Cristo en toda la Biblia

Dichos Desde la Cruz

De acuerdo a los cuatro evangelios, el Señor Jesús pronunció siete dichos al estar colgar sobre un madero.

A todos nos llama la atención lo que una persona dice poco antes de morir. En el caso de personas muy reconocidas, al leer lo que ellos dijeron antes de morir, notamos que son frases muy superficiales. En el caso del Señor, lo que dijo antes de entregar su vida, son dichos muy profundos y emotivos.

La manera en la que habló poco antes de morir, fue consistente con la forma en la que habló durante su vida. Hasta su último suspiro, su boca siempre derramó palabras de gracia (Sal. 45:2) y sus labios constantemente fueron “como lirios que destilan mirra fragante” (Can. 5:13). No importaba dónde se encontraba; ya sea que se encontraba en su casa en Nazaret de joven o siendo injustamente juzgado en el Pretorio de Pilato, siempre causaban asombro sus palabras. Pudiéramos siempre decir de él con aquellos alguaciles: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Jn. 7:46).

Consideremos las siete frases que dijo sobre la cruz.

Sobre la cruz, sus palabras fueron palabras de gracia. Le dijo a Dios mientras era clavado salvajemente a una cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lc. 23:34). No lo dijo una vez, lo repetía una y otra vez. No podemos encontrar perdón como el que él nos pudo dar. Perdonó a los soldados que lo maltrataron y a viles miserables pecadores como lo somos nosotros.

Sobre la cruz, sus palabras fueron palabras de promesa. El ladrón que lo injuriaba, le pidió que se acordara de él al venir en su reino. Aquél que era amigo de los pecadores y publicanos, con tanta confianza, le aseguró: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc. 23:43). No murió sin antes salvar un alma más para el reino de su gloria. Vivió y murió cumpliendo lo que había asegurado: “al que a mí viene, no le hecho fuera” (Jn. 6:37). Este malhechor murió sabiendo exactamente a dónde iba después de partir de esta vida a la gran eternidad. Nadie más le había hablado con tanta seguridad.

Sobre la cruz, sus palabras fueron palabras de ternura. A pesar de sufrir intensamente, Cristo se preocupó por la que le llevó en su vientre por nueve meses. Todo indica que María había enviudado y el Señor se compadeció de ella al buscar quien cuidara de ella el resto de su vida. La miró y le dijo respecto a Juan: “Mujer, he ahí tu hijo” (Jn. 19:26) Después miró al discípulo que había escuchado su corazón palpitar al reclinarse sobre su pecho, y le dijo: “He ahí tu madre” (Jn. 19:27). El siervo de Jehová murió mostrando tiernamente su sujeción al quinto mandamiento de la ley de Dios en bienestar de su madre.

Sobre la cruz, sus palabras fueron palabras de abandono. Durante aquella noche al medio día al llevar el pecado del mundo entero, clamó lo imposible de explicar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46; Mr. 15:34). Esta es la pregunta de preguntas. ¿Cómo podía Dios abandonar a Dios? Estas palabras expresan una interminable separación y un sentido profundo de tristeza. Ningún chivo del día de la expiación sufrió la soledad que él sufrió. Ningún pájaro sobre un tejado sintió el abandono como él lo experimentó. No entendemos cómo el que más se entregó a una vida de oración, supo lo que fue orar algo que no fue escuchado por Dios. En silencio, nos humillamos ante la expresión de estas palabras y adoramos al que sufrió en nuestro lugar a esta magnitud.

Sobre la cruz, sus palabras fueron palabras de obediencia. Aproximándose a la muerte, sabiendo que ya todo estaba consumado, el Salvador exclamó: “Tengo sed” (Jn. 19:28). Son palabras de obediencia porque esto lo dijo para que se cumpliera la profecía antigua de David en el Salmo 69. Él había profetizado que el Mesías sufriría sed en su muerte y que le darían a beber vinagre. Aquél que creó los mares, lagos, lagunas y ríos; y aquél que ha calmado la sed espiritual de millones, sobre la cruz tuvo sed. En obediencia a su Padre y a su palabra, él expresó su angustia por esta carencia que él tuvo sobre el madero. Esto resalta la perfecta sujeción que siempre mostró a su Padre. Le obedeció en cada detalle y en todo momento.

Sobre la cruz, sus palabras fueron palabras de esperanza. La muerte del Señor, para el hombre cruel, parecía una derrota para Cristo. Lo que desconocían era que sus padecimientos fueron una gran victoria para él y para los que habían sido elegidos para vida eterna. Después de haber llevado nuestros pecados, él dijo: “Consumado es” (Jn. 19:30). Como si fuera, le estaba anunciando a los cuatro rincones de la tierra y a todo ser humano que todo había sido pagado, que todo había sido completado. Nosotros teníamos una deuda que no podíamos pagar, pero de pronto apareció este gran Fiador que pagó por nosotros. Le restituyó a Dios la quinta parte de lo que nosotros le habíamos defraudado, ¡y hasta mucho más! Dios quedó completamente satisfecho con su pago y nosotros también.

Sobre la cruz, sus palabras fueron palabras de intimidad. Unos instantes antes entregar su vida él habló con su Padre y le dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23:46). Estas palabras reflejan la cercanía que siempre ha habido entre ellos dos. Una de las maneras en la que el Señor mostró esta intimidad fue por la confianza que le mostró. Al nacer y al estar a los pechos de su madre, confió en él (Sal. 22:9); al morir sobre esa cruz, también mostró su plena confianza en él al confiarle su espíritu.

Ciertamente no hay palabras como las de él. Le damos gracias a Dios por cada una de ellas, especialmente las que pronunció al dar su vida por nosotros.

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