Cristo en toda la Biblia

La Palabra de Dios en el Corazón de Cristo

“Tu ley está en medio de mi corazón” (Sal. 40:8)

Para poder entender lo escrito por David acerca de Jesús en el Salmo 40, tendríamos que ver la manera en la que es citado ese pasaje en Hebreos 10:5-9. Al comparar ambos pasajes nos percatamos del efecto que tuvo la palabra del Padre sobre la vida del Hijo. El énfasis en las citas ya mencionadas es que la Biblia produjo obediencia en él.

Notemos los siguientes cuatro aspectos de su obediencia.

La perseverancia de su obediencia

Nuestro Salvador siempre se sujetó a la voluntad y a la palabra de su Padre. Según Heb. 10:6 él dijo: “Sacrificio y ofrenda no te agrada… Holocausto y expiación no has demandado” (Sal. 40:6) al entrar a este mundo. Antes de nacer de María, al ser un niño de doce años, al ser un hombre sirviendo a Dios o en el día de su muerte, constantemente obedeció a su Padre. Su obediencia nunca fluctuó.

El disfrute de su obediencia

Él le dijo a su Padre al venir al mundo: “Sacrificio y ofrenda no te agrada…
Holocausto y expiación no has demandado” (Sal. 40:6). En Hebreos aprendemos la razón por qué al encontrar que dice allí: “Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron” (Heb. 10:6). Aprendemos con esto que el sacrificio de Cristo excedió todos los sacrificios hechos bajo el antiguo pacto que solo eran una sombra del sacrificio supremo (Heb. 10:1). La obediencia de Cristo en su sacrificio deleitó el corazón de su Dios. Ese era el sacrificio que él añoraba que se realizara. En Hebreos 10 se nos señala por qué el sacrificio de Cristo excede a todos los demás. Su sacrificio hecho una sola vez y para siempre fue suficiente para quitar nuestros pecados y para que Dios olvidara nuestras maldades.

El costo de su obediencia

En el Salmo leemos lo que le costó a Cristo obedecer la palabra de su Dios. Él dijo: “Has abierto mis oídos” (Sal. 40:6). El verbo abrir en el Hebreo tiene la idea de labrar o grabar. Pensamos en el Hijo de Dios y el impacto que tuvo sobre sus oídos el obedecer a su Padre. En Isaías 50:5 también leemos sobre Dios abriendo los oídos de su Hijo. Fue como el siervo que bajo la ley decidía quedarse por siempre en casa de su amo. En vez de irse, decía: “Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre” (Éx. 21:5).

Llama la atención que cuando este pasaje de los Salmos es citado en Hebreos, se omite lo dicho sobre sus oídos siendo abiertos, y se incluyó: “mas me preparaste cuerpo” (Heb. 10:5). El Espíritu tiene la autoridad de hacer eso. No es una contradicción. Todo indica que lo que se está enfatizando en Hebreos es que el Señor no solo abrió sus oídos en su obediencia a Dios, sino que dio todo su cuerpo que él le había sido preparado. Su obediencia le costó entregar todo su ser al experimentar la muerte de la cruz. Esto quizás pueda ser algo en lo que meditemos a la hora de dar gracias por el pan.

El incentivo a su obediencia

¿Qué motivó a Cristo obedecer cada jota y tilde de la ley? ¿Qué movió a Jesús a deleitarse en cumplir la voluntad de su Padre?

Aquí tenemos la respuesta. Él dijo: “Entonces dije: He aquí, vengo; En el rollo del libro está escrito de mí; El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, Y tu ley está en medio de mi corazón” (Sal. 40:7, 8). La palabra de Dios habitando en su corazón era lo que le hacía desear obedecer a su Padre.

Dios nos ayude a contemplar a su Hijo obediente, y que a lo largo de la semana que está por comenzar, podamos imitar su sujeción.

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