Cristo en toda la Biblia

El Soberano Repartidor de Despojos y del Botín

Números 31

En el capítulo 25, los madianitas sedujeron a Israel a pecar. Ahora es tiempo de que Dios se vengue de ellos. Debía ser “venganza de Jehová” y no de Israel, porque había sido a él que habían deshonrado. Israel fue a pelear contra Madián con mil soldados de cada tribu, los cuales “mataron a todo varón”. También mataron a cinco de sus reyes y a Balaam, quien tuvo participación en el pecado de Israel. Llevaron consigo a las mujeres madianitas y a sus hijos; junto con los animales y todos los bienes de ese pueblo. Después de la victoria, todo el despojo y el botín lo repartieron en Israel.

Esta conquista nos lleva a pensar en Cristo como el gran Conquistador que derrotará a todos sus enemigos al fin de las edades y repartirá los despojos y el botín.

El profeta Isaías anuncia esto al afirmar: “Yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos” (53:12). Quizás estas palabras parecieran poner a Cristo como a uno más entre los grandes y fuertes. Pero no es así. La idea allí es que el Soberano Señor, quien es sobre toda cosa y sobre toda persona, recibirá a los grandes como su porción al ser hechos suyos, y él será el que con toda autoridad repartirá los despojos a los fuertes. El mismo que fue humillado hasta más no poder, será claramente exaltado sobre todo. Él tendrá plena autoridad para repartir los despojos de la gran guerra que ganará como a él le plazca. El que nació y fue puesto en un pesebre; muy pronto será el Rey de reyes que gozará y administrará riqueza como ningún otro.

Este supremo Conquistador, sí vencerá a los mejores ejércitos, pero también vencerá al comandante de ellos- su enemigo, el diablo- y repartirá sus bienes. El Señor mismo habló sobre esto al ser acusado terriblemente de que él hacía sus milagros en el nombre de Beelzebú. Dijo: “Cuando viene otro más fuerte que él y le vence, le quita todas sus armas en que confiaba, y reparte el botín” (Lc. 11:22). Cristo es el más fuerte en esa parábola y Satanás es el débil que es vencido y despojado de sus bienes. La gran obra de Cristo al morir y resucitar por nuestros pecados, ha derrotado por siempre al diablo. Viene el día cuando será aplastado por completo (Rom. 16:20). Ciertamente, ¡no hay Conquistador como él!

De igual manera, así como Israel y muchas otras naciones llevaban personas como parte del botín, así el Señor hizo también. Al ascender al cielo después de resucitar, todos los santos que estaban en el paraíso, fueron trasladados por él para llevarles a la casa de su Padre. Pablo enseña esto en Efesios al citar de los Salmos: “Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad” (Sal. 68:18; Ef. 4:8). Eso solo lo podía haber hecho el grandioso Libertador de nuestras almas. Reparte despojos y botín, pero también saca a personas de su miserable condición. Lo logra, no solo a través de su gran poder al ser el sublime Príncipe del ejército de Israel, pero también por su sangre vertida en la cruz. No se nos olvidé el alto precio que tuvo que pagar por redimir nuestras almas.

Adoremos al que un día repartirá los despojos y el botín. Tengamos el corazón de Abraham. Después de rescatar a su primo Lot al vencer a los reyes que se aliaron, le entregó el diezmo del botín a Melquisedec (Gn. 14:20). El rey de Salem y el sacerdote del Dios Altísimo representa la grandeza y el sacerdocio eterno de Jesucristo. Así también nosotros debemos honrar al Señor con todo lo que tenemos y con todo lo que somos.

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