Cristo en toda la Biblia

Corazones Insatisfechos y Malagradecidos

Números 11:1-35

El pueblo que lo tenía todo, porque tenía a Dios, comenzó a quejarse. No pasó mucho tiempo para que Israel se olvidara de lo privilegiado que era. Jehová en su justa ira, envió fuego y ”consumió uno de los extremos del campamento” (v.1). La nación clamó a Moisés, él intercedió por ellos ante Dios, ”y el fuego se extinguió” (v.2). Llamaron aquél lugar Tebera que significa ”incendio”.

Moisés nos hace pensar en nuestro Salvador y su obra intercesora a nuestro favor. Él vino para ser el mediador por causa de la distancia y la separación que había entre nosotros y Dios. Él permite que haya paz entre Dios y el hombre al estar Dios airado por nuestros pecados. Moisés intercedió por Israel al orar; Jesucristo intercedió por nosotros al dar su vida y al sufrir ”el castigo de nuestra paz” (Isa. 53:5). Durante las tres horas de tinieblas que él pasó sobre la cruz, soportó la ira de Dios por causa de nuestras maldades.

Los que habían salido de Egipto con los Israelitas, hicieron que todo el campamento se cansara de comer el maná y que desearan los alimentos que habían tenido en el país del Faraón. Exageraron al decir que estaban tan cansados del maná que su alma se secaba (v.6). El pan que Dios les enviaba en su tierna misericordia, ellos lo estaban repudiando por completo.

El maná es una hermosa figura de nuestro Señor. En Juan 6, él mismo se comparó con este pan que llovía del cielo sobre el desierto para que Israel tuviese que comer. Tristemente, a veces nosotros somos como Israel, porque nos cansamos de comer del ”pan vivo” (Jn. 6:51) que ya sabemos bien quien es. Cristo Jesús desea que podamos alimentarnos de su alimento espiritual en su palabra, pero si nos descuidamos, llegamos a aburrirnos de su presencia. Dios nos dirija para que podamos recobrar nuestro deseo en descubrir las maravillas que están disponibles para aquellos que anhelan intensamente tener comunión con nuestro Salvador.

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Después del gran pecado de la murmuración que cometió toda la nación por las cuestiones alimenticias, Moisés es ahora el que se queja. Hace preguntas como: ”¿por qué no he hallado gracia en tus ojos, que has puesto la carga de todo este pueblo sobre mí?” (v.11), ”¿Concebí yo a todo este pueblo? ¿Lo engendré yo…?” (v.12). Llegó a la conclusión que sencillamente ya no podía continuar con la encomienda que Dios le había dado de ser el líder del pueblo hebreo (v.14), hasta el grado de desear la muerte.

Moisés fue un gran hombre, pero gracias a Dios, que nuestro Capitán y Guía jamás se ha visto debilitado o desfallecido. No importa la situación por la que estemos pasando, dice en Hebreos de él: ”viviendo siempre para interceder por ellos.” Él como Precursor que ha entrado a los cielos, nos guía fielmente, aún en los valles de sombra de muerte, para que nosotros lleguemos fieles hasta el final. Moisés requirió que 70 ancianos le apoyaran en su responsabilidad. El Señor Jesucristo no requiere apoyo de nadie para socorrernos a nosotros ya que él es completamente auto-suficiente. El tercer capítulo de Hebreos se enfoca en comprobar la clara superioridad de nuestro Señor sobre Moisés.

Al ver Dios la ingratitud de los que había redimido, les envió un gran viento que trajo codornices. Los Israelitas se gozaron con este cambio de dieta, que pensaron que Dios estaba permitiendo para su bien. Mientras que comían estas aves, ”la ira de Jehová se encendió en el pueblo, e hirió Jehová al pueblo con una plaga muy grande” (v.33). Las codornices que tiempo atrás representaban la provisión de Dios (Éx. 16); ahora representaban el juicio de Dios.

Nosotros también podemos caer en el pecado de la ingratitud. Como hemos visto, podemos llegar a encontrar las cosas del Señor como siendo tediosas. Pero también es posible que podamos ser malagradecidos con aquél que lo dio todo por nosotros. Si no le adoramos, si no le servimos, si no pasamos tiempo con él; estamos mostrando ingratitud. No seamos como Israel. El Señor nos ayude a aprender de las faltas cometidas por el pueblo de Dios en la antigüedad, para que nosotros podamos agradarle en todo lo que hacemos.

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