Cristo en toda la Biblia

La Ofrenda por el Pecado

Números 15:22-31

Dios detalla por segunda vez, una de las cinco ofrendas que Israel entregaba a Jehová. En Levítico 4 y en Números 15, aprendemos acerca de la ofrenda por el pecado. En este último pasaje, es una descripción más resumida. Todos los detalles los encontramos en Levítico 4.

En el pasaje que estamos considerando, se omite lo que ofrecía un sacerdote o un jefe cuando pecaban. Tampoco se nos detalla todo lo que era hecho con el animal en cuanto a su sacrificio. También no se nos proveen los ejemplos de los pecados cometidos en los que aplicaba esta ofrenda. Quizás la razón es porque Levítico se enfoca en darnos todas las leyes que se relacionan con el tabernáculo; mientras que Números se enfoca en darnos parte de la historia de Israel peregrinando por el desierto.

Dios tendrá sus razones por las diferencias (no contradicciones) que hay entre ambos textos. Lo que sí deseamos hacer es buscar al Señor Jesús en estos versículos del capítulo 15 de Números.

Esta ley aplicaba para aquellos que habían cometido pecado, al no cumplir con alguno de los mandamientos prescritos por Dios. Habían sido realizados por yerro o por ignorancia. Eran faltas hechas sin premeditación o sin intención.

Inmediatamente, nuestras mentes piensan en el Señor y en su obra. Entendemos algo de la inmensidad de su obra, al ver lo limitada que era la ofrenda por el pecado. Esta ofrenda cubría el pecado; la obra de Cristo quita el pecado (Jn. 1:29). La ofrenda por el pecado cubría pecados cometidos por ignorancia o por yerro; la obra de Cristo quita absolutamente cualquier tipo de pecado. ¡Qué grande es la obra de nuestro Señor!

Los que cometían pecado con conocimiento de lo que estaban haciendo, no podían ofrecer la ofrenda para encontrar perdón o reconciliación. Ellos debían ser cortados o matados. En el caso de Cristo, él siempre fue obediente a Dios y a su palabra, y aún así “fue cortado de la tierra de los vivientes” (Isa. 53:8). Aquellos que menospreciaban la palabra de Dios, no podían realizar esta ofrenda para tratar el problema de su pecado. Los podemos contrastar con el Señor, quien jamás podía menospreciar la palabra de su Padre, sino que más bien, siempre la cumplió.

La ley aquí establecía que si la congregación pecaba por yerro, debían ofrecer un novillo por holocausto con su libación y un chivo por expiación. Si el pecado era cometido por una persona, debía ofrecer una cabra de un año para expiación. Cumpliendo con esto, las personas gozaban de reconciliación, expiación y perdón.

En algunas casos, la ofrenda por el pecado sí se asemeja muy débilmente a la obra de Cristo en la cruz. La ofrenda podía beneficiar a toda la congregación o a una sola persona, dependiendo del acto cometido. La obra de Jesús alcanza a todo aquél que necesita el perdón de sus pecados. Hizo lo suficiente sobre esa cruz para salvar a todo pecador.

En el caso del pecado cometido por la congregación, el novillo era por holocausto con su libación y el chivo para la expiación u ofrenda por el pecado. El holocausto era principalmente para el disfrute de Dios y la ofrenda por el pecado era en beneficio de la persona. Ambos aspectos los podemos encontrar en lo que hizo Jesucristo. Su muerte satisfizo plenamente a su padre, pero también nos ha beneficiado a nosotros los pecadores enormemente.

Los Israelitas al pecar por yerro, por medio de la ofrenda, podían gozar de reconciliación, expiación y perdón. Para nada se compara con todo lo que nosotros hemos recibido de la muerte del Señor. Para ponerlo en palabras muy sencillas de entender, lo que Cristo nos ha brindado por lo que él hizo sobre la cruz, es: ”una salvación tan grande” (Heb. 2:3).

Algo que menciona la ley en Números 15 que no se menciona en Levítico 4 en cuanto a la ofrenda por el pecado, es que la misma ley aplicaba para los israelitas como para los extranjeros. Esto nos hace pensar en la maravillosa gracia de Dios mostrada a nosotros los gentiles. Damos gracias a Dios que la obra de Cristo fue en favor de toda raza y para toda nación. A pesar de que estábamos ”lejos”, el evangelio también nos incluyó a nosotros (Ef. 2:13, 17).

Concluimos meditando en la perfecta sujeción del Hijo de Dios a su Padre al considerar la cabra que era sacrificada cuando era una persona que pecaba por ignorancia. Llama la atención el hecho de que era una hembra que se ofrendaba en este caso. La mayoría de las ofrendas y los sacrificios requerían que fuese un animal macho, pero en este caso, era una hembra. Dios pide a la mujer sujetarse al hombre en el matrimonio (Ef. 5:22) y en la iglesia (1 Co. 11:3). Para muchos, esto causa ofensa, pero para Dios, es de mucho agrado. Dios encuentra mucha satisfacción en esto porque le recuerda a la obediencia que su Hijo siempre le ha tenido, aún cuando estaba por delante la cruz.

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