Cristo en toda la Biblia

Cristo y Deuteronomio

David R. Alves

Deuteronomio en la Biblia Hebrea se titula Debarim, que significa “palabras”, por la expresión con que comienza el libro: “Estas son las palabras”, 1:1. Cuando se hizo la traducción del Antiguo Testamento al griego, la versión Septuaginta, los traductores titularon el libro Deuteronomiom (deutero: dos, o segundo; nomiom: ley; es decir: segunda ley). Jerónimo adoptó el nombre para su traducción al latín, que usamos también en español. 

El libro contiene las palabras de Moisés al pueblo de Israel cuarenta años después de salir de Egipto. La nueva generación de israelitas necesitaba escuchar la repetición o, más bien, la reformulación de la ley que regiría sus vidas al conquistar a Canaán. Alguien bien dijo: “Lo que aprendemos de la historia es que no aprendemos de la historia”. Lastimosamente, Israel no aprendió la lección, y en Canaán cometería los mismos errores, ¡y peores!, de los que habían cometido por cuarenta años en el desierto. 

Después de los Salmos y la profecía de Isaías, Deuteronomio es el libro al que más se alude y se cita en el Nuevo Testamento. Cristo disfrutaba este libro. Por ejemplo, lo citó tres veces a Satanás en la tentación en el desierto, Mt. 4:4 (Dt. 8:3); Mt. 4:7 (Dt. 6:16); y Mt. 4:10 (Dt. 6:13).

Note los cuatro verbos de Dt. 5:1, “Oye los estatutos… aprendedlos… guardadlos, para ponerlos por obra”. Unas treinta y nueve veces en el libro se enfatiza el último verbo, es decir, ¡poner por obra lo que Dios dice!

Solamente Cristo cumplió al cien por ciento las palabras de 5.1. Cuando dijo: “He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón”, Sal. 40:7-8, se refería a su encarnación. En su vida terrenal fue el Varón del que se dice “que en la ley de Jehová está su delicia, en su ley medita de día y de noche”, Sal 1:2.

Los diez mandamientos en las primeras tablas que recibió Moisés fueron escritos con el dedo de Dios, Éx. 31.18, pero esas tablas fueron quebradas por Moisés al pie del monte al ver el desenfreno de la nación, Éx. 32:19. Moisés tuvo que subir de nuevo, con tablas alisadas, y él mismo tuvo que copiar de nuevo los mandamientos, Éx. 34:27. O sea, el arca del pacto llevaba en su seno un “deuteronomio”, una copia, en tablas de piedra, de la ley quebrantada.

El propiciatorio cubría el arca y sobre ella se esparcía la sangre una vez al año, en el gran Día de la Expiación. Así, dijo Dios a la nación: “Seréis limpios de todos vuestros pecados” Lv. 16:15, 30.  Es una hermosa figura de la gran verdad de que Cristo, sin pecado, es la propiciación por los pecados de todo el mundo, 1 Jn. 2:2; 4:10.

Cristo, aunque cumplió con el mensaje central de Deuteronomio, y murió por pecadores que no pudieron cumplirlo.

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