Cristo en toda la Biblia

Purificación y Consagración de los Levitas

Números 8:5-22

En Éxodo 29 y Levítico 8 leemos todos los pasos que se llevaron a cabo para que Aarón y sus hijos se consagraran a Dios para servir como sacerdotes en el santuario de Dios. Aquí encontramos todo lo realizado para que los levitas fuesen purificados y consagrados a Dios para también poder servir en el tabernáculo. El centro de adoración para Israel estaba a punto de comenzar a funcionar, y por lo tanto, Dios necesitaba que sus ministros fuesen limpiados de pecado para poder servirle en santidad.

Antes de continuar, notemos diferencias entre los sacerdotes y levitas; y también algunas de las funciones que estos últimos tenían. Todo sacerdote tenía que ser levita, nacido de la tribu de Leví; mas no todo levita era sacerdote. Para poder ser sacerdote, uno tenía que ser de la familia de Aarón. Los levitas asistían a los sacerdotes y seguían sus instrucciones (Nm. 4:19, 27, 33). Tenían responsabilidad sobre el tabernáculo (Nm. 1:50). Ministraban bajo Eleazar, hijo de Aarón (Nm. 3:32). Algunas actividades que desempeñaban eran por ejemplo: armar y desarmar el tabernáculo al moverse la presencia de Dios (Nm. 1:51); prohibir que se acercaran al santuario de Dios los que no debían hacerlo (Nm. 1:52, 53); enseñaban sentencia de juicio cuando existían casos en los que no sabían los Israelitas qué hacer (Nm. Dt. 17:9); cuidaban la copia de la ley escrita por cada uno de los reyes (Dt. 17:18) y enseñaban la ley a la nación (Dt. 24:8). En este capítulo que estamos observando, en el v.19, se nos dice que ellos ministraban haciendo reconciliación (expiación) para los Israelitas y así no cayese plaga sobre ellos al acercarse a la presencia de Jehová. Las funciones de los sacerdotes en cambio, tenían más que ver con todo lo que se llevaba a cabo dentro de la morada de Dios y en el altar de bronce en el atrio.

En nuestro texto, la palabra expiación en los v.7, 15 y 21, es más bien la palabra purificar. No podían servir con inmundicia. Los levitas fueron purificados cuando se les roció ”agua de la expiación” y al ser rasurados todo su cabello y sus ropas lavadas (v.6). Nosotros también requerimos de limpieza para que nuestro servicio sea agradable a Dios. El escritor a los Hebreos, al hablar de la sangre de Cristo y el efecto que tiene sobre nosotros, él escribió: ”limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo” (Heb. 9:14). Primero, limpieza; y después, viene el servicio. El ”agua de la expiación” que usaban para rociar a los levitas, representa la limpieza que nos trae la palabra de Dios (Ef. 5:26). El Señor Jesucristo es absolutamente distinto a los levitas y a nosotros en este sentido. Él leía y meditaba en la Palabra de Dios, mas no la necesitaba para ser purificado, porque no había ni una sola contaminación en él.

El cabello sobre la carne siendo rasurado, habla de las obras de nuestra carne que crean en nosotros impurezas. No había nada, ni en lo más profundo del Señor, que era opuesto a la santidad de Dios. La vestimenta de los levitas siendo lavada, es lo que somos externamente (Ap. 3:4), que muchas veces se ve afectado por el pecado. En el caso del Señor, él fue y siempre será: perfectamente puro, por dentro y por fuera.

Who Were the Levites?

Regresemos por unos momentos al ”agua de la expiación” que limpiaba a los levitas. En Números 19, al ser quemada una vaca alazana (marrón o café claro con tono rojo), sus cenizas eran mezcladas en agua para purificar a los inmundos. Llamaban esa agua: ”agua de la purificación”. Quizás algo parecido encontramos en Números 8 al ser purificados los levitas. El agua también debe hacernos pensar en los sufrimientos vicarios de nuestro Salvador al sufrir la ira de Dios por nuestros pecados, así como la vaca era quemada sobre fuego hasta ser hecha cenizas.

Para que los levitas gozaran limpieza, dos novillos eran seleccionados. Un novillo es el macho joven del ganado vacuno que es castrado antes de alcanzar madurez sexual. Los novillos, los levitas y toda la congregación de Israel fueron traídos a la puerta del tabernáculo. La congregación puso sus manos sobre los levitas y ellos pusieron sus manos sobre los novillos. Estos dos animales eran sacrificados. Uno como ofrenda por el pecado y el otro en holocausto. El de la ofrenda por el pecado, vuelve a hacer pensar en el hecho de que Cristo no tuvo que ofrendar algo al ser sin pecado y en lo que padeció sobre la cruz. El del holocausto, representa a Cristo entregándose a la voluntad de su Dios, porque el animal en esa ofrenda era quemado hasta ser hecho cenizas para Jehová.

Todo esto, no era solamente para purificarlos, pero también para consagrarlos a Dios. En aquél día era ofrecidos a Dios como ofrenda (v.11, 13, 15, 21). Nosotros también nos ofrecemos a Dios como ofrenda (Rom. 15:16, 31) al rendirnos a su voluntad. El Señor Jesús también se ofreció a Dios como ofrenda. Pablo escribió de él: ”se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Ef. 5:2). En Hebreos 10:10 leemos acerca de ”la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre”. Ninguna de las ofrendas bajo el antiguo pacto, ni la ofrenda de nuestras vidas, puede compararse con la ofrenda de la vida y muerte de Jesús.

Al ser ofrecidos los levitas a Dios, él los consideraba como suyos (v.14). Nosotros gozamos el honor de pertenecer al Señor. Él es nuestro y nosotros somos de él. Pablo dijo acerca de Dios: ”de quien soy y a quien sirvo” (Hch. 27:23). Somos de él a través del rescate que Jesucristo pagó por nosotros con su propia sangre. ¡Con razón somos una posesión tan especial para Dios!

Los levitas perteneciendo a Jehová, representaban el hecho de que todo primer nacido o primogénito de los hombres y de los animales le pertenecían a él (v.16, 17). Nosotros también tenemos a un Primogénito que nos representa delante de Dios. Cristo es el Primogénito (Rom. 8:29; Col. 1:15, 18; Heb. 1:6; Ap. 1:5), no porque sea un ser creado, porque él es eterno; sino porque mas bien, es nuestro Primogénito por el valor y la autoridad que solo él tiene.

A través de estos ritos, los levitas se dedicaban enteramente a Jehová para iniciar con su ministerio en el tabernáculo de reunión (v.16). Dios nos ayude a que siempre contemplemos a su Hijo quien se entregó a él como nadie más, y así podamos nosotros darle siempre todo lo que somos.

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