Vida Cristiana

Consérvate Puro: El Adulterio (Parte 2)

Continuamos considerando lo que Salomón nos hace ver en cuanto al adulterio. Ya vimos que él nos ayuda a identificar comportamientos típicos de una persona dada a este pecado. Esto para prevenirnos de cometer este mal.

En esta ocasión, veremos lo que el sabio nos enseña sobre el daño que causa el adulterio en la vida de las personas que lo cometen. No lo hace para que nos sintamos marginados de la gracia de Dios si lo hemos cometido, porque él perdona todo pecado al haber arrepentimiento, si no que lo hace para entendamos su seriedad y así no lo cometamos ó lo dejemos de cometer.

Muerte

Salomón advierte al inicio de su libro de consejos sabios que el adulterio resulta en la muerte. Dice acerca de la mujer adúltera: ”su casa está inclinada a la muerte, y sus veredas hacia los muertos” (Pr. 2:18). ”Sus pies descienden a la muerte; sus pasos conducen al Seol” (Pr. 5:5). ”No sabe que es contra su vida” (Pr.7:23). ”Aun los más fuertes han sido muertos por ella. Camino al Seol es su casa, que conduce a las cámaras de la muerte” (Pr. 7:26, 27). Y: ”Morirá por falta de corrección” (Pr. 5:23).

Es claro que, mientras el mundo ve el adulterio con indiferencia, Dios lo mira con mucho desagrado. Lo estima siendo algo grave, algo digno de muerte. Bajo la ley de Moisés, el adulterio era castigado con pena de muerte (Lv. 20:10; Dt. 22:22). En la actualidad, si un cristiano que comete adulterio, no confiesa y se arrepiente de su pecado, Dios podría castigar su mal severamente. No podemos ocultar nada de él. Salomón hace la solemne afirmación: ”Los caminos del hombre están ante los ojos de Jehová, y él considera todas sus veredas” (Pr. 5:21). Pablo señala acerca de la disciplina de Dios hacia creyentes en Corinto: ”por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen” (1 Co. 11:30). Algunos habían enfermado, otros habían muerto, por cometer pecado. Temamos al Dios santo y vivamos en pureza y rectitud delante de él.

Heridas

Las relaciones sexuales son algo sagrado que Dios ha reservado para dos personas casadas. La unión legal y física entre un hombre y una mujer es algo invaluable. Es tan íntimo que sería imposible medir su profundidad. Cuando Dios instituyó el matrimonio, él dijo: ”dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Gn. 2:24). Un aspecto muy hermoso del matrimonio es que dos personas se unen, a tal grado, de ser hechos una sola persona.

El problema es que lo mismo ocurre cuando tenemos relaciones con alguien que no es nuestro cónyuge. Pablo escribe: ”¿O no sabéis que el que se une con una ramera, es un cuerpo con ella? Porque dice: Los dos serán una sola carne” (1 Co. 6:16). Cuando esto ocurre, al no ser parte del diseño de Dios, hay daños que son creados. No podemos darle un mal uso a algo y pensar que no habrán consecuencias.

Salomón menciona las ”heridas” que son producidas cuando se comete adulterio (Pr. 6:33). Nos herimos a nosotros mismos cuando unimos nuestro cuerpo al adulterar. Estamos uniéndonos físicamente y emocionalmente con alguien lejos de ser la indicada. Muchos piensan que adulterar es solo tener un momento de placer con alguien con la que uno no está casado, cuando en realidad hay mucho más de por medio. Son heridas que no sanarán por mucho tiempo. No solamente nos herimos a nosotros mismos, pero también herimos a nuestra familia. Nuestro cónyuge e hijos se ven afectados en muchas maneras. Los celos y el sentimiento de traición son suficiente para destruir relaciones de por vida.

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Foto por Vitor Pinto en unsplash.com

Mal Testimonio

Debemos valorar nuestra buena reputación o testimonio. Salomón establece: ”De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, y la buena fama más que la plata y el oro” (Pr. 22:1). En nuestra sociedad carece el sentido de dignidad y honradez en uno mismo. Estimemos lo que Dios estima, aún cuando el mundo no lo haga.

El sabio consejero hace ver que el adúltero ”vergüenza hallará, y su afrenta nunca será borrada” (Pr. 6:33). El adulterio deslustra en un momento el brillante testimonio de una persona que ha ido forjando una buena reputación a lo largo de toda una vida.

Dios desea que seamos irreprensibles en esta vida (Fil. 2:15) y que lo continuemos siendo hasta la venida de Cristo (Fil. 1:10).

Al considerar algunos de los daños y de los estragos que trae el adulterio, ¿valdrá la pena cometer este mal? Quedar expuestos al castigo de Dios; sufrir y causar heridas profundas, y perder nuestro buen nombre, ¿justifican unos momentos de placer?

Claro que no.

Con todo esto en mente, Dios nos ayude a abstenernos de adulterar, y si lo hemos o estamos cometiendo, dejemos este pecado y volvamos a Dios. Él es amplio en perdonar y desea restaurar nuestra vidas para serle de agrado a él.

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