Cristo en toda la Biblia

La Rebelión de Coré, Datán y Abiram

Números 16

Este fue un evento muy lamentable en la historia de Israel al andar por el desierto. Coré, Datán, Abiram y On; tomaron la mala decisión de incitar a que 250 varones, que eran príncipes y de renombre, se unieran a ellos para rebelarse contra Moisés y Aarón.

Coré era hijo de Coat, de la tribu de Leví. La familia de Coat tenía ciertas responsabilidades relacionadas con el tabernáculo, pero no en el sacerdocio. Todo indica que Coré fue el que instigó principalmente esta revuelta y que lo hizo porque anhelaba participar en el sacerdocio a cargo de la familia de Aarón.

Gershonites – BIBLE Students DAILY
Foto tomada de http://www.biblestudentdaily.com

La única mención de Coré en el Nuevo Testamento es en Jud. 1:11- ”¡Ay de ellos! porque han seguido el camino de Caín, y se lanzaron por el lucro en el error de Balaam, y perecieron en la contradicción (rebelión, oposcisión) de Coré.” Judas está escribiendo sobre falsos maestros. Son como Coré porque se rebelan a la autoridad establecida por Dios y buscan reemplazar el orden que él ha dejado estipulado en su palabra. De una forma muy sutil, buscan quitarle a Cristo la posición que solo él debe tener sobre la iglesia como Señor. La iglesia debe ser un ente donde él siempre recibe la gloria y honra. Es muy claro, al ver el sistema religioso a nuestro alrededor, que el Hijo de Dios no recibe la posición que merece tener en agrupamientos de personas que supuestamente lo adoran.

Es posible que nosotros, no seamos falsos maestros que se asemejan mucho a Coré en ese sentido, al propagar falsa doctrina, pero sí pudiéramos ser dados a querer recibir atención indebida en la congregación. Cuando oro en el Partimiento del Pan, ¿realmente estoy deseando que Cristo reciba alabanza?, o ¿estoy queriendo mostrarle a los hermanos lo bien que cité 12 versículos? Cuando doy una enseñanza, ¿estoy deseando llevar al pueblo de Dios a los pies de Cristo?, o ¿estoy queriendo recibir reconocimiento de los demás por lo elocuente que soy? Dios nos ayude a que no tengamos ningún parecido con Coré. Busquemos siempre, que a través de todo lo que hacemos, la gloria sea para aquél que sufrió la muerte de la cruz.

Al ver Moisés la deplorable actitud de Coré y de todos los que estaban de su lado, él se postró sobre su rostro. Esta es la primera de tres ocaciones en este pasaje que encontramos a Moisés postrándose. Él le dijo a todo el séquito de Coré que Dios mostraría quienes eran aprobados por Dios y quienes no. Esto se manifestaría al tomar todos ellos incensarios y poner fuego en ellos. Moisés confrontó a Coré sobre si no le era suficiente la responsabilidad que ya tenía o si su deseo era adquirir el sacerdocio de Aarón, como ya hemos mencionado. Mandó llamar a Datán y a Abiram, para también hablar con ellos, pero ellos no quisieron ir. Prefirieron murmurar acerca de las condiciones en las que vivían por andar en el desierto y recordaron todas las cosas que supuestamente extrañaban del país que los había tenido bajo el yugo. No hay ninguna duda, de que si Coré tenía su mirada puesta en el sacerdocio; Datán y Abiram, tenían su mirada puesta en lo material.

Los bienes materiales pueden ser usados para la gloria de Cristo, si son empleados correctamente. José de Arimatea y Nicodemo fueron ricos. Ellos destinaron sus riquezas para darle al Señor una sepultura digna. Qué triste cuando lo terrenal nos obstruye y encandila para mirar claramente por fe los padecimientos y las glorias de Jesús. ¿Será posible que esto es lo que le detiene de rendirle toda su devoción al que dio su vida por usted? Quizás hace falta que miremos más cuidadosamente a nuestro Salvador quien colgó en la cruz de en medio. Al hacer esto, nos daremos cuenta el error de ser como Datán y Abiram; y desearemos darle Cristo todo lo que somos y todo lo que tenemos.

