Cristo en toda la Biblia

La Ternura del Señor Hacia los Animales

Si vieres el asno de tu hermano, o su buey, caído en el camino, no te apartarás de él; le ayudarás a levantarlo.” Dt. 22:4

El Creador del reino animal siempre les muestra gentileza y docilidad. El hecho de que las Escrituras usen animales para representar a Jesús, como lo son el cordero, la gallina, la serpiente y el león, muestra su humildad; pero también su aprecio hacia su propia creación. La ley de Moisés exigía que si alguien veía al animal de su prójimo que había caído en un pozo, tenía la responsabilidad de ayudarlo a salir. Cristo es el mejor reflejo de lo que dijo el sabio Salomón. “El justo cuida la vida de su bestia; mas el corazón de los impíos es cruel” (Pr. 12:10). No hay ave que caiga sobre la tierra de la cual Dios no se entere (Mt. 10:29). El Señor constantemente utilizaba a los animales como ejemplos en sus parábolas y prédicas.

La ley sobre el animal caído en un pozo, fue usada contra Jesús para tentarle (Lc. 14:1-6). En un día de reposo había ido a comer a casa de un gobernante que era fariseo. Los que estaban allí, le acechaban. La palabra en hebreo muestra que realmente le estaban espiando. Más adelante, en otra ocasión, irían otros espías para escuchar lo que Cristo decía para así poder entregarle a las autoridades (Lc. 20:20). No había ni una sola falta que cualquier espía podía encontrar en el Hijo de Dios. Al comer mañana del pan, podemos maravillarnos de la perfección de nuestro Señor. No había ni un pecado en su ser.

En casa del gobernante lo miraban porque estaba allí presente un hombre hidrópico o que tenía acumulación de líquido en su vientre. Al saber Cristo lo que pensaban, él les preguntó si sería lícito para él sanar a ese hombre, considerando el hecho que era día de reposo. Al no responder nada, Jesús en su misericordia lo sanó y los despidió. Antes de que se fueran, les dijo: “¿Quién de ustedes, si su asno o su buey cae en algún pozo, no lo sacará inmediatamente, aunque sea en día de reposo?” A esto tampoco podían replicarle. Vemos la ternura del Señor, porque aunque los fariseos no estaban de acuerdo que se sacara a un animal de un pozo ni que se sanara a un enfermo un día de reposo, él haría amabas cosas sin ninguna duda. Él es el amante de todas las cosas que él mismo creó para su eterna gloria.

Lo mismo ocurrió cuando Jesús estuvo en una sinagoga. En esa ocasión fue un hombre con la mano seca quien estuvo presente. Al preguntarle los que estaban presentes si sería lícito sanarlo, él respondió haciendo la misma pregunta sobre que harían si un animal se caía en un hoyo. En esta ocasión también preguntó: “¿cuánto más vale un hombre que una oveja?”. En otras palabras, si es lícito rescatar a un animal, ¿cuánto más sería lo correcto sanar a una persona el día de reposo? Si el Señor mostró tanta delicadeza a los animales, ¿cuánto más lo mostró a las personas?

Es tan manso que él se puso de ejemplo, y con mucha razón, sobre como debemos aprender de su mansedumbre (Mt. 11:28). Pablo podía rogarle a los corintios “por la mansedumbre y ternura de Cristo” (2 Co. 10:1). Zacarías profetizó que el Rey de Israel sería manso al entrar a Jerusalén montando sobre un pollino (Zac. 9:9; Mt. 21:5). El profeta Isaías, predijo que no gritaría, no alzaría su voz y no quebraría la caña lastimada ni apagaría la mecha que está por apagarse (Isa. 42:2, 3). El mismo que trata de forma delicada a los animales, es el que nos trata a nosotros aún con más delicadeza y ternura. No deja que nos quebremos por completo o que nuestra mecha se termine de apagar. Hace todo lo posible para que suceda todo lo contrario en nosotros.

Con todas nuestras faltas, aunque él no las tolera, él es tierno y compasivo con nosotros. Es muy importante que nos examinemos antes de participar del partimiento del pan. La enseñanza en 1 Corintios 11 es que lo hagamos para que los elementos, el pan y la copa, no sean de juicio a nosotros, sino de bendición. La grandiosa verdad es que si confesamos nuestros pecados, “él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados” (1 Jn. 1:9). En su mansedumbre, él nos limpia y nos restaura. Gracias a Dios por la ternura de su Hijo en su forma de tratar a los animales y de tratarnos a nosotros.

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