de amor entre Rut y Booz se llevó a cabo en campos de cebada. Al pensar en la cebada, sin duda podemos meditar en el sacrificio y en el amor de Cristo hacia nosotros.

The Sotah Ritual: Permitting a Jealous Husband to Remain with His Wife

Normalmente la ofrenda de harina era ofrecida con aceite e incienso, pero cuando había sospecha de infidelidad, no podía llevar esos ingredientes. Ambos dan un sabor y aroma agradable. Cuando posiblemente se había cometido adulterio, Dios pide que no se agreguen a la harina esos dos ingredientes porque era una ”ofrenda recordativa, que trae a la memoria el pecado”. No hay nada dulce ni placentero en el pecado. Todo es amargo. Aquí vemos como el Señor Jesucristo probó lo amargo que es el pecado al llevar nuestras transgresiones sobre si mismo en la cruz. Para nosotros es la dulzura, porque para él fue la amargura.

El sacerdote hacía que la mujer se pusiera de pie delante de Dios. Tomaba un vaso de barro que llenaba con agua santa y juntaba polvo del suelo del tabernáculo para mezclarlo en el agua. El cabello de la mujer era descubierto o soltado. Lo mismo se hacía con el leproso para indicar su inmundicia (Lv. 13:45). El sacerdote ponía en las manos de la mujer la ofrenda de celos. El siervo de Dios pronunciaba conjuración en donde entreveía que este acto determinaría si la mujer quedaría libre al ser inocente ó ser maldecida al ser culpable. Anunciaba que al beber la mujer el agua, si realmente había cometido fornicación, su muslo se caería y su vientre se hincharía. La mujer a esas solemnes palabras respondía: Amén, Amén. El sacerdote escribía las maldiciones en un libro y las borraba con las aguas amargas en el vaso de barro.

Debemos detenernos porque en todo esto hay mucho acerca del Señor Jesús. El vaso de barro habla de nuestra fragilidad y propensión al pecado. Claro contraste a la intocable incorruptibilidad de Cristo. El polvo en el agua, trae dos cosas a nuestra mente. Era polvo del santuario de Dios, así que habla de su santidad porque él allí moraba. En la cruz de Cristo, al ver el horroroso castigo que fue desatado sobre él, vemos el carácter santo de Dios. Él no podía ignorar nuestro pecado, así que él hizo que su Hijo los pagara en nuestro lugar. Por esta misma razón, tuvo que desamparar a Jesucristo durante esas tres horas en tinieblas. El polvo también representa cómo el Señor eterno se identificó con los pecadores al morir. La muerte es consecuencia del pecado. Dios le dijo a Adán, después de que pecó, que tendría que regresar al polvo del que había sido formado (Gn. 3:19). David escribió sobre el Señor: ”Me has puesto en el polvo de la tierra” (Sal. 22:15). Probó la muerte, para que nosotros tengamos vida eterna. El agua borrando las maldiciones escritas en el libro, sin duda es Cristo siendo hecho maldito sobre el madero (Gál. 3:13) para sacarnos de la maldición de la ley.

El sacerdote tomaba la ofrenda de sus manos para ofrecerla delante del altar y un puño de la harina era quemado sobre el altar. Hay cosas en Cristo que nosotros no logramos apreciar y que únicamente su Padre puede disfrutar. Este lo vemos en la ofrenda siendo mecida y quemada delante de Dios. Nuestra responsabilidad es aprender lo más que podamos acerca de él.

Llegaba entonces la hora de la verdad, ahora tocaba a la mujer beber del agua. La mujer tomaba el agua y su mismo cuerpo indicaba si había o no pecado. Al no haber cambios físicos en la mujer, quedaba manifiesto que no tenía que llevar su pecado.

Hay un análisis que el Señor hace con nosotros para ver si le amamos enteramente a él o si le estamos siendo infieles. ¿Se acuerda de la conversación que tuvo Cristo con Simón Pedro después de que le negó? Esa misma plática quiere tener el Señor Jesús con cada uno de nosotros. En Juan 21, Cristo después de haber resucitado, le preguntó tres veces a Pedro si le amaba. ¿Cómo le contestaríamos nosotros al que nos amó hasta la muerte si él nos hiciera las mismas preguntas? Dios quiera que podamos decir sinceramente como dijo Pedro: ”Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”.

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