Cristo en toda la Biblia

Cristo: Nuestro Mediador, Pastor y Sumo Sacerdote

Números 27

El hombre tiene que conformarse con cumplir con una- o a lo mucho- dos funciones a la vez, por sus flagrantes limitaciones y deficiencias. El Señor Jesús, por ser el Eterno Dios, cumple con todas las funciones a la misma vez, y lo hace a la perfección.

En este capítulo de Números, leemos sobre tres hombres que cumplieron con tres funciones distintas. En Israel durante esta época de la que leemos, Moisés fue el mediador; Josué fue el pastor; y Eleazar fue el sumo sacerdote. En Cristo, encontramos que una sola persona, cumple gloriosamente con esos tres oficios. Él es nuestro Mediador, nuestro Pastor y nuestro Sumo Sacerdote.

Primeramente, lo admiramos como nuestro Mediador, con lo que leemos acerca de las hijas de Zelofehad y la petición que le hicieron a Moisés. Su preocupación tenía que ver con el hecho de que no habían quedado varones en su familia y sobre las tierras que deseaban heredar. Moisés, como mediador entre Dios e Israel, llevó la causa de estas mujeres ante Jehová para recibir de él una resolución sobre este asunto. Esto es solo un ejemplo de varias situaciones por las cuales Moisés tuvo que mediar a favor del pueblo que guiaba.

Moisés no se compara con nuestro bendito Señor, porque él es nuestro Mediador, y su obra en relación a este oficio nos ha beneficiado enormemente. Era imposible que Moisés lo igualara en este o en cualquier otro sentido. En 1 Tim. 2:5, se enfatiza el hecho de que él es el único Mediador entre Dios y los hombres; y que para hacer eso, tuvo que encarnarse, al hacerse hombre. En Heb. 9:15, aprendemos que Jesucristo tuvo que morir para poder ser el Mediador de un nuevo pacto. En Heb. 12:24, se recalca que el costo para efectuar ese nuevo pacto fue el derramamiento de su preciosa sangre. Apreciamos el servicio de Moisés, pero adoramos a Cristo por su incomparable oficio como nuestro gran Mediador.

Una de las muchas maneras en las que se ve la debilidad de Moisés como mediador, se ve especialmente con el hecho de que su participación en ese oficio culminó cuando murió. En el caso de nuestro Señor, él nunca dejará de ser nuestro Mediador. Moisés tuvo que ser reemplazado por Josué; en el caso de Jesús, ¡él es irremplazable! María no es la “Santa María, madre de Dios y Mediatriz de todas las Gracias”, como lo asevera la religión católica. El único Mediador es Cristo, y él lo será por siempre.

En segundo lugar, valoramos profundamente a Jesucristo al considerarlo como nuestro Pastor, al ver a Josué en este capítulo. Él es visto como el pastor de Israel que tomaría el lugar de Moisés al morir. La intención de Dios para el servicio de Josué era: “que salga delante de ellos y que entre delante de ellos, que los saque y los introduzca, para que la congregación de Jehová no sea como ovejas sin pastor” (v.17).

Todos disfrutamos mucho el capítulo 10 del evangelio de Juan. Allí se nos presenta a Cristo Jesús como aquél gran Pastor que pastorea perfectamente a sus ovejas que somos nosotros. Las llama por su nombre y las ovejas oyen su voz y le siguen. Cuando él vino a Israel, él vio a la nación como ovejas sin pastor (Mt. 9:36) y tuvo compasión de ellos. Tristemente, él era el Pastor que tanto necesitaban, pero lo rechazaron queriendo descarriarse por su propio camino (Isa. 53:6). Como nuestro Pastor, sufrió la espada que fue levantada sobre él (Zac. 13:7); y para ser el Buen Pastor, tuvo que dar su vida por nosotros sobre el madero (Jn. 10:11).

La otra semejanza que hay entre Josué y Jesús en este pasaje, es el hecho de que Dios dijo de Josué: “varón en el cual hay espíritu” (v.18). Dios habilitó a Josué para cumplir con el ministerio que él tenía preparado para su vida. En el caso del Señor Jesús, encontramos que él hizo prodigios y señales después de que el Espíritu Santo vino sobre él al ser sumergido en las aguas del Jordán. Josué necesitaba de ese espíritu para servir a Dios; pero Cristo sirvió en el poder del Espíritu, no porque lo necesitaba, sino porque quería sernos de ejemplo. Nosotros sí necesitamos del Espíritu para poder realizar lo que hacemos para Dios. Cristo era Dios y era omnipotente, pero escogió mostrar su dependencia del Espíritu Santo para que nosotros hagamos lo mismo.

En tercer lugar, concluyamos viendo a Cristo, como nuestro Gran Sumo Sacerdote, al ver a Eleazar. Él tomó el lugar de su padre para servir como sumo sacerdote cuando Josué fue el líder de Israel. Josué lo consultaría para conocer la mente de Dios sobre distintas cosas. Si Moisés mediaba por Israel; Eleazar intermediaba a favor de Israel. El servicio de Eleazar en el tabernáculo, representa el servicio que Cristo nos brinda desde el cielo como nuestro Sumo Sacerdote.

De todos los comparativos que pudiéramos hacer entre Eleazar y Jesucristo, que comprobarían que el Hijo de Dios excede a cualquiera de todos los jefes del sacerdocio que tuvo Israel, nos limitamos a considerar uno solo. En nuestro caso, nuestro Sumo Sacerdote nos servirá en esa capacidad por toda la eternidad, porque su sacerdocio es según el orden de Melquisedec (Sal. 110:4; Heb. 5:6; 6:20; 7:17, 21). Esto no fue algo que pudo gozar Aarón, Eleazar o cualquier otro sacerdote. En nuestro caso, gracias a Dios, que no hay día que amanezca que tenemos que preocuparnos si Cristo sigue siendo nuestro Sumo Sacerdote que nos representa delante de nuestro Padre celestial. Él siempre intercederá por nosotros (Heb. 7:25). Su sacerdocio es inmutable.

Gocémonos y adoremos en espíritu al meditar en nuestro Señor en el día del Señor; porque Él es nuestro Mediador, nuestro Pastor y nuestro Sumo Sacerdote.

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