La Religión Pura y sin Mácula

La Hermosura del Matrimonio

Vivimos en tiempos en los que lo hermoso es visto como feo y en los que lo feo es visto como hermoso. No importa en qué siglo nos encontremos; siempre tenemos que ir a la Biblia para saber qué es hermoso y qué es feo. Al estar Dios por encima de todo, él tiene el derecho de decidir sobre estas cosas. Al ser la Biblia la Palabra de Dios, es ella la que debe gobernar todo lo que creemos y practicamos. La forma en la que vemos las cosas no debe ser regulada por ninguna otra cosa, sino por la Palabra perfecta, completa y eterna de Dios.

Desde el principio hasta el fin, la Escritura presenta el matrimonio como algo sumamente hermoso. El matrimonio es hermoso por las siguientes razones:

1. Fue algo bueno, diseñado e instituido por Dios desde el principio

Génesis 2 deja muy claro que el matrimonio se originó en Dios y no en el hombre. Fue Dios quien vio que el primer hombre estaba solo, fue Dios quien formó a una mujer de su costado y fue Dios quien los unió para formar un matrimonio. Esto quiere decir que no es el hombre, sino Dios, quien une a dos personas. En nuestra sociedad, esto ocurre cuando dos personas son declaradas marido y mujer delante de las autoridades. El matrimonio es bueno, porque Dios dijo que todo lo que él había hecho era «bueno en gran manera» (Génesis 1:31).

Un casamiento de ninguna manera debe verse como algo innecesario o como algo malo. Esta es la forma de pensar de todos aquellos que siguen al maligno. Las personas que verdaderamente honran al Señor entienden que esta unión lo exalta a él grandemente. Como cristianos que nos basamos únicamente en lo que dice la Escritura, entendemos que Dios diseñó el matrimonio para un hombre y una mujer. Toda otra unión es una aberración delante de él. Como cristianos, comprendemos que vivir juntos en unión libre es un pecado grave delante del Señor y que lo correcto es que dos personas se casen ante la autoridad.

Si el matrimonio es algo bueno, diseñado e instituido por Dios, esto significa que las siguientes dos cosas deben ser vistas en los que se casan: (1) Deben cumplir con los deberes que Dios da dentro del matrimonio. Dos personas que se casan no solo han hecho un compromiso ante las autoridades, sino que también han efectuado un pacto delante del Señor. Esto debe generar en nosotros un gran sentido de responsabilidad. Si es Dios quien nos une, es a él a quien tenemos que buscar y es a él a quien tenemos que obedecer. Si dos personas casadas disponen sus corazones para sujetarse al Señor en todo, tendrán un matrimonio que disfrutarán mucho y que honrará a Dios. Por eso es tan importante que estemos leyendo juntos, como esposos, las Escrituras. (2.) Deben comprender que el matrimonio es de por vida. El propósito del Señor es que todo matrimonio perdure a lo largo de toda la vida. El compromiso hecho delante de Dios es serio y solemne y, por lo tanto, debemos continuar casados hasta el día de la muerte. El cristiano no ve la separación o el divorcio como una salida fácil. Con la ayuda de Dios, debemos dar todo de nosotros en el matrimonio para que la unión permanezca para siempre. Jesucristo dijo: «Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre» (Mateo 19:6).

2. Representa la unión tan especial entre Cristo y su iglesia

En el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento, el Señor usa la unión entre un hombre y una mujer para simbolizar la unión que hay entre él y su pueblo. Esto debe hacernos asombrar ante la unión tan íntima que hay entre dos personas y entre Dios y nosotros, que hemos sido comprados por él mediante la sangre de su Hijo.

Efesios 5 es un pasaje que describe muy claramente cómo la unión de un hombre y una mujer simboliza la hermosa unión que hay entre Cristo y su iglesia. En este capítulo, Dios indica que cuando una mujer se sujeta a su marido, ella está representando la obediencia tan preciosa que la iglesia le muestra a Cristo, quien es su cabeza. Cuando un hombre ama a su esposa, él está simbolizando el amor que Cristo tuvo por su iglesia al darse por ella y morir sobre el madero. Cuando un hombre cuida de su mujer, está actuando de la misma manera que Jesucristo, porque él en todo momento cuida de su pueblo.