Foto tomada de Crónicas Bíblicas

Tal y como lo había pedido Moisés, Coré, los 250 varones y también Aarón se presentaron con sus incensarios. No solamente estaban presentes ellos. Coré, a estas instancias había convencido a toda la nación de rebelarse contra la autoridad establecida por Dios. Jehová reaccionó a esta situación manifestando su gloria y pidiéndole a Moisés y a Aarón que se apartaran de la nación porque los consumiría a todos. Ellos intercedieron a favor de Israel porque reconocían que solamente había sido uno el que había iniciado todo esto, y ese era Coré.

Cada vez que leemos de Moisés y Aarón intercediendo a favor de la nación, no podemos sino pensar en nuestro Señor quien intercede por nosotros. En Moisés, vemos a Cristo como el Gran Profeta, aquél que nos trajo el mensaje del cielo mismo. En Aarón, vemos a Cristo como el Gran Sumo Sacerdote, quien nos representa delante de Dios. Él vive siempre para interceder a nuestro favor (Heb. 7:25). En el lugar de exaltación que él hoy goza, ”intercede por nosotros” (Rom. 8:34).

Dios pidió que se apartaran de las tiendas de Coré, Datán y Abiram. (Notemos que On ya no es mencionado después del v.1 porque quizás cambió de parecer). Al separarse todos de esos tres varones, Dios abrió la tierra y ellos cayeron directamente al Seol junto con sus sus bienes. Dios claramente dio la señal para indicar a quienes aprobaba y a quienes desaprobada. El juicio no culminó allí. Después de juzgar a los cabecillas de la rebelión, fuego cayó sobre los 250 varones que también habían participado en este gran pecado.

Todo esto hace pensar en el día de la gran apostasía durante la tribulación. El diablo pensará que por fin habrá podido destronar a Cristo al convencer al mundo que crea en la mentira al seguir al anticristo. Pero no será así. Llegará el momento cuando todo hombre engañado por él también será severamente castigado. Por más que la humanidad intente rechazar la autoridad de Cristo, él siempre sale victorioso. Nadie puede quitarle el lugar que él tiene (y tendrá) por lo que sufrió en la cruz.

Los incensarios de todos aquellos varones fueron recogidos por Eleazar, hijo de Aarón, y el fuego lo derramó a una distancia del campamento. Esto se tuvo que hacer porque estaban santificados y no podían quedarse donde estaban. Los incensarios eran de bronce y fueron hechos placas para cubrir el altar de holocausto como un recordatorio a todos de lo que había pasado. Sería un recordatorio para todos para que no cometieran el mismo error. Todo esto también dejó una lección para los hijos de Coré. Es muy llamativo que los hijos de Coré escribieron varios Salmos. Las placas sobre el altar y los salmos de los hijos de Coré, muestran que algunas cosas provechosas sí resultaron de aquél día tan triste.

Nosotros cometemos cosas que después nos arrepentimos de haberlas cometido. Pero no podemos estancarnos en el desánimo y en la desesperación. Tenemos que levantarnos con la ayuda de Dios, aprender de nuestras faltas y seguir sirviendo al que nos amó hasta la muerte.

No quedó todo allí. Al día siguiente, el pueblo de Israel culpó a Moisés y Aarón de las muertes de todos los que habían perecido. La presencia de Dios se hizo otra vez notoria cubriendo el tabernáculo y apareciendo su gloria. Otra vez, Dios le pidió a sus dos siervos que se retiraran de entre los demás. De forma muy admirable, ellos no lo hicieron, sino que se postraron.

Moisés rápidamente le pidió a Aarón que tomara un incensario, le pusiera fuego, pusiera incienso encima del fuego e iría a la congregación para hacer expiación por el pecado cometido. Pidió esto porque Dios ya había comenzado una mortandad entre el pueblo. Aarón corrió a hacer todo eso y se puso entre los vivos y los muertos. Dios le quitó la vida a 14,700 personas.

El incienso no expiaba pecados, pero sí lo hacían los sacrificios sobre el altar. Aarón saliendo de entre el pueblo para hacer todo lo que le pidió su hermano, es figura de Cristo dejando el cielo para venir al mundo y sacrificarse por nuestros pecados. El incensario pudiera enfatizarnos el deleite que Dios escogió en la obra de su Hijo al ser un sacrificio de olor grato como ningún otro. El mismo fuego de Dios que fulminó a los 250 varones, participó en la expiación del pecado de Israel. Hace pensar en el hecho de que la misma ira de Dios que cae sobre aquellos que no creen en el evangelio, es la misma que descendió sobre Cristo al padecer por nuestras maldades.

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