Cristo en toda la Biblia

El Cristo Azotado

“El juez le hará echar en tierra, y le hará azotar en su presencia; según su delito será el número de azotes.” Dt. 25:2

Los delincuentes en Israel podían llegar a cometer un crimen que merecía ser castigado con azotes. Si este era el caso, la persona era echada sobre la tierra y en presencia del juez era azotado. Dependiendo el delito que se cometía, eso determinaba el número de azotes que recibía. El máximo de azotes que podían ser infligidos sobre una persona eran cuarenta. Era una forma dolorosa de ser castigado, pero así lo establecía la ley de Dios.

Hubo uno que no fue delincuente y que fue azotado brutalmente sin tener una ley que limitara a sus torturadores en cuanto al número de azotes que podía recibir. Nos referimos al Hijo de Dios. No entendemos cómo es que Dios encarnado sufrió el maltrato que experimentaban los peores criminales.

La palabra de Dios nos detalla muy poco sobre esto en cuanto a lo que fue hecho a Jesús. Él hizo saber que sería azotado (Mt. 20:19; Mr. 10:34; Lc. 18:33). Sabía exactamente lo que le acontecería el día de su muerte y cómo sería azotado. Hay una sola mención que directamente menciona esto llevándose a cabo. Juan escribió: “Tomó Pilato a Jesús, y le azotó” (Jn. 19:1). Al no saber mucho, tendremos que tener mucho cuidado al considerarlo.

Los romanos flagelaban a sus reos antes de ser crucificados. Muchos morían al ser flagelados sin llegar a la cruz por lo salvajes que eran en su forma de azotarlos. Cristo no moriría siendo azotado, sino al estar sobre la cruz; pero esto nos hace pensar en la intensidad que habrán sido estos dolores para él.

El látigo o el flagrum tenía un mango para que lo pudieran agarrar correctamente y así usar más fuerza a la hora de golpear a la persona. El látigo estaba hecho de tiras de pieles de animal, que llevaban objetos de metal y huesos de animal. De manera que no solamente era sufrir al sentir el látigo haciendo contacto sobre la carne, sino que la carne era removida. En ocaciones, las contusiones eran tan grandes que los órganos de los prisioneros quedaban expuestos. No sabemos a qué grado esto fue con el Señor de gloria, pero lo que sí sabemos es que él dijo sobre la cruz: “Contar puedo todos mis huesos” (Sal. 22:17). Esto nos da una idea de lo desfigurado que quedó el cuerpo del Señor de tantas cosas que le hicieron.

Desnudaban casi completamente a la persona y amarraban sus manos a una columna. De esta manera el reo no podía escudarse o moverse. Normalmente dos soldados se turnaban para que los golpes fueran continuos y para que descansaran unos segundos mientras el otro compañero desempeñaba este acto de crueldad. En el caso del Hijo de Dios no había necesidad de sujetarlo si es que lo hicieron. Él se entregó a esos hombres perversos para que le hicieran lo que ellos quisiesen. Fue como un cordero que es llevado al matadero o como una oveja delante de sus trasquiladores (Isa. 53:7). Él dio su cuerpo a sus heridores (Isa. 50:6).

Los latigazos hacían laceraciones en todo el cuerpo; como en los hombros, espalda, abdomen y piernas. Pudiéramos tomar la palabras del Salmo 129 para describir cómo la flagelación afectó el cuerpo bendito de nuestro Salvador. “Sobre mis espaldas araron los aradores; hicieron largos surcos” (v.3). Con razón Isaías predijo acerca del Señor que él sería desfigurado (Isa. 52:14). Fue maltratado del tal manera que quedó irreconocible. No solo había perdido su aspecto físico, pero también perdió la apariencia de un ser humano. A tal grado padeció el Amante de nuestras almas.

Bajo la ley judía ya vimos que el límite era de cuarenta azotes. Bajo la ley romana no había límite. Jesús fue azotado sin ninguna ley para que le amparara en cuanto al número de azotes que podían infligirle. Una y otra y otra vez, sintió esos látigos destrozar su precioso cuerpo.

¡Cuánto nos amó el Señor! Nos detenemos para meditar en lo que habrá sido para el Señor Jesús ser azotado.

Al participar mañana del pan en la cena del Señor, debemos asegurarnos de que cuando participemos del pan, realmente hagamos memoria del cuerpo partido de nuestro Señor. Tomar del pan o de la copa, simplemente por hacerlo, no es lo que Dios quiere que hagamos. Él quiere que lo hagamos en memoria de él. Al comer del pan, piense detenidamente en el Cristo azotado.

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