Dos personas que se casan deben vivir siempre pensando en el hecho de que deben ser como su Señor y Salvador. La esposa se sujeta a su esposo porque quiere ser como Cristo, quien se sujetó de manera perfecta a su Padre. El hombre ama a su mujer porque quiere ser como Cristo, que se sacrificó a sí mismo por la iglesia, amándola hasta la muerte. Si todo esto es cumplido, el matrimonio reflejará de una manera tan bella la unión que tenemos con el Señor Jesucristo.

La Biblia enseña que el matrimonio llegará a su final cuando uno de los dos muera o cuando venga el Hijo de Dios por los suyos. Pero la Biblia enseña que la unión entre Jesucristo y la iglesia nunca terminará. Según Efesios 5, Cristo está purificando a su esposa, la iglesia, para que un día él se la presente «a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha» (v. 27). En cualquier momento, Jesucristo vendrá por su iglesia en las nubes, la tomará para sí, la hará perfecta y por siempre estará unido a ella. Leemos sobre esto en Apocalipsis 19:6-9, «Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía, ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina! Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se la ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos».

Qué increíble es que Dios nos permita participar en algo que representa la unión eterna que tendrá el Cordero de Dios con aquellos a quienes él compró con su misma sangre.

3. Es un pequeño destello de lo que Dios es en su esencia

Las Escrituras no dejan ninguna duda de que Dios es uno solo en esencia o sustancia, pero que existe en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La doctrina de la Trinidad no es algo que podamos comprender completamente a través de la razón, sino que es algo que solo podemos aceptar por medio de la fe. La mente humana no puede comprender que Dios es uno en tres Personas y tres Personas en un solo Dios, pero, a través de la fe que Dios nos da, lo creemos como algo completamente cierto. En la aritmética divina, uno es igual a tres y tres son iguales a uno.

Nada puede compararse con el ser de Dios, pero algo parecido a esto encontramos que ocurre en el matrimonio. Cuando dos personas se casan, se convierten en una sola carne. Cuando Dios unió a Adán y a Eva, él dijo: «Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:24). En la aritmética del matrimonio, dos personas son una sola carne. Esto habla de la relación tan profunda y tan íntima que hay entre dos personas casadas.

Una manera en la que esto se demuestra muy claramente es a través de las relaciones sexuales. El sexo es algo que en ocasiones es visto como algo malo. En la Edad Media, hombres como Agustín y Tomás de Aquino enseñaron que las relaciones sexuales resultaban en pecado para dos personas casadas si las llevaban a la práctica. Esto es completamente lo opuesto a lo que Dios enseña en su Palabra.

El Señor les da únicamente a dos personas que se casan el regalo de unir sus cuerpos al tener intimidad, para expresarse el amor que se tienen y la unidad que hay entre ellos. Dios motiva a que dos personas se disfruten de esta manera al guiar a Salomón a describirlo utilizando un pozo de agua como ejemplo. «¡Bendita sea tu fuente! ¡Sé feliz con la esposa de tu juventud! Es una gacela amorosa, es una cierva encantadora. ¡Que sus pechos te satisfagan siempre! ¡Que su amor te cautive todo el tiempo!» (Proverbios 5:18-19). Salomón también describe la intimidad entre dos personas utilizando un jardín como símbolo. «¡Viento del norte, despierta! ¡Viento del sur, ven acá! Soplen en mi jardín; ¡esparzan su fragancia! Que venga mi amado a su jardín y pruebe sus frutos exquisitos. He entrado ya en mi jardín, hermana y novia mía, y en él recojo mirra y bálsamo; allí me sacio del panal y de su miel; allí bebo mi vino y mi leche. ¡Coman y beban, amigos, y embriáguense de amor!» (Cantar de los cantares 4:16–5:1). ¿Quién está diciendo esta última parte? ¿Será que es Dios? ¿Será que es Dios motivando a dos personas casadas a disfrutar las relaciones sexuales? Lo escrito por Pablo también hace muy claro que Dios ve bien la unión física dentro del matrimonio. «El hombre debe cumplir su deber conyugal con su esposa e igualmente la mujer con su esposo. La mujer ya no tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposo. Tampoco el hombre tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposa. No se nieguen el uno al otro, a no ser de común acuerdo y solo por un tiempo, para dedicarse a la oración. No tarden en volver a unirse nuevamente; de lo contrario, pueden caer en tentación de Satanás, por falta de dominio propio» (1 Corintios 7:3-5). El escritor a los Hebreos lo ve de esta misma manera cuando escribió: «Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios» (Hebreos 13:4).

