Cristo en toda la Biblia

Ciudad Destruida, Ramera Salvada

David Alves Jr.

Josué 6:17-25

Jericó fue la primera ciudad de Canaán que fue conquistada por Josué al mando de Israel. Realmente no fue Josué quien llevó a cabo esta gran proeza, sino fue Dios el que la derrumbó. Los Israelitas la rodearon durante sietes días e hicieron ruido en la última vez que le dieron la vuelta, pero fue Jehová quién hizo caer los muros de esta ciudad por su gran poder.

Este fue el comienzo de distintas campañas que llevó a cabo Israel para conquistar la tierra. A lo largo de siete años, pelearían batalla tras batalla, conquistando a cada rival que tenían enfrente para poseer sus territorios. Es impresionante leer de todas estas conquistas, los milagros hechos por Dios para que esto sucedería, todo el botín que tenían que consagrar a Dios, y todos los demás grandes acontecimientos

Pero eso no es lo único que debe impresionarnos. Una de las cosas que más sobresalen en el libro de Josué es la gracia de Dios que fue mostrada en la salvación de Rahab la ramera y su familia. C.A. Coates escribe al respecto: “La mayor victoria que el poder divino obró en Canaán no fue sobre las siete naciones, sino sobre el corazón de Rahab…” Cuánta verdad hay en esas palabras. Sí maravilla leer sobre todas las guerras ganadas, pero al leer sobre la salvación de Rahab, esto nos conmueve profundamente.

En este libro de Josué, Rahab es llamada ramera cuatro veces (Jos. 2:1; 6:17, 22, 25). En el Nuevo Testamento esto ocurre dos veces (Heb. 11:31; Stg. 2:25). Ella ya se había arrepentido y había creído en el Dios de Israel. Ella ya no adoraba a los dioses de sus padres, sino a Jehová el Señor. Las Escrituras se refieren a ella como ramera, no porque Dios no perdone u olvide el pecado- sabemos que él hace todo lo contrario- sino que mas bien él de esta manera hace resaltar su infinita gracia. Dios no quiere que olvidemos dónde estábamos y cómo nos encontrábamos cuando él nos rescató del fango del pecado.

Árbol Ginkgo en China, 1,400 años de antigüedad. Imagen: Han Fei

Al leer sobre el rescate de Rahab debemos gozarnos en nuestra salvación. La intención de Dios era que Jericó fuese anatema pero que solamente Rahab la ramera viviera. Josué y sus hombres debían entrar a su casa y rescatarla antes de que fuera completamente destruida la ciudad. Hay una frase bastante hermosa en este capítulo de Josué y es: “Josué salvó la vida a Rahab”. Aquí vemos el significado del nombre de Josué en todo su esplendor, porque su nombre significa “Jehová salva”. Un varón importante, como lo era Josué, se humilló para rescatar a una mujer ramera que estaba en un lugar de destrucción.

Inequívocamente esto nos lleva a pensar en nuestro Salvador y en nuestra salvación. Nuestro Salvador no es un hombre común como Josué, sino que es Dios mismo. Por más loable que fue lo que hizo Josué, él no tuvo que ni siquiera poner en riesgo su vida para rescatar a esta mujer. No sufrió o murió para salvarla. Nuestro Salvador sí tuvo que morir habiendo sufrido cosas tan intensas que no pudiéramos jamás comprender. Rahab fue rescatada del fuego que destruyó su ciudad. Nosotros hemos sido rescatados de las llamas del lago de fuego. Alabamos a Cristo Jesús por su gran salvación.

Otra cosa que sobresale de la historia de Rahab es que su fe y sus obras son señaladas en el Nuevo Testamento, a pesar del pasado que tuvo. En Hebreos 11:31 leemos, “Por la fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los desobedientes, habiendo recibido a los espías en paz.” En Santiago 2:25 leemos, “Rahab la ramera, ¿no fue justificada por obras, cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino?” Entre todas las mujeres que Dios pudo haber usado como ejemplo para nosotros, él escogió a Rahab. ¡Cuán maravillosa es la gracia salvadora de nuestro Dios!

También podemos contemplar algo más que es sumamente increíble de esta mujer solo por la misericordia y el poder de Dios. En Mateo 1 encontramos la genealogía del Hijo de Dios. Para empezar es notorio que hubieron personas que Dios permitió que formaran parte de la genealogía de Cristo. Pero a parte de eso, sobresale que en su genealogía aparecen cuatro mujeres. Los judíos no incluían a las mujeres en sus genealogías, así que eso ya hace muy llamativo el registro de Jesucristo. Lo increíble no solo es que aparecen mujeres, sino que fueron mujeres con un pasado muy pecaminoso. Una de ellas es Rahab. Fue gentil, idolatra y prostituta, pero Dios la salvó, y en su asombrosa providencia permitió que formara parte de la genealogía del Salvador del mundo. Son hermosas las palabras, “Salmón engendró de Rahab a Booz”. Su nombre por siempre aparecerá en la palabra eterna de Dios. Por siempre estará relacionada con el Salvador que Dios envió a este mundo por nuestro bien.

1 comentario en “Ciudad Destruida, Ramera Salvada”

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