Por causa de esto, toda pareja debe ser fieles el uno al otro. Necesitamos hacer todo lo necesario para mantenerse unidos, así como Dios es uno solo. Disfrutemos de este regalo que Dios nos da al estar casados. Hagámoslo para profundizar en nuestro amor el uno por el otro, pero, por encima de todo, realicémoslo en adoración a Dios. Cuando dos templos suyos son unidos en el deber conyugal, esto, sin duda, es un acto de adoración al Señor. Todo es para su gloria, incluyendo este acto tan sagrado. «Si, pues, comen o beben, o hacen otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31).

Veamos lo sucio y lo inmundo que es cuando una persona se une a alguien con quien no está casado. Al pensar en la posibilidad de unir nuestros cuerpos con quien no estamos casados, la Palabra pide: «Huyan de la inmoralidad sexual» (1 Corintios 6:18).

Foto tomada por aranprime

4. Refleja lo maravillosamente bondadoso que es Dios

La unión entre dos personas es una de las muestras de lo que dice el Salmo 100: «Jehová es bueno; para siempre es su misericordia» (v. 5). Hay tantas cosas dentro del matrimonio que comprueban lo increíblemente bueno y generoso que es el Señor hacia nosotros. El hecho de que muchos no sigan lo que Dios dice sobre el matrimonio y fracasen no niega el hecho de que Dios es bueno y de que el matrimonio es bueno.

Algunas de las bendiciones dentro del matrimonio que comprueban que Dios es inmensamente bueno son:

(1) El hombre recibe compañía. Cuando Dios formó a Adán, pero aún no había formado a Eva, él dijo: «No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2:18). Lo dice muy bien Salomón: «Mejor son dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Si caen, el uno levanta al otro. ¡Ay del que cae y no tiene quien lo levante! Si dos se acuestan juntos, entrarán en calor; uno solo, ¿cómo va a calentarse? Uno solo puede ser vencido, pero dos pueden resistir. ¡La cuerda de tres hilos no se rompe fácilmente!» (Eclesiastés 4:9-12).

(2) La mujer recibe un guía. La Biblia presenta al hombre como cabeza de la mujer (Efesios 5:23). Esto no se trata de un machismo en el que el hombre gobierna como un tirano sobre la mujer, pero sí significa que él es quien lidera y guía la relación. Él es el responsable del matrimonio delante del Señor. Esto, si es practicado como Dios lo diseñó, es para el bienestar de la mujer. Dios creó a la mujer con la necesidad de ser guiada, y esto es algo que ella encuentra en su esposo. No seamos influenciados por ideologías feministas que se originan del diablo mismo.

(3) Formar una familia. El Salmo 127 deja muy claro que tener hijos es una tremenda bendición que Dios da a una pareja casada. El núcleo familiar está siendo fuertemente atacado por Satanás, pero Dios lo valora, lo reconoce y lo bendice enormemente. Instruyamos a nuestros hijos y nietos de tal manera que ellos sigan al mismo Dios a quien seguimos nosotros. Vivamos de tal manera que podamos decir como Josué: «Mi familia y yo serviremos al Señor» (Josué 24:15).

(4) Servir a Dios juntos para la edificación de la iglesia, la salvación de pecadores y el agrado de Dios. Sea todo matrimonio como lo fue el Aquila y Priscila, que aparecen varias veces en el Nuevo Testamento y siempre son mencionados como sirviendo juntos. Hagamos de Dios, de nuestras familias y de su iglesia el enfoque de nuestras vidas. Usemos nuestros dones para ser de bendición a muchos. Obremos de tal manera que los hermanos sean fortalecidos, los incrédulos lleguen a la fe y Dios sea exaltado por encima de todo.

5. Dos personas se entregan el uno al otro de manera incondicional

Casarse no es algo insignificante, sino algo que debemos tomar con mucha seriedad porque Dios así lo ve. Proverbios 2:17 y Malaquías 2:14 indican que cuando dos personas se casan hacen un pacto en el que se comprometen a estar unidos por siempre, y esto obviamente lo hacen delante de la presencia de Dios. Para la gente del mundo, cumplir los compromisos que uno hace no tiene importancia. El cristiano no actúa así. El cristiano comprende lo que dijo Jesús: «Cuando ustedes digan sí, que sea realmente sí; y cuando digan no, que sea no. Cualquier otra cosa que digan más allá de esto proviene del maligno» (Mateo 5:37). Veamos, entonces, con seriedad el hecho de que en el día de nuestra boda, nos entregamos incondicionalmente a nuestra pareja. Esto no solo debe ser algo para el día del casamiento o por algún tiempo, sino para toda la vida.

¿A qué se comprometen dos personas que se casan? ¿De qué maneras necesitan entregarse el uno al otro?

(1) Honrar a Dios en todo lo que hacemos. Antes de hacer algo, pensemos: ¿Esto agradará al Señor?

(2) Dejémonos guiar únicamente por la Palabra de Dios y su Espíritu. No actúemos de acuerdo con lo que nosotros queremos. Leamos la Biblia, oremos y hablemos sobre todo asunto en pareja.

(3) Mantengámonos fieles el uno al otro. No caigamos en las seducciones de otros, como muchos han hecho, y después tengan que sufrir muchas amarguras.

(4) Ejerzamos los varones un liderazgo piadoso sobre nuestra esposa. Dirijamos a nuestra mujer, pero no lo hagamos de manera tiránica. Recordemos que es nuestra responsabilidad, como cabeza, poner el ejemplo. En nosotros recaen principalmente las decisiones y las responsabilidades del hogar.

(5) Amemos como varones sacrificialmente a nuestra esposa. No pensemos que nuestra esposa es la que tiene que sacrificarse y nosotros no. Es algo que ambos tenemos que hacer, pero la Biblia se lo pide principalmente al varón. Dispongámonos a darlo todo por buscar el bien de nuestra compañera. Ella es la persona más importante de nuestra vida. Velemos por sus necesidades físicas, emocionales y espirituales. No la tratemos como si fuese una sirvienta que solo está para hacernos de comer y lavarnos la ropa. No seamos ásperos con ellas. Demostrémosles el amor que Cristo nos ha mostrado a nosotros. Vivamos pensando siempre en lo escrito por Pedro: «Ustedes esposos, sean comprensivos en su vida conyugal, cada uno trate a su esposa con respeto, ya que como mujer es más delicada y ambos son herederos del grato don de la vida. Así nada estorbará las oraciones de ustedes» (1 Pedro 3:7). El amor verdadero es descrito por Pablo en 1 Corintios 13:4-7, «El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni presumido ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta».

(6) Sujétense las mujeres a su marido. Respeten la autoridad que el Señor le ha dado a su esposo. La tendencia de la mujer es querer competir con esa autoridad. Esto resultará en un sinfín de problemas. Dejen que su marido cumpla con el rol que Dios le ha dado. No busquen ir delante de él, sino sean su ayuda idónea que va al lado de él. No se burlen ni critiquen a su marido. Honren a su esposo por encima de toda otra persona.

(7) Sírvanse y cuídense el uno al otro. No piensen que el otro está para servirles a ustedes. Sacrifíquense en todo momento y siempre busquen el bien de su cónyuge. Nunca olvidemos que Jesucristo no vino para que le sirvieran, sino para servir (Marcos 10:45). Así como el Señor nos cuida en todo momento, busquemos hacer lo mismo con nuestro cónyuge.

(8) Gócense y deléitense el uno en el otro. Disfruten al máximo su relación como marido y mujer delante del Señor. Encuentren satisfacción el uno en el otro, entendiendo que Dios es nuestra mayor satisfacción. Alégrense el uno en el otro, comprendiendo que Dios es nuestra mayor alegría. Pasen tiempo juntos conversando y conviviendo. Que cada día que pase resulte en que se unan más y más.